29 de abril de 2017

Pascua. III domingo. Ciclo A


        “Los dos discípulos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo habían reconocido al Señor al partir el pan”. Con estas palabras concluye san Lucas el relato del encuentro con el Resucitado de dos de sus discípulos. La noticia, en sí simple y sin complicaciones, encierra un mensaje válido para todos los tiempos. En efecto, el evangelsita empieza por describir el desencanto y el pesimismo, de aquellos dos hombres, que había sido testigos de cómo Jesús se había manifestado como profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y todo el pueblo, suscitando en ellos una esperanza de salvación, que se derrumbó ante el espectáculo de la cruz y de la sepultura. El desánimo le lleva a volver sobre sus pasos, a abandonar la comunidad y regresar a sus quehaceres habituales. Todos lo que hemos aceptado creer, en determinados momentos nos entra la duda, nos preguntamos si valía la pena poner nuestra confianza en Jesús, si realmente es el Salvador del mundo o hemos sido objeto de un error de cálculo o de una ilusión pasajera. Toda crisis no es esencialmente mala o inútil. Puede ser una ocasión para reflexionar más seriamente y renovar nuestro compromiso con el Señor.
         Pero los dos discípulos no pueden alejar de sus mentes la experiencia vivida, que se convierte en tema de sus conversaciones. Tan ensimismados están en sus cavilaciones que no dudan en compartirlas con un desconocido que se les junta por el camino. Pero el recien llegado pasa de objeto de una comunicación acerca de un tema a sujeto de una evangelización. Aquellos dos hombres, agobiados tienen los ojos tapados por sus perjuicios, por no haber penetrado con el corazón generoso en las enseñanzas que el Maestro les impartia mientras estaba con ellos. Ahora en cambio experimentan cómo su corazón ardía mientras el desconocido les explicaba las Escrituras. Puede sucedernos también a nosotros que las verdades que ya sabemos, pero que a pesar de todo quedan en la penumbra, en un momento concreto, por acción del Espíritu, aparecen bajo una luz nueva y suscitan nuestra adhesión, se convierten en fuerza viva capaz de impulsar nuestra existencia por sendas nuevas.
         Pero como todas las realidades humanas, la presencia del Señor tiene sus momentos y, a menudo, aquella sensación extraordinaria pasa, se desvanece. Vivimos siempre en la Pascua del Señor, es decir estamos en régimen de provisionalidad, en la experiencia del paso del Señor. Los discípulos nos indican cuál ha de ser nuestra actitud ante el Señor que pasa: “Quédate con nosotros porque atardece y el día va de caída”. El problema es que no siempre tenemos esta lucidez de sentir que el atardecer asoma, que nuestro día se encamina hacia el oscurecimiento. Demasiado a menudo vivimos en una especie de aturdimiento que nos impide ser conscientes de la realidad voluble y cambiante de la vida, se nos hace difícil vivir alerta, como el Señor nos recomienda a menudo.

         El desconocido atiende al ruego que se le hace y se queda con ellos. Y después de una jornada de camino en la que los dos discípulos han podido escuchar y saborear la enseñanza del desconocido, sus ojos sólo se abren para reconocerlo, cuando parte el pan, cuando lleva a cabo el gesto típico de la comida fraterna del pueblo de Dios. El reconocimiento es tal que, sin calcular el cansancio de una jornada de viaje, vuelven a Jerusalén, se reintengran en la comunidad, convertidos en evangelistas de la buena nueva: “El Señor ha resucitado”. El relato de los discípulos de Emaús contiene el esquema fundamental de toda celebración cristiana. Abramos nuestro corazón para que podamos entender las Escrituras y comprometámonos en partir el pan con nuestros hermanos. Así seremos de verdad discípulos de Jesús resucitado.

21 de abril de 2017

Pascua: II Domingo -Ciclo A

       

“Estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas, por miedo a los judíos”. El evangelista no duda en recordar que los discípulos se escondían, que el miedo les oprimía, a pesar de que, aquella misma mañana, Pedro y Juan pudieron constatar que la tumba estaba vacía y María Magdalena no dudaba en proclamar que había visto al Señor resucitado. Sin duda el hecho mismo de la pasión, la misma actitud que adoptaron ante tales acontecimientos, la ligereza con que habían abandonado e incluso negado a Jesús, había traumatizado profundamente el ánimo de aquellos hombres. A todo esto además se sumaba además el miedo a los judíos, por temor de represalias. Es en este contexto más bien negativo que hay que leer la narración de la primera aparición a los apóstoles que cuenta el evangelista san Juan. Contra toda esperanza, humanamente hablando, a aquellos hombres temerosos les fue dado ver con sus propios ojos a aquél que vieron clavado a la cruz, y que ahora está ante ellos resucitado, que les comunica su paz, que les ofrece su Espíritu. Y a continuación aquellos hombres que se habían encerrado en el cenáculo se convierten en ardientes propagadores del evangelio, no dudando en salir de su refugio, y enfrentarse con el mundo y los hombres, hasta dar incluso la vida por el Maestro.
         El episodio de Tomás, de sus dudas después de la primera aparición y su confesión admirable en la segunda, completa el cuadro y muestra que el mensaje del evangelista no es privativo del grupo de los íntimos que vivieron aquella experiencia, sino que se alarga a todos los que aceptan creer el mensaje de la resurrección de Jesús. El que cree, haya tocado o no las llagas del Crucificado, reciba la paz de Jesús, el don del Espíritu y está llamado a proclamar con la palabra y la vida el mensaje pascual.
         Y es a partir de esta experiencia que empieza a organizarse la Iglesia, la comunidad de los creyentes, como recordaba hoy la lectura de los Hechos de los Apóstoles. Lucas esboza cómo ha de ser la comunidad cristiana. El primer criterio de autenticidad es la constancia en escuchar las enseñanzas de los apóstoles. Por enseñanzas de los apóstoles hay que entender cuanto ellos comunican de la vida y de la predicación de Jesús, que ellos vivieron intensamente. Esta comunión en la fe tiene sus consecuencias en la vida práctica, y suscita una comunidad de vida que ha de manifestarse en el pensar y actuar, hasta llegar poner en común todo lo que poseían: vivían todos unidos y lo tenían todo en común; vendían posesiones y bienes y lo repartían entre todos. Tal modo de actuar, que supera las tendencias de la naturaleza humana, necesita una ayuda espiritual que los cristianos encuentran en la fracción del pan, es decir en la celebración de la Eucaristía, y en la plegaria. Esta es la imagen que Lucas ofrece de la primera comunidad cristiana, y que es fuente de alegría para los que la viven, y para los demás motivo de admiración y testimonio que convence a los que aún no creen.

         Esta descripción de la experiencia de vida de la primera comunidad cristiana, tiene su complemento en lo que san Pedro afirma  en la segunda lectura. La realidad que la resurrección de Jesús ha obtenido va más allá de una vida fraternal bien organizada, basada en el amor y la participación de los bienes. Se trata de una esperanza viva para una herencia imperecedera que poseeremos únicamente después de nuestra muerte, cuando estaremos con Jesús en su Reino. Así se afirma el doble sentido de la realidad cristiana: ya hemos recibido esta herencia, en la fe, en la esperanza, pero es necesario trabajar, superar las dificultades que la vida pueda deparar, hasta que llegue el momento en que nuestra vocación hallará su plenitud. La vida cristiana, hecha de fe, de esperanza, de amor, de alegría, de paz, tiene un sentido dinámico, es un continuo crecer hasta el día de la manifestación definitiva de Jesucristo. Celebrar las fiestas pascuales quiere decir recordar cuanto ha hecho por nosotros el Señor Jesús, pero es también una llamada a responder con generosidad, para asegurar la vocación que hemos recibido y aceptado en el bautismo, y a trasmitirla con nuestro testimonio a los demás hombres, nuestros hermanos. 

15 de abril de 2017

¡FELIZ PASCUA DE RESURRECCIÓN!

Aleluya. Cristo ha resucitado y con
su claridad Ilumina  al pueblo
rescatado con su sangre. Aleluya.


        “Entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó. Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos”. El evangelista san Juan ha recordado como los apóstoles Pedro y Juan, alertados por María Magdalena, corrieron al sepulcro de Jesús para cerciorarse por sí mismos de que allí algo había sucedido. Aquellos hombres que acompañaron al Maestro mientras predicaba el mensaje del Reino, habían quedado desconcertados ante la terrible muerte de Jesús en la cruz. En aquella mañana de Pascua es fácil imaginar la tristeza y el desánimo de aquellos hombres, cuyas esperanzas puestas en su amado Maestro se habían derrumbado estrepitosamente. ¿Quién de nosotros no ha vivido alguna que otra vez situaciones parecidas ante algo que se derrumba? 
              El aviso de María Magdalena despiertó a los dos apóstoles de sus tristes pensamientos. Unas palabras bastan para que Pedro deje de atormentarse por sus negaciones y Juan venza su sensibilidad herida por los acontecimientos vividos al pie de la cruz. El rescoldo, aunque cubierto de ceniza, no está apagado. Basta una bocanada de aire fresco y la llamita aparece, dispuesta a provocar un incendio. Y aquellos hombres, serios y graves, no dudan en ponerse a correr. Pero cuando llegan al lugar encuentran sólo un sepulcro vacío y unas vendas por el suelo. Poco, muy poco es lo que encuentran.        Sin embargo, este poco basta para que el evangelista pueda decir decididamente: “Vio y creyó”. Lo poco que ven les permite dar un paso enorme, que queda resumido en las palabras del evangelista: “Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos”.
              De las palabras de María Magdalena se deduce que estaba que alguien se había llevado el cuerpo. Pero ese alguien no se habría entretenido en quitar las vendas y el sudario para dejarlos donde estaban cuando cumplían su misión adheridos al cuerpo sin vida. A los dos apóstoles se les abren los ojos del espíritu, ven más allá de aquellos pobres y mudos lienzos, y en su corazón no dudan en proclamar: ¡El Señor ha resucitado verdaderamente! La consecuencia: el débil y miedoso Pedro no dudará en afirmar: “Nosotros somos testigos de todo lo que hizo. Lo mataron colgándole de un madero, pero Dios lo resucitó al tercer día y nos lo hizo ver. Nos encargó predicar al pueblo que los que creen en él reciben, por su nombre el perdón de los pecados”. Y cuando las autoridades de Israel intentan hacerle callar, exclama: “¿Puede aprobar Dios que os obedezcamos a vosotros en vez de a él? Juzgadlo vosotros.”
         Y en Juan, toda la ternura que hirió su corazón mientras veía morir a quien le amaba de verdad, se convirtió en mensaje dicho y repetido hasta la saciedad: “En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Hijo único para que vivamos por medio de él. Si Dios nos amó de esta manera, también nosotros debemos amarnos unos a otros. Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él”.
         A Pedro y a Juan la experiencia vivida junto al sepulcro les transforma. Desde ahora ya no mirarán hacia atrás. Su correr hacia el sepulcro se convierte en carrera rápida y decidida. Unas palabras de Pablo se pueden aplicar a ellos: “Continuo mi carrera por si consigo alcanzarlo, habiendo sido yo mismo alcanzado por Cristo Jesús. Olvido lo que dejé atrás y me lanzo a lo que está por delante, corriendo hacia la meta, que es Cristo”. Que el ejemplo de los apóstoles que ha evocado este evangelio que acabamos de proclamar en nuestra celebración de la Pascua, reavive nuestra fe, fortalezca nuestra voluntad y nos haga conscientes de nuestra condición de testigos de la Resurrección, que, desde nuestro bautismo y confirmación, configura nuestra condición de cristianos, de discípulos del Señor resucitado.
J.G

Vigilia Pascual - A

            

          “Vosotras no temáis, ya sé que buscáis a Jesús el crucificado. No, está aquí: ha resucitado, como había dicho. Venid a ver el sitio donde yacía e id aprisa a decir a sus discípulos: «Ha resucitado de entre los muertos”. El mensaje del ángel abre recuerda que ha empezado una nueva etapa, y en consecuencia es necesario renovarse, pues Jesús ha resucitado de entre los muertos y va por delante de nosotros. 
            A la luz del Resucitado, la liturgia de la palabra ha subrayado algunos momentos de la historia de la salvación que permiten entender la voluntad salvadora de Dios, que a través de los tiempos ha ido preparando la victoria pascual de Jesús. En primer lugar el relato de la creación recordaba a la vez cómo la Palabra creadora de Dios por su espíritu fecunda contínuamente el universo; y a pesar del pecado del hombre, Dios decide una nueva y definitiva intervención divina, que es precisamente nuestra redención. En esta historia la figura de Abrahán, que cree en la palabra de Dios, y espera contra toda esperanza, es el modelo para nuestra fe personal en la vida de cada día.
De modo semejante, el paso del mar Rojo, manifestación típica de las intervenciones de Dios en la historia para salvar a los que creen en él, es también al mismo tiempo imagen de lo que se realiza en nosotros por medio del bautismo cristiano.
         El mensaje de los profetas completa la visión de la historia de la salvación. Los dos fragmentos del libro de Isaías aseguran que todo puede cambiar, porque Dios no ha cesado nunca de manifestar su amor, un amor que contínuamente está creando, un amor que va más allá de cualquier necesidad, un amor que se ha concretado en la alianza que Dios ha ofrecido a los hombres y que en Jesucristo ha llegado a ser la alianza nueva y eterna. Siguen las palabras del profeta Baruc, evocando la presencia salvadora de la Sabiduría de Dios, que ha venido a la tierra y ha convivido con los hombres, contienen una invitación a dar una respuesta a tantos beneficios. Y esta nueva creación, que es la obra de Dios, como recuerda Ezequiel, ha tomado la iniciativa para purificar y renovar a su pueblo con la aspersión del agua pura, con el don del Espíritu nuevo que renovará el corazón de los hombres, a fin de que aprendan a vivir según sus mandamientos.
         El apóstol Pablo ha recordado la relación existente entre la resurrección de Jesús y nuestro renacimiento espiritual. El bautismo ha realizado nuestra participación en la muerte y resurrección de Jesús, realidad que hemos de demostrar tratando de vivir una vida nueva por la fuerza del Espíritu Santo que hemos recibido.
         Hoy la liturgia ofrece la posibilidad de renovar nuestras promesas bautismales, renunciando al pecado y a las seducciones del mal y confesando nuestra fe en el Dios Uno y Trino. Olvidando nuestro pasado, hemos de aprovechar esta oportunidad para responder con decisión a la llamada de Dios e iniciar una vida nueva. Y la Eucaristía  señalará nuestro encuentro con el Señor resucitado. No se nos concede como se concedió a los apóstoles ver con nuestros ojos al Señor, pero no podemos olvidar las palabras que dijo a Tomás: Dichosos los que crean sir haber visto.

         Las mujeres que fueron a visitar el sepulcro, no se dejaron impresionar por el hecho de encontrar  la tumba vacía. Aceptando la palabra del ángel, se convierten en los primeros mensajeros de la buena nueva, anunciado a todos que el Señor ha vencido a la muerte y ha resucitado. Pero como nos dice el evangelio, no todos las creyeron, sino más se permitieron el lujo de interpretar sus palabras como imaginaciones que no merecían crédito. Que el Señor nos haga ser testigos de la victoria del Señor, anunciando con nuestra palabras y sobre todo con nuestra vida, que el Señor ha resucitado realmente.

J.G.

14 de abril de 2017

Reflexiones: Viernes Santo -A

       
      “Nosotros predicamos a Cristo crucificado, escándalo para los judíos, necedad para los griegos”. En tiempos del apóstol san Pablo, judíos y griegos encontraban motivo para reirse del crucificado o simplemente pasaban de él. Han transcurrido muchos años desde entonces, pero existen aún personas que o se ríen de Jesús o pasan de él. Ciertamente no es fácil creer en Jesús y seguir sinceramente su mensaje. El apóstol Pablo tenía conciencia de que anunciar el mensaje de alguien que había sido condenado por un tribunal y había acabado colgado de un patíbulo, era una empresa arriesgada. Y si el mensaje de ese tal suponía una crítica de los desórdenes morales y sociales del momento, y una llamada a la conversión de vida, el riesgo aumentaba aún más. Pero el mensaje de Pablo no quedó baldío, y ahora Jesús es anunciado por todo el planeta. Generaciones de mujeres y hombres han modelado su vida sobre la del Maestro, han trabajado por el bien de sus hermanos, han hecho maravillas en todos los campos del saber y de la actividad humana, guiados siempre y sostenido por la fe en Jesús Crucificado. Muchos, incluso en nuestros días y en varios lugares de la tierra, no dudan en derramar su sangre para confirmar su fe.
         Hoy, la liturgia invita a venerar la Cruz, signo de nuestra salvación. El rito de hoy, presentando a la Cruz como instrumento esencial de la Pasión del Señor e invitándonos a prestarle una veneración respetuosa, quiere suscitar en nosotros la conciencia de su significado. El beso que daremos a Cristo clavado en la Cruz ha de ser un gesto que nace del corazón y de la mente, es decir del amor y de la fe. Ha de significar que aceptamos a Jesús crucificado, con todo lo que significa, como Señor y Maestro.
         La primera lectura, del libro de Isaías, evocaba los sufrimientos que precedieron la muerte de un personaje conocido como el Siervo de Yahvé, y este texto fue objeto de atenta meditación de las primeras generaciones cristianas, a fin de entender de algún modo el escándalo de la Cruz. Sin duda, el Siervo de Yahvé anuncia la figura de Jesús, que supo asumir el dolor y la contradicción con aceptación generosa,  cambiando su suerte en oblación y sacrificio expiatorio para dar a los hombres la verdadera justicia y llevar a término el designio de Dios de salvar a la humanidad.
         En la segunda lectura, el autor de la carta a los hebreos, ha evocado la obra de Jesús en términos sacerdotales y sacrificales, presentándole como el Pontífice definitivo, que entrando en el santuario del cielo, obtiene la salvación eterna para todos los que le obedezcan. Jesús es presentado en su dimensión humana, que asume con libertad el dolor.
         El relato de la Pasión según san Juan ha subrayado el aspecto glorioso de Jesús exaltado en la Cruz, que atrae a todo el mundo, para manifestar la gloria que el Padre le ha reservado. En la escena del huerto de los Olivos, la afirmación YO SOY, alude a la teofanía del Sinaí, y aunque puede hacer caer en tierra a sus perseguidores, libre y generosamente abraza la suerte que le espera. En su coloquio con Pilato, ha afirmado su realeza mesiánica, y con un cambio de papeles, demuestra que es él, Jesús, el verdadero juez, y que los juzgados, pero no condenados son todos los demás. La presencia de María al pie de la Cruz y las palabras que el Hijo dirige a su Madre, evocaban que ha empezado el reino del Mesías, la nueva creación, en la cual no falta una mujer, llamada a ser la Madre de todos, y que, al contrario de Eva, será fiel a su vocación. Por fin, Jesús, desde la Cruz anuncia que su obra está cumplida: y entrega su Espíritu, el mismo que después de su resurrección, dará a todos los que crean en él, como signo de que han llegado los tiempos mesiánicos, anunciados por el profeta Joel.

         La celebración termina con la participación al Pan eucarístico que confirma nuestra comunión con Aquel que, por medio de su obediencia al Padre, llevada hasta la muerte, ha llegado a ser el Sacerdote de la Nueva Alianza, que nos invita a esperar con confianza la celebración gozosa de la noche de Pascua.

12 de abril de 2017

Reflexiones: Jueves Santo - Ciclo A

          

           “Si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros: os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis”. Cada año, en la misa vespertina del Jueves Santo escuchamos estas palabras con las que el mismo Jesús intentaba explicar a sus discípulos el gesto que acababa de llevar a cabo. Lavarse los pies unos a otros era un elemento importante en la cultura de aquellos tiempos y contenía un auténtico significado. En nuestra cultura del siglo XXI, lavarse los pies unos a otros queda lejos de nuestro comportamiento normal. Por esta razón, repetir el gesto durante la liturgia del Jueves Santo podría reducirse a un gesto vacío de contenido. La autenticidad impone como necesario pasar del gesto al contenido, de la imagen a la realidad.
         El gesto de Jesús de lavar los pies de los discípulos en aquella noche significaba que, consciente de su dignidad, deseaba decir a los suyos que, por amor a ellos, porque los amaba hasta el extremo, iba a entregar su vida temporal para ofrecerles una vida eterna. Al lavar los pies de los discípulos quiere mostrar que ha adoptado la actitud de un esclavo, puesto al servicio de todos por amor. Este es su mensaje y esto es lo que quiere inculcar a los apóstoles, y en ellos a todos los que aceptamos creer en Jesús. Se nos invita pues a ser, por amor, siervos unos de otros, es decir estar al servicio de los demás.
He aquí el ideal cristiano. Y si somos sinceros, hemos de reconocer que no nos amamos de modo que en la sociedad prevalga el respeto de la dignidad de toda persona, la búsqueda de la justicia y de la libertad para todos sin distinción. Nos hiere que Jesús repita que hemos de lavarnos los pies unos a otros, pero en cambio no nos inquieta demasiado que en nuestro país la natalidad disminuya, que la población envejezca, que las familias se disgreguen, que la juventud abuse del alcohol, droga y sexo, que unos se enriquezcan cada vez más y otros vean empobrecidos continuamente, sólo para citar algunos ejemplos. La voz de Jesús resuena: “Os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis”.
         En el evangelio de San Juan, la escena de Jesús lavando los pies a sus discípulos ocupa el lugar que en los evangelios de Mateo, Marcos y Lucas aparece la institución de la Eucaristía. El gesto de lavar los pies expresa en realidad lo mismo que insinúa el gesto de la fracción del pan en la Eucaristía. Partir el pan es un gesto de comunión, de servicio, como lo puede ser lavar los pies. Lo que pasa es que la repetición del rito de la Eucaristía lo entendemos como un simple acto de culto a Dios, olvidando demasiado a menudo que no sirve de nada partir el pan sobre el altar si después no lo partimos con los demás hermanos en la vida de cada día, una vez salidos del lugar de culto. Cada vez que nos reunimos para celebrar la Eucaristía el altar ha de ser el centro de nuestra atención, del mismo modo que los comensales que se reunen para celebrar un banquete se colocan alrededor de la mesa. En la eucaristía, Jesús nos convoca para distribuir el pan y el vino, elementos escogidos de la vida de cada día, que él mismo ha querido que sean signos reales de su cuerpo y de su sangre, como recordaba san Pablo en la segunda lectura: “Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros. Esta cáliz es la nueva alianza sellada con mi sangre”. Con este rito Jesús anuncia y hace presente el misterio de su muerte cruenta que tendrá lugar el viernes santo sobre el madero de la cruz.

         Pero la muerte de Jesús tuvo lugar precisamente durante la celebración de la Pascua, la gran solemnidad del pueblo escogido, que recordaba su liberación de la esclavitud para pasar a ser pueblo libre, hijo de Dios. Aquella liberación sin embargo no era sino imagen, figura, de la verdadera liberación que Jesús nos obtiene con su sacrificio. Si es esta la fe que nos convoca esta tarde, hagamos el propósito de no ser meros espectadores de un rito religioso. Oigamos la voz del Señor, no endurezcamos el corazón, sino más bien dispongámonos para adoptar en nuestra vida de cada día la actitud generosa que Jesús ha expresado con las imágenes gráficas de lavar los pies de los hermanos, de partir el pan con los necesitados, y mostrar así que queremos ser los discípulos de Aquel que nos ha amado hasta el extremo.
J.G.

7 de abril de 2017

Cuaresma: Domingo de Ramos -A-


“Hosanna al Hijo de David: bendito el que viene en el nombre del Señor, el Rey de Israel”. Con este canto hemos iniciado hoy nuestra celebración y, después de escuchar las palabras del evangelio que evocaban la entrada gozosa y solemne de Jesús en la ciudad santa de Jerusalen, llevando ramos en las manos, hemos querido repetir de alguna manera aquel acontecimiento, acompañando al Señor como un día lo hicieron sus discípulos. Esta procesión no es una novedad en la Iglesia. Ya en el lejano siglo IV, una piadosa mujer procedente de Galicia, la peregrina Egeria, en sus memorias sobre el viaje que realizó por el próximo Oriente, recuerda como se celebraba una procesión el domingo de Ramos en Jerusalén, tratando de repetir el mismo itinerario de Jesús y sus discípulos. Y este recuerdo se ha conservado en la liturgia hasta el día de hoy.

            Salir en procesión, peregrinar, organizar romerías, reunirse grupos de personas para manifestarse ya sea celebrando un acontecimiento ya reivindicando una causa, puede decirse que es algo que responde a la esencia de la naturaleza humana. La procesión de hoy quiere invitarnos a caminar en pos del Señor, con un ramo en la mano, no como talisman inerte, sino como signo de nuestra voluntad de seguir a Jesús, incluso cuando sube al Calvario. Con este gesto proclamamos, llenos de esperanza, iniciamos nuestra celebración de la Semana Santa, esta Semana durante la cual iremos conmemorando devotamente los sucesivos momentos de la pasión, de la muerte y de la sepultura de Jesús, preparándonos así para saludar con gozo, en la solemne vigilia nocturna del sábado al domingo, la gran victoria sobre la muerte y el pecado que es la resurrección de Jesús de entre los muertos.

            La entrada de Jesús a Jerusalén que narran los evangelios como preludio inmediato de la Pasión, fue solemne y gozosa, pero también preñada de temores e incertidumbres, pues la actitud de los responsables de los judíos no hacía presagiar nada bueno para aquel Maestro que, sin pretenderlo, suscitaba al mismo tiempo fervor ardiente en unos y envidia en otros. En efecto, aquella misma multitud que, al entrar en la ciudad santa, aclamaba a Jesús, instigada por los jefes del pueblo, a los pocos días, pedirá a gritos su crucifixión, como acabamos de escuchar con el relato de la Pasión según san Mateo.

            Desde niños estamos familiarizados con los detalles de la Pasión del Señor y los conocemos bien. Pero cada vez que estas palabras resuenan en nuestros oídos, nuestro corazón, iluminado por la gracia del Es-píritu, puede captar matices nuevos, puede sentirse movido a revisar nuestro modo habitual de comportarnos y plantearse decisiones para vivir con más fidelidad nuestro bautismo, el sacramento que nos introdujo en el misterio de la vida, muerte y resurrección del Señor.

            En el mundo ajetreado y turbulento en que vivimos, en el que el silencio está sumamente marginado, los psicólogos detectan un aumento progresivo de la sensación de soledad que oprime a los hombres y mujeres, incluso cuando se hallan rodeados de sus semejantes. Creo que el relato que nos ha propuesto Mateo de la Pasión muestra como Jesús asumió también esta realidad de los humanos. Junto con sus discípulos celebró la cena pascual, pero en la oscuridad del huerto de Getsemaní, el sueño cerró los ojos de los que le seguían, y por no ser capaces de orar con él, huyeron precipitadamente en cuanto se insinuó el peligro, dejándolo solo. Durante los interrogatorios Jesús estuvo solo ante sus perseguidores y el discípulo que de lejos le seguía, Pedro, fue lo bastante débil para negar que le conocía. Solo y abandonado de los hombres, ex-perimentó una angustia que expresó con las palabras del salmo 21: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? Cuando nos sintamos solos, cuando nos falte el calor y el amor de nuestros semejantes, no dudemos de recurrir al Señor, que por la experiencia vivida, es capaz de entendernos, confortarnos y estar a nuestro lado, para superar la prueba y salir de nuevo a la luz y la esperanza, porque Dios no abandona nunca a los que esperan en él, a los que se abandonan a sus manos.
 J. G.

5 de abril de 2017

Música Sagrada: Tomás Luis de Victoria

Officium hebdomadae Sanctae de
O vos Omnes

  1. BIOGRAFÍA
Tomás Luis de Victoria nació en Ávila (España) en 1548 y murió en Madrid el 20 de agosto de 1611. Es el séptimo hijo de once que tendrían Francisca Suárez de la Concha y Francisco Luis de Victoria, quien murió cuando el compositor tenía tan solo 9 años. Casi al año siguiente se convirtió en niño cantor de la catedral de Ávila donde permanecería hasta los dieciocho años. Allí inicia sus estudios musicales de teoría del canto llano, contrapunto y composición, ejercitándose también en la práctica del teclado.
Terminada su etapa como niño cantor, fue enviado al Collegium Germanicum de los jesuitas en Roma el año 1567. Es posible que estudiase con Palestrina, que era maestro de capilla e instructor de canto y música del cercano Seminario Romano. En enero de 1569 abandona el Collegium Germanicum y, sin dejar sus estudios, ejerce el oficio de cantor y organista en la iglesia española de Santa María de Monserrat, templo oficial de la corona de Aragón en Roma.
En 1571 regresa al Collegium Germanicum donde es contratado como profesor. Sucede a Palestrina como maestro de capilla del Seminario Romano. En 1572 publica su primer libro de motetes Motecta quae 4, 5, 6, 8 vocibus concinuntur en Venecia. En 1573 comenzó a cantar, al menos ocasionalmente, en otra iglesia española de Roma (la parroquia de Santiago). En 1575 el Collegium Germanicum es trasladado a San Apolinar por orden de Gregorio XIII, y Victoria es ascendido a maestro de capilla de este centro. Ese mismo año toma órdenes menores (lector y exorcista) y es ordenado sacerdote el 28 de agosto en la iglesia de Santo Tomás de los Ingleses. Al año siguiente, 1576, publicó su segunda antología: Liber Primus qui Missas, Psalmos, Magnificat... aliaque complectitur.
En 1578 abandona el Collegium Germanicum y se retira como capellán a San Girolamo della Carità. En su nuevo puesto convive durante siete años con San Felipe Neri y comienza una etapa de intensa religiosidad. En este periodo verán la luz diversas colecciones de motetes y misas. Sus obras se publicaron en muchos lugares diferentes: en Italia, Alemania y España. En 1585 se publica la más ambiciosa y magistral creación de Victoria: el Officium hebdomadae Santae, una colección que incluye 18 Responsorios, 9 Lamentaciones, dos coros de pasiones, un Miserere, Improperios, Motetes, Himnos y Salmos para la celebración de toda la Semana Santa.
En 1587 Victoria regresó a España, aunque volvería a Roma en 1592 para publicar su Missae, liber secundus. En el periodo comprendido entre 1587 y 1603, Victoria fue capellán y maestro de coro del Real Convento de las Clarisas Descalzas en Madrid, donde vivía retirada la emperatriz María. Desde 1604 permaneció en las Descalzas como simple organista, donde murió casi olvidado el 27 de agosto de 1611.
Victoria, trata el texto de la Lamentación de Jeremías (Lm 1,12). El texto de las Lamentaciones proviene de la tradición hebrea que titula estos textos como poemas Ecà (exclamación que significa ¡Ah! ¡Cómo!). La Biblia griega de los Setenta le da el nombre de Lamentaciones y así ha llegado a las versiones modernas. Este texto forma parte de la sección de los Escritos del Antiguo Testamento, y dentro de la tradición judaica pertenece a la colección de los cinco volúmenes que se leen en la sinagoga en las fiestas judías. Su colocación detrás del profeta Jeremías en la Biblia griega le ha aportado el calificativo de “Lamentaciones del profeta Jeremías”.
El segundo Nocturno de los Maitines del Triduo Sacro de la Semana Santa, que está compuesto de lecturas patrísticas en forma semitonada, y por sus Responsorios.
El O vos omnes[1] (el diálogo de dolor), es el quinto responsorio del Sábado Santo con texto de las Lamentaciones de Jeremías (Lm 1,12).
El texto de Jeremías reclama la atención de los viandantes que pasan ante la Jerusalén devastada. La pregunta acuciante: Mirad si hay dolor como el mío, centra el discurso del responsorio al constituirse este texto en la respuesta del coro. Al grito: Atendite universo populi, et videte meum, se incrementa la intensidad ya que la llamada se hace universal.
En labios de Jerusalén personificada, la primera elegía comienza a tomar un tono más individual. Llamada de atención a los que hoy pasan junto a sus ruinas, eternos viandantes (Job 21,29), han visto ya otras ciudades destruidas. Ninguna de las catástrofes de que hayan podido ser testigos puede compararse con la que ahora tienen delante a la vista de la Ciudad Santa: ésta es obra de Yavé, que en el día de su ardiente cólera (Is 13, 13) se ha puesto a afligirla.
Estamos ante un texto desgarrador que invita a la contemplación del dolor y de su drama. Si nosotros respondemos con las palabras: si est dolor sicut dolorem meum, nos situamos en el ámbito del que sufre: de Jerusalén en el texto, de Cristo en la aplicación de dicho texto, de Jeremías en tal contexto. Se produce un intercambio de personajes y de ópticas que subrayan el carácter dramático y desconcertante de la situación que contemplamos.
Es la Palabra la que da forma a la música de Victoria. La atención de éste a la estructura formal del texto se comprende por la profunda atención del compositor al texto que conoce perfectamente. Pero es en los Responsorios donde se identifica más plenamente cada texto con la forma musical que estructura cada fragmento. La música da vida y forma al texto y éste a la música.
El texto es tratado con gran atención, ya sea desde el punto de vista rítmico y gramatical, ya sea desde el punto de vista significante, y es para Victoria el elemento estructurante de su música.
Será el texto comentado musicalmente el que dará forma a la forma. La polifonía será el lenguaje con el que dará voz al texto, lo ampliará, lo interpretará[2]. El texto es la única posibilidad que se ofrece a Victoria para organizar y dar forma a sus obras que se mantienen en la modalidad, que se traduce en la plasmación sonora de la hermenéutica del texto.
  1. FUNCIÓN LITÚRGICA
La función de la música litúrgica es añadir eficacia al texto mismo. La búsqueda de los afectos, de la emoción sincera, no nace de una pura o vana casualidad, nace de la interpretación hermenéutica de los textos puestos a consideración por la liturgia.
La música del Responsorio responde al esquema litúrgico, una proposición que es repetida por el coro; un verso y la repetición de la respuesta. Su finalidad funcional determina la forma. Victoria trata el texto de la Lamentación de Jeremías (Lm 1,12) asignándole una plantilla vocal igual al de las Lecturas de las Lamentaciones: dos cantus, alto y tenor.
En cierta manera, está diciendo con esta fórmula que el texto cantado guarda relación formal con lo cantado en la primera Lamentación. La forma se convierte en nexo de unión.
Los dieciocho Responsorios de Victoria están escritos en un mismo modo, cosa que les da una estructura formal y sólida, ya que la modalidad hace nexo y esqueleto del complejo de la obra.
La retórica descriptiva de la polifonía de Victoria se entrelaza con el significado del texto de manera indisoluble. En la segunda sección del responsorio O vos omnes, o sea, el versículo, las voces ser reducen a las tres agudas en un recurso dramático. La armonía, especialmente forzada, empleando inversiones de acordes disminuidos, nos muestra lo duro del texto en toda su crudeza.
Canto y música forman parte de la estructura de la liturgia cristiana. No podemos trabajar teórica o prácticamente en el campo de la liturgia sin tener en cuenta la música[3].
El modo empleado es el protus con tónica en SOL. Modo que, incluyendo el primero y segundo de los llamados modos gregorianos, era entendido como apto para expresar los estados tristes, especialmente en su versión gregoriana. La recurrencia al retardo provocado por el sexto grado rebajado, Mi bemol, que enlazado con la dominante, produce el “diabolus in música”, la falsa relación de tritono que Victoria cuida de disimular utilizando armónicas, esta recurrencia colorea de dramática tensión toda la pieza.           
El inicio de la exclamación “O”, se corresponde con otras piezas musicales de Victoria que empiezan con la misma exclamación -O Magnum mysterium-, y recibe un tratamiento de notas largas que realizan la admiración.
Un recurso manierista utilizado por Victoria es el entrecortar las frases dramáticamente. Un ejemplo lo encontramos en el se suspendit del responsorio Judas Mercator pessimus[4]. Aquí el recurso es utilizado en el transitis per viam, como una forma de llamar a los que están pasando y contemplando la escena.
La sección aguda del versículo adopta el cariz de grito y de súplica: atendite.
El “affecctus” que pretende Victoria es la experiencia del dolor que contemplamos. Sus recursos retóricos, modales, armónicos, van encaminados hacia la experiencia del dolor de Jerusalén, de Cristo, ambos devastados y solos. El grito dirigido a los que pasan para que contemplen el dolor es acuciante y Victoria lo trata serenamente, con una súplica a los que en la indiferencia, en el no-saber, en la distracción pasan de largo ante el drama que causa salvación. Con esta música, dramáticamente contenida, podemos decir que Victoria nos llama a contemplación.
La totalidad del material utiliza el lenguaje polifónico y en algunas partes el pluricoral, pero huyendo este del efecto estereofónico, lo cual le da una especial unidad de lenguaje. La modalidad utilizada en las composiciones es un elemento esencial para conseguir la unidad del conjunto. Victoria conocía y explotaba la teoría de los afectos de los modos, la pretensión de la música de incitar a una adhesión interior, a un determinado sentimiento o moción, sea religiosa, sea amorosa; buscando la unidad del Officium, opta por el nexo de la modalidad, más que por el uso de temas gregorianos.
Victoria se sirvió de su arte musical, de la polifonía y del contrapunto -el lenguaje musical que le era contemporáneo- para llevar a cabo su obra. Su música nos habla, nos hace experimentar, va más allá que el contrapunto y la técnica musical: nos hace percibir algún aspecto del Misterio.
La obra está dedicada a la Trinidad, unidad polifónica del Misterio. La identificación entre la Jerusalén destruida, expuesta a la vista de todos los que pasan, con el Cristo crucificado a las puertas de Jerusalén es total.
Las Lamentaciones están abocadas a un entender el castigo como inicio de salvación, el dolor como elemento de curación. De ahí la fuerza del nexo estructural que establece Victoria con la misma forma vocal para la primera Lamentación y para este responsorio. Si el dolor de Jerusalén es signo de restauración, en Cristo será principio de resurrección. Al asimilar nuestro dolor con el suyo asimilamos también su exaltación gloriosa y triunfante. Victoria lo dice con la cadencia de picardia, es decir, con el acorde Sol M que encierra cada sección. La modalidad dolorosa del dolor no es definitiva. La modalidad, el dolor, pueden ser leídos con una apertura a la redención.
Victoria comprendió la fuerza performativa de su música y no se limitó a describir el dolor, sino que lo hizo dolor experimentable, contemplable y transido de esperanza. Con su música nos hace percibir la dimensión del Misterio para todos los que por la vía transitan.
La “empatía” y la música que Victoria nos ofrece puede hacernos comprender que por el dolor entendemos alguna cosa, experimentamos de manera sacramental-estética la revelación del Misterio. Victoria utiliza una teología de las emociones, su música nace “para” y “de” la liturgia; conoce y reza la Palabra celebrada con una concepción formal, estilística y modélica y que habla directamente al corazón. Contempla de forma empática el dolor de Jesús, pero tiende hacia una trascendencia que se entiende partiendo de la fe y del gozo de la Resurrección de Cristo.
El grito es desgarrador, la música nos lo hace experimentar así. El dolor cantado se vuelve a nuestros oídos dolor experimentado. Por eso podemos responder “con nuestro dolor”, el dolor de todo ser humano. Difícilmente se puede, en tan pocos compases, crear esta experiencia empática de dolor salvífico.
Cuando participamos en la liturgia todos nuestros sentidos y acciones deben estar ahí. Siempre tiene que ser un elemento implicante, no me puedo quedar impasible. Y las Lamentaciones están compuestas para implicar al oyente a la conversión y al arrepentimiento, pues ahí está el Perdón de Dios. Primero se comienza con una introducción plácida para luego tratar de implicar al oyente, ya que el efecto dramático comienza al iniciarse el texto bíblico, donde las frases musicales dejan de ser desarrolladas para entrecortarse al ritmo de la dureza de las palabras.
Victoria vivifica las palabras de Jeremías que nos dan a comprender el sentido de la destrucción de Jerusalén-Cristo. Tal destrucción apunta a un proceso de conversión, aclamado con la polifonía incrementada a seis voces con las palabras “¡Jerusalén, Jerusalén, conviértete!”. Nos hallamos ante la emoción implicante de la música que vivifica el texto y del texto que informa la música.
CONCLUSIÓN
La música de Victoria tiene un especial poder de conmover y una gran fuerza expresiva para adentrarnos en los sentimientos que pretende transmitir.
Su música unida a la Palabra nos hace revivir esos momentos, no es posible escapar de su influjo. El dolor de Cristo y Su sufrimiento es algo que se adentra hacia lo más hondo de la persona, implica, no se es un mero espectador. Y en su simplicidad austera, logra hacer vibrar nuestras almas sintiendo gran compasión y tristeza. Escuchando estas Lamentaciones es más fácil entrar en el Misterio, vivirlo en profundidad. Nosotros hemos de llorar nuestros pecados que han llevado a Cristo a tan atroces sufrimientos.
Hoy, escuchando estas lamentaciones, nos pueden ayudar a unir los sufrimientos de Cristo con los de todos los hombres en una misma compasión. Tal vez esta contemplación despierte con más viveza en nosotros el sentido de nuestro pecado y de nuestra responsabilidad, y podamos exclamar: ¡Oh! ¡Cuánto dolor, el Cuerpo de Cristo es destrozado por nuestros pecados!
La música de Victoria aún conmueve, nos conmueve, nos hace respirar el mismo hálito con el que él la compuso, el mismo hálito que se respira al leer detenidamente sus manuscritos, y el mismo hálito con el que su música contribuye a una percepción estético-sacramental del Misterio que, cantando y contemplando, se hace experiencia significante del mismo.
Como decía S. Pío X, la música verdaderamente litúrgica -como lo es la de Victoria- ligada a la Palabra celebrada, nos abre, preparando nuestro corazón y nuestro interior, a recibir la gracia de los misterios celebrados.
Me uno a Juan Pablo II que afirma: “la Iglesia tiene necesidad del arte” porque “el arte tiene una capacidad propia para tomar uno u otro aspecto del mensaje, traduciéndolo en colores, formas, sonidos que hablan a la intuición del que mira o escucha” [5].
Hna. Florinda Panizo



[1] Tomás Luis De Victoria, Officium Hebdomadae Sanctae, 195.
[2] Cf. J. Soler, Victoria, 126-127.
[3] Música, Liturgia, Cultura, 19.
[4][4] Cf. Tomás De Victoria, Officium Hebdomadae Sanctae, 60.
[5] JUAN PABLO II, Lettrera agli Artisti, 31.

1 de abril de 2017

Cuaresma V domingo. C.A


          “Yo mismo abriré vuestros sepulcros, y os haré salir de vuestros sepulcros, pueblo mío, y os traeré a la tierra de Israel. Y cuando abra vuestros sepulcros y os saque de vuestros sepulcros, pueblo mío, sabréis que soy el Señor”. El profeta Ezequiel, con la imagen de la resurrección de los muertos, se dirigía a Israel recordando que, en su amor, no abandonaba a su pueblo a pesar de sus pecados y que el momento justo le devolvería su favor. Esta página puede ayudar a entender el mensaje de Jesús cuando proclama con énfasis: “Yo soy la resurrección y la vida”, palabras que quedan confirmadas con el gesto de devolver a la vida a su amigo Lázaro.
            La larga página del evangelio de San Juan que se proclama en este domingo tiene como protagonista no el difunto Lázaro, devuelto a la vida después de estar cuatro días en el sepulcro, sino Jesús mismo, aquel en quién hemos de creer si queremos poseer la vida. De hecho, la amistad de Jesús hacia los tres hermanos, Marta, María y Lázaro, la enfermedad y de la muerte de éste último, la angustia y el dolor de sus hermanas, la misma emoción y llanto de Jesús ante la realidad de la muerte, tienen una importancia relativa en la mente del evangelista, preocupado sobre todo en mostrar la glorificación que Dios está a punto de llevar a cabo en su Hijo predilecto, en la Pascua. En efecto, San Juan presenta el regreso de Lázaro a la vida como una preparación a la  próxima celebración del misterio de la muerte y de la resurreción de Jesús. Es precisamente este signo que lleva a sus enemigos a decidir su condena a muerte.
En efecto, una lectura atenta de los diálogos de Jesús con sus apóstoles y con las hermanas del difunto, muestran que la muerte de Lázaro es simplemente la ocasión destinada a manifiestar la potencia de Dios, que actúa en Jesús, a fin de fortalecer su fe para cuando llegue la hora decisiva, la hora de la muerte y de la resurrección de Jesús. Con los discípulos habla de la enfermedad y muerte de Lázaro desde la perspectiva de la manifestación de la gloria de Dios y de su Hijo. La conversación con Marta insiste en el progreso de la fe de la mujer, que inicia con el reconocimiento genérico del poder de Jesús, sigue con la confesión de la resurrección final que se espera, para terminar con la solemne proclamación: “Tú el Mesías, el Hijo de Dios”.
            Estos diálogos encuadran la enseñanza que Jesús propone y que nos asegura que Él es la resurrección y la vida; el que cree en Él, ya desde ahora posee la vida, no puede morir, y si muere, - como en el caso de Lázaro -, permanece viva la promesa de la victoria sobre la muerte. Y para confirmar sus palabras, tiene lugar el signo: Lázaro es despertado del sueño, vuelve a la vida. Si bien habitualmente se habla de la resurrección de Lázaro, no se trata de una verdadera resurrección, ya que Lázaro tendrá que morir otra vez. Es simplemente un signo que quiere dejar claro que si Jesús puede devolver a la existencia mortal a uno que estuvo cuatro días en su sepulcro, podrá él mismo, cuando llegue su hora, vencer definitivamente a la muerte e iniciar una nueva vida, que no tendrá fin, que es definitiva.
            San Pablo, en la segunda lectura, ofrece un complemento al mensaje del Evangelio: Dios, que, por el Espíritu, resucitó a Jesús de entre los muertos, por medio de los sacramentos del bautismo y de la confirmación nos ha dado a nosotros este mismo Espíritu, el cual está ya operando: nos libra del pecado, nos hace hijos de Dios y nos asegura la vida verdadera. El cristiano, en la medida en que cree ha recibido el Espíritu, no teme a la muerte, sino que espera poder participar con Jesús en la victoria que El ha obtenido.
            Vale la pena reflexionar en las palabras que el evangelista añade como colofón al signo que acaba de realizarse:: “Y muchos, al ver lo que había hecho Jesús creyeron en él”. No es sólo una constatación de lo que acababan de presenciar en aquel momento, sino una invitación que  hace también a cada uno de nosotros para que sepamos abrirnos a la acción del Espíritu, de manera que podamos celebrar la resurrección de Jesús no con palabras vacías, sino con una profunda y sincera renovación de nuestra vida cristiana.

 J.G.