28 de diciembre de 2012

LAS COLACIONES JUAN CASIANO


INTRODUCCIÓN 

            Nacido en el año 360 en la ciudad de Dobrudja, en la desembocadura del Danubio, de nacionalidad escita. De familia poderosa, terminó siendo aún muy joven sus estudios clásicos. Junto con su amigo Germán, al cual se sentía muy unido, se embarcó en un viaje hacia Oriente, interesándose sobre todo en el testimonio cristiano que daban los monjes que poblaban esos lugares.

            Se detuvo en Palestina por unos dos años, en un monasterio de Belén. No consta, sin embargo, que haya conocido personalmente a Jerónimo. Aparentemente, lo conoció y lo estimó sólo por sus escritos. Después de dos años, Casiano y Germán se dirigieron a los desiertos de Egipto, en particular a Escete y a Nitria. Volvieron ocho años después y nuevamente partieron por tres años más.

            En el 399 se dirigieron a Constantinopla, debiendo huir de Egipto a causa de su "origenismo." Casiano fue admirador y partidario de Orígenes, particularmente en lo que se refiere a su exégesis escriturística. Mantuvo, sin embargo, una posición equilibrada y evitó seguirlo en ciertos aspectos más dudosos y menos ortodoxos. En Constantinopla, Casiano fue ordenado diácono por Juan Crisóstomo, por el cual conservó siempre una profunda devoción. Luego que Juan Crisóstomo fuera expulsado, también los dos amigos se tuvieron que ir, y se dirigieron a Roma, al papa Inocencio I, para solicitar su ayuda en favor del obispo perseguido. Desde ese momento se pierde el rastro de Germán, a quien suponemos muerto en Roma.

            Con toda probabilidad, Casiano fue ordenado presbítero en Roma. De allí se dirigió a Marsella, en el año 415, donde fundó el monasterio de San Víctor y un monasterio femenino, Murió alrededor del año 435 en el monasterio por él fundado de San Víctor.

            Por medio de sus dos grandes obras, Instituciones cenobíticas y Colaciones espirituales, Casiano transmitió a Occidente un conocimiento bastante exacto a propósito de la institución monástica en Oriente y Occidente.

            Durante el tiempo transcurrido en Marsella, Casiano intervino en las disputas doctrinales relativas a la gracia y, poco dotado para este tipo de cosas, incurrió en formulaciones erróneas o imprecisas, de carácter semipelagiano. Sin embargo, aun en este delicado tema, su santidad y su tendencia hacia la dulzura y la sumisión, no fueron menos evidentes. Casiano, no bien advirtió su error, se retiró y calló.

            El programa monástico de Casiano era audaz y preciso: reformar el monacato occidental, para devolverle la luminosidad de la tradición de los tiempos apostólicos, y además intentar adaptar a la vida cenobítica las prácticas de la anacoresis vivida por él en Oriente. El primer fruto de esta labor son los doce libros de las Instituciones. Es un tratado no precisamente sistemático compuesto de dos partes muy diversas. La primera describe las “instituciones” monásticas y litúrgicas que conoció entre los Padres de Egipto, Siria y Capadocia:

                        “Lo que… hemos tratado de cumplir o aprender, o constatado con nuestros ojos,

            ahora no podemos ya retenerlo íntegramente, alejados después de tantos años de su        frecuente compañía (de los monjes orientales, sobre todo egipcios) y de la imitación de            su vida”[1].

            La segunda parte, comprende los libros V al XII y habla de los ocho vicios capitales del monje y de la manera de combatirlos.

            Más importancia tiene su segunda obra literaria, las Conferencias o Colaciones (Collationes), divididas en tres libros, que versan sobre las principales cuestiones de la vida monástica.

            Las Colaciones son la prolongación, en un plano hondamente espiritual y místico, de su obra anterior, Las Instituciones. Y en cuanto reflejan una parte de las reacciones de su vida íntima, son como la autobiografía de su alma. Alma enamorada de Cristo y de la vida monástica que se centra en Cristo.

            En Casiano se encuentran descritas todas las fases de la vida mística que describen nuestros más modernos tratados de espiritualidad. Sólo que no se hallan sintetizadas ni expuestas en un orden sistemático. Sin embargo, se puede afirmar que su espiritualidad es, como la de todos los autores antiguos, una espiritualidad de combate: es un ejercicio, un ascetismo. Casiano quiere, no obstante, que la mortificación exterior sea siempre moderada.

            Con su obra, Casiano da a la vida monástica una nueva vigencia. El monacato occidental le parecía desquiciado, lánguida. Por eso concibió el plan de reformarlo. Para ello introduce las observancias del cenobitismo egipcio, mitigada por las de Palestina y Mesopotamia[2], e integra en la vida del cenobio –por una transposición que representa el gran hallazgo de Casiano- lo esencial de la anacoresis[3].

            Digamos, en fin, que sus experiencias, las fuentes en que bebe el oro puro de su doctrina, la índole y trascendencia de los temas y aun la forma documentada y sagaz en que los pone de relieve, le colocan en la línea de los grandes autores espirituales.
 
1-    Las Colaciones 

Las Colaciones constituyen la obra principal del abad de Marsella y la más original, tanto por su estructura como por su contenido. No tiene pues, ningún modelo en la literatura cristiana precedente. En ella se adivinan todas las facetas de su carácter y recia fisonomía moral.

Casiano la intitula Seniorum Conlationes: “Colaciones o Conferencias de los ancianos”, y en otro lugar, Conlationes spirituales: “Colaciones espirituales”. Son el coronamiento de las Instituciones y ya en el prefacio precisa:

      “Del aspecto exterior y visible de la vida de los monjes, de que nos ocupamos en disposiciones del hombre interior, que, por ser invisibles, se ocultan a la mirada”[4].

Por tanto, el objeto del autor es darnos una visión panorámica, lo más completa posible, de la vida interior del monje. Estas conversaciones habidas por él con los solitarios de Egipto, se ordenan a establecer toda la doctrina monástica por la que se ha de regir la vida de los monjes de Occidente.

La obra “casianense” es un legado de la doctrina de los Padres. Nos dice cómo se siente, cómo se vive en el desierto. Casiano introduce, a no dudarlo, conceptos de su propia cosecha; pero aun éstos aparecen sugeridos y, por lo mismo, subordinados a los que van exponiendo los ancianos.

Por otra parte, lo que más da calor y viveza a su obra es precisamente este diálogo que entabla con los monjes. El papel de discípulo que interroga va a cargo de Germán, su amigo entrañable y compañero de peregrinación, pero también alguna que otra vez lo desempeña este papel, el mismo Casiano[5]. Las respuestas de los quince maestros que responden están condesadas en veinticuatro conferencias. Entre los maestros están Moisés, Serapión, José, Nesteros… Casi siempre nos describe los rasgos personales de estos héroes, sus virtudes, sus preferencias, su idiosincrasia…

Si a ello se unen las descripciones topográficas que prodiga el autor, tenemos la grata impresión de revivir las circunstancias y situaciones de aquel mundo monástico en que se hallaron un día los dos monjes peregrinos. Y es que Casiano, en este sentido, puede llamársele con el justo título “intérprete de los Padres del yermo”.

Entre sus fuentes es de máxima importancia Evagrio Póntico y así, nos dice el P. Marsili que la obra de Casiano es una “codificación de la docta espiritualidad de los maestros alejandrinos para uso de los monjes”[6].
 

2-    Esquema ideológico 

      Las Colaciones constan de tres partes, al frente de las cuales figura su respectivo prefacio, original de Casiano. Los tres grupos de conferencias están estrechamente coordinadas.

      Como se componen de veinticuatro, en la última el autor subraya el carácter simbólico de este número, que evoca a los veinticuatro ancianos del Apocalipsis. Es que redacta la obra como un homenaje ofrecido al Codero Salvador[7]. Casiano vuelve reiteradamente sobre los mismos temas y toca a menudo los puntos de vista de los sucesivos Padres, y de ahí, que repita una y otra vez las mismas ideas insistentemente, como si temiera no exponer claramente la doctrina. A pesar del aparente desorden a que dan lugar tales repeticiones, las tres partes -que comprenden respectivamente, diez, siete y siete colaciones- forman un todo cuyo esquema ideológico es:

      Primera parte: consta de diez conferencias, escritas, igual que las Instituciones, a petición del obispo Cástor. Pero al fallecer éste durante la redacción del a obra, van dedicadas al obispo Leoncio y al solitario Heladio. Estas conferencias corresponden al largo período que pasó el autor en el desierto de Escete[8]:

A-   Fin del monje y medios de alcanzarlo (Col. I-III).

B-    Obstáculos que empiezan en la consecución del fin (Col. IV-VI).

C-    El combate espiritual que libra el alma (Col. VII-X).

Segunda parte: Comprende siete conferencias dirigidas a los hermanos Honorato y Euquerio. Esta serie de conferencias corresponde a los principios de la permanencia de Casiano en Egipto y se sitúan en Panéfesis[9]:

A-   Complemento y aclaración de lo dicho sobre la perfección (Col. XI-XIV).

B-    La perfección consumada y sus indicios (Col. XV-XVII).

Tercera parte: siete conferencias destinada a los cuatro abades de la isla de Hyeres, Joviniano, Minervio, Leoncio y Teodoro. Las tres primeras datan de su permanencia en Diolcos; las otras cuatro, que se sitúan generalmente en Panéfesis:

A-   Sobre los monjes y diversas modalidades de la vida monástica (Col. XVIII-XIX).

B-    Adiciones y suplementos sobre la vida espiritual (Col. XX-XIV). 
 
 
3-    La doctrina: Doble fin en la ascensión espiritual 

Casiano concibe dos fines en la búsqueda y posesión de Dios: el inmediato y el mediato. El inmediato es lo que él llama “la pureza de corazón”. Implica la purificación total del espíritu y el desprendimiento completo de todas las cosas. Este fin inmediato tiene su valor sólo en razón del fin último o “Reino de Dios”, que es la vida eterna poseída en el cielo[10]. A estos dos fines –próximo y supremo- corresponden dos aspectos de la vida espiritual: la scientia o vita actualis, que es sinónimo de “vida ascética”; y la scientia o vita theorética, que es lo mismo que “vida contemplativa”.

Para alcanzar el fin próximo o “la pureza de corazón”, que es caridad[11], santidad[12], el monje renuncia a todo y abraza una vida de total consagración a Dios. El conjunto de estas renuncias y prácticas religiosas constituyen la vita actualis o práctica, es decir, el ascetismo monástico[13]. El conocimiento de los vicios y el modo de curarlos; el de las virtudes y la manera de adquirirlas, son los dos jalones de esta scientia preliminar de ascesis.

Esta ciencia le lleva de la mano a la vita theorética o contemplación, que le pone en posesión del fin último de su vida: el Reino de Dios[14]. Por la ascesis, pues, camina el monje hacia la unión con Cristo; por la “ciencia práctica”, a la “ciencia teórica”; por el ascetismo, a la contemplación, que es, para Casiano, la realización incipiente del quehacer eterno en el cielo.

Ahora bien, para vivir la vita actualis y la vita contemplativa es esencial la “discreción”[15]. Esta virtud distingue lo que favorece el bien, lo que fomenta el mal, lo que viene del hombre y lo que procede del demonio[16]. Pero para obrar el bien se precisa de continuo la gracia de Dios. En esto, Casiano insiste fuertemente, sin embargo, yerra en un punto notable. Al contrario de S. Agustín, Casiano cree que para salvaguardar la libertad de la voluntad se debe admitir en el libre albedrío un mínimun de iniciativa personal del todo independiente. Este desliz fue parte para que se le considerara como autor del semipelagianismo. No obstante, Casiano no fue el creador pues los orígenes de esta doctrinase remontan más allá en la historia de la teología y de la ascesis. Orígenes y S. Juan Crisóstomo, entre otros, trazaron ya inconscientemente los primeros esbozos doctrinales de la misma[17].
 

4-    La contemplación 

La ascesis no es el fin del a vida espiritual, nos suministra los medios para llegar a la contemplación.

Ella, constituye la esencia de la vida eremítica y Casiano la trata en la Colación IX: la oración pura; las formas de la plegaria; el sentido del Pater Noster; la oración ígnea, constituyen para él, el más alto grado de oración. La compunción y el don de lágrimas son las señales por las cuales sabemos que hemos sido oídos. Por otra parte, la Colación X está dedicada al tema de la contemplación perpetua. Casiano se revela aquí, como en otros puntos, de ser un fiel seguidor de la espiritualidad alejandrina. El medio más eficaz para fomentar ese clima espiritual de contemplación nos lo ofrece Casiano en la Colación XIV, que versa sobre la ciencia del espíritu desde el punto de vista de la gnosis. En el fondo, se trata de un más profundo conocimiento “pneumático” de las Sagradas Escrituras, con aplicaciones a la vida moral.

5- La “Apatheia”, presupuesto de la oración pura 

Par llegar el monje a esta plegaria “ígnea” –que constituye el más alto grado de oración- ha de estar dotado de la impasibilidad, es decir, de la “apatheia”. Para él es lo mismo que “pureza y tranquilidad del alma”[18]. Constituye el ideal del asceta oriental, y Casiano lo propone como objetivo y fin de todo el ascetismo monástico y cristiano[19]. Se caracteriza por la ausencia de pasiones y turbación de la sensibilidad. Deja al monje en una serenidad y paz sin eclipse. Además, afecta también al cuerpo, y es como una inmunización de la carne que logra el alma frente a los efectos de las leyes fisiológicas[20]. Esta perfecta integridad de cuerpo y alma es como una especie de imitación del estado angélico[21] que precede a la “oración pura”.

Así llama Casiano la oración gratuita, don de Dios, superior a todo esfuerzo humano, La denomina “transitoria”[22] y “ocasional”[23],  por lo mismo que es breve y fugitiva. Constituye, en realidad, la cúspide de la perfección, pues en ella reconjugan la elevación más sublime de la plegaria con el fuego encendido de la [24]caridad. La oración pura es propia del alma pura.

Tal es, en bosquejo, la doctrina espiritual contenida en la obra de Juan Casiano.
 

CONCLUSIÓN 

      De lo que hemos apuntado ya aquí, se desprende que las Conferencias de Casiano no son propiamente una relación de sus viajes. Han sido redactadas mucho tiempo después, y arguyen otras influencias además de los Padres del desierto. No obstante, los pormenores e incidencias que contienen son bastante exactos para permitirnos reconstruir las vicisitudes de la Estancia de Casiano en Egipto. Y ello desde el desembarque hasta que abandona el país del Nilo, al cabo de veinte años, cuando el arzobispo Teófilo de Alejandría expulsa a Juan Crisóstomo.

En esta obra, el lector sigue, año tras año, los avatares de la vida que lleva un monje peregrino (pero un monje que es a la vez, un escritor excepcional), a través de celdas y monasterios.

Casiano no hace consistir la perfección en las austeridades o en las obras de misericordia, ni siquiera en los carismas o dones preternaturales, sino en la caridad que nos une a Dios[25].

En Casiano apunta ya la idea de las tres vías: purgativa, iluminativa y unitiva. Baste citar, entre otros, el pasaje siguiente:

      “Queremon nos dijo: hay tres cosas que alejan a los hombres del vicio: el temor del infierno y de la ley, la esperanza y el deseo del cielo, el atractivo del bien y el amor de la virtud”[26].

Más claramente distingue en el trabajo un doble aspecto: uno, negativo, que se refiere a la renuncia por la cual nos alejamos del mal; y otro, positivo, que es la oración y la contemplación, por la cual practicamos el bien  y nos unimos a Dios.

      “La influencia monástica de Casiano, en particular, con su aspiración a renovar el                        cenobitismo con una ascesis más discreta y a la vez más idealista, integrando el ideal   espiritual del anacoretismo, influyó notablemente sobre la evolución del monacato,        produciendo un tipo de monje más disciplinado, más cultivado y más equilibrado. Esto se        debe, sobre todo, a la acción de Casiodoro y S. Benito. A través principalmente de la Regla   de este último”[27].

Tomadas, pues, en su conjunto, las Colaciones constituyen un directorio completo y de los más autorizados de la vida monástica o simplemente ascética.

Marina Medina Postigo
                                                                                                         

BIBLIOGRAFÍA 

Alejandro María Masoliver, Historia del monacato cristiano, Desde los orígenes hasta S. Benito, Ediciones Encuentro, Madrid 1994.
Alfredo López Amat, El seguimiento radical de Cristo, Ediciones Encuentro, Madrid 1987.
Juan Casiano, Colaciones. Tomo I, Ediciones Rialp, col. Neblí n. 19, Madrid 1958.
Juan Casiano, Instituciones, Ediciones Rialp, col. Neblí n. 15, Madrid 1957.
M. Cappuyns, Cassien (Jean), Dictionnaire d’Histoire et de Géographie Ecclésiastiques. T. 11,  París 1949.
M. Colombás, San Benito, su Vida y su Regla, B.A.C., Madrid 2006.
S. Marsili, Giovanni Cassiano ed Evagrio Pontico. Dottrina sulla carità e contemplazione, Studia Anselmiana 5 (1936) 162.


[1] Instituciones, prefacio 4.
[2] Instituciones,  prefacio  9.
[3] García M. Colombás, San Benito, su Vida y su Regla, B.A.C., Madrid 2006, p. 34.
[4] Colaciones, prefacio.
[5] Ídem., XIV, 2; XVII, 3.
[6] S. Marsili, Giovanni Cassiano ed Evagrio Pontico. Dottrina sulla carità e contemplazione, Studia Anselmiana 5 (1936) 162.
[7] Ídem., XXIV, 1.
[8] Ídem., XI, prefacio 2.
[9] Ídem., XI, prefacio 2.
[10] Ídem., I, 1, 4 y 5.
[11] Ídem., I, 7-8.
[12] Ídem., I, 5.
[13] Colaciones I, 7; Cfr. Colaciones XIX, 8; e Instituciones IV, 34-35.
[14] ColacionesI, 8 y 15.
[15] Ídem., II.
[16] Ídem., II.
[17] M. Cappuyns, Cassien (Jean), Dictionnaire d’Histoire et de Géographie Ecclésiastiques. T. 11, p. 1349.
[18] Casiano pone gran cuidado en evitar el término “apatheia” por el uso que hacían de él los pelagianos. Lo traduce por “inmutable tranquilidad del alma”.
[19] Colaciones I, 5-8; II, 6 y 7; IX, 2; XVII, 28; XXI, 12. 14.
[20] Colaciones XII, 11; Cfr. Instituciones IV, 6.
[21] Colaciones XII, 6; XXII, 3.
[22] Ídem., IX, 15.
[23] Ídem., IX, 26.
[24] Ídem., IX, 18.
[25] Ídem., XXIV, 6.
[26] Ídem., XI, 6.
[27] Alfredo López Amat, El seguimiento radical de Cristo, Ediciones Encuentro, Madrid 1987, p. 90.
 
 

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