28 de octubre de 2013

PROFESIÓN MONÁSTICA

 
 
ALOCUCIÓN DE LA M. ABADESA EN LA SALA CAPITULAR EL DÍA DE LA PROFEIÓN TEMPORAL  DE NOELIA
 M. Araceli Viñambres (Abadesa)
            Todos los momentos son importantes en la vida de cada persona. Creo que no hay ninguno que no tenga su peso específico, pero hay algunos de esos momentos especialmente significativos que dejan huella en nosotros.

             Para Noelia, ha habido momentos importantes que han ido configurando su vida, y uno de los más importantes en nuestra historia personal es nuestra vocación, porque en ella, damos respuesta a lo que vamos hacer en nuestra vida.

            Un momento importante fue tu Toma de Hábito, hoy das otro paso más, la Profesión de votos Temporales. Éstos llevan consigo la donación de la propia vida porque a veces, cuando se habla de votos, se piensa espontáneamente en la pobreza, castidad y obediencia dentro del contexto tradicional, pero no se ofrecen tres o cuatro fragmentos de la vida, sino la propia vida: no se ofrecen sólo los frutos, sino el mismo árbol que los produce. Los votos, no pueden separarse de la oblación de la persona. Cuando se emiten, no se promete “hacer algo”, “donar algo” o “abstenerse de algo”, sino que nos prometemos a Dios diciendo “me doy a Ti y prometo ser exclusivamente tuya para siempre”. 

            Querida Noelia, el don que el Señor te hace es grande, debes saber agradecérselo también cuando tengas momentos de fragilidad y cansancio que pueden producir desánimo, entonces piensa que es el Señor Quien te ha elegido y querido para Él. El Señor ha dicho: “Yo estoy con vosotros para siempre” y Él, siempre cumple Su promesa.
            Debes seguir creciendo en esta vida de conocimiento, de intimidad y de entrega al Señor a través de la oración para que tu vida sea un nuevo sí cada vez más pleno y total al Señor que te ha llamado. 
 
Noelia con el hábito de juniora

Hoy tiene que ser un día de gratitud a Dios por Su predilección, por todas las mediaciones que ha puesto en tu camino, entre ellas, tu Comunidad que te ha acogido, arropado y acompañado. Tus hermanas seguirán siendo un estimulo, como tantas veces dices tu misma que lo han sido hasta ahora, y serán también tu  apoyo en los días menos claros. No temas la rutina mientras experimentes el amor de Dios manifestado también en las hermanas. Aunque los días sean todos lo mismo en apariencia, para el que ama y se siente amado, lo mismo, es siempre nuevo. Lo expresa muy bien Miguel de Unamuno, en  Diario Íntimo:    

            ¡Felices aquellos cuyos días son todos iguales! Lo mismo les da un día que otro, lo mismo un mes que un día, y un año lo mismo que un mes. Han vencido el tiempo; viven sobre él y no sujetos a él. No hay para ellos más que las diferencias del alba, la mañana, el mediodía, la tarde y la noche; la primavera, el estío, el otoño y el invierno. Se acuestan tranquilos esperando el nuevo día y se levantan alegres a vivirlo. Vuelve todos los días a vivir el mismo día. Rara vez se forman idea de Su Señor porque viven en Él y no lo piensa, sino que lo viven. Viven a Dios que es más que pensarlo, sentirlo o quererlo. Su oración no es algo que se destaca y separa del resto de sus actos, ni necesitan recogerse para hacerla, porque su vida toda, es oración. Oran viviendo. Y por fin mueren como muere la claridad del día al venir la noche, yendo a brillar en otra región. ¡Santa sencillez! Una vez perdida no se recobra.  
            Como ves, una descripción ideal, sencilla e interesante de la que se destacan tres puntos como imprescindibles para ir haciendo bien el camino monástico:  

-Vencer el tiempo, cuando lo vivimos con amor, despertando el deseo de inmortalidad, de eternidad.  

-Vivir a Dios, vivirlo no como un saber, sino como una vida, viviendo Su vida en la nuestra, vivir lo que nos pide el Amor y vivirlo como servicio. 

-Hacer de la vida una permanente oración, vivir con una constante conciencia de la Presencia amorosa de Dios que se manifiesta en la alegría del servicio desinteresado.  

Pues, entonces Noelia pedimos que esto sea realidad en tu vida, y que el Señor que un día te llamó, sea tu fuerza y guía en el camino y te mantenga en Su Amor y fidelidad en cada momento hasta que te  sea dado  gozar de su presencia en plenitud.

13 de octubre de 2013

CANTAR DE LOS CANTARES EN SAN BERNARDO




 Bésame con el beso de tu boca 
 ("Beso" aquí, es un término simbólico
que quiere expresar el sentido más profundo de
la relación mística del alma con Dios) 

             Hoy vamos a leer en el libro de la experiencia.
            Entrad dentro de vosotros mismos, y cada uno escuche muy atento su conciencia a propósito de lo que se va a decir.
            Me gustaría saber si a alguno de vosotros le ha sido concedida la gracia de poder decir con sinceridad: “Que me bese con el beso de su boca”[1].
            No todos los hombres pueden decir esto de corazón.
            En cambio el que al menos una vez haya recibido un beso espiritual de la boca de Cristo, con toda certeza volverá a pedir esa experiencia personal, y la repetirá con alegría.
            Yo estoy convencidote que quien no lo haya recibido no puede ni siquiera saber qué es eso.
            Es sin duda alguna, un maná escondido[2], y sólo el que lo ha comido se queda con más hambre de él[3].
            Es una fuente sellada[4] a la que un extraño no puede acercarse. Solamente el que bebe de ella queda todavía con más sed[5].
            Escucha a uno que lo ha experimentado y fíjate cómo pide que se repita: “Devuélveme, dice, la alegría de tu salvación”[6].
            Ni se le ocurra desear esto para sí un alma como la mía, cargada de pecados[7], y todavía expuesta a las pasiones de su carne; que aún no ha experimentado la dulzura del Espíritu, y que ignora y no tiene experiencia de los gozos interiores.
(Sermones sobre el Cantar de los Cantares, 1)

 Breve biografía de San Bernardo
 
            Nace en Borgoña (Francia) en el año 1090, en el Castillo de Fontaines-les- Dijon. En 1132 con 30 compañeros, entró en el monasterio de Citeaux siendo Esteban Harding Abad del mismo, y tres años después, fue enviado como fundador  y Abad de Claraval. Durante su vida fundó más de trescientos monasterios. Murió el 20 de agosto de 1153 con 63 años.
             Proclamado Doctor de la Iglesia es cronológicamente el último de los Padres de la Iglesia. Fue el gran impulsor y propagador de la Orden Cisterciense y el hombre más importante del siglo XII en Europa. Es conocido como “Doctor Melifluo”, y se destacó por su inmenso amor a Cristo; a la Virgen ya que es también llamado el “Cantor de María”; y por su deseo ardiente de salvar almas. Fue proclamado Santo en el 1173 por el Papa Alejandro III.

Comentario
 
            Estamos en el S. XII, el siglo del amor, del amor cortés, de los trovadores. S. Bernardo y en general, la mayoría de los autores cistercienses, encuentran en el Libro bíblico del Cantar de los Cantares, el campo más favorable para expansionar sus ansias amorosas. Este libro ha sido objeto de comentarios por parte de monjes como Bernardo, su amigo Guillermo de Saint-Thierry o Juan de Forde entre otros.
            Los cistercienses se han caracterizado por utilizar el lenguaje amoroso propio de su época, ellos ha realizado o han “creado” la por algunos  como Leclercq llamada “Teología Monástica”, consistente en una reflexión de Dios que parte y se desarrolla en la experiencia, dentro de la vida monástica. Una teología muy diferente de la que se estudiaba en las escuelas a donde acudían muchos para conocer a Dios aunque no se tuviera experiencia, un encuentro íntimo con Él, nos referimos a la Teología Escolástica donde se trataba de conocer a Dios a través de la razón, del razonamiento deductivo. Los monjes no se apropian de este tipo de teología “científica”, ellos hablan y escriben del conocimiento adquirido a través del encuentro íntimo, de la experiencia de divina en sus almas. San Bernardo es además, un hombre de afectos ardientes, vehementes, apasionadamente enamorado de Cristo. Y éste es otro aspecto propio del monje cisterciense, la acogida del Misterio de Dios a través de la humanidad de Cristo.  Como también es perteneciente a los monjes, el acercamiento a Cristo a través de la Escritura, todos los escritos de autores cistercienses están salpicados de citas bíblicas con las que dan fuerza y confirman aquello de lo que nos hablan, toda su “teología monástica”, es realmente una “teología monástica” y ellos y ellas, las monjas cistercienses, vemos que escogen como Libro preferido de la Biblia el Cantar de los Cantares y así, se dejan llevar por los impulsos amorosos que este Libro despierta en ellos y en ellas.

            Sobre este comentario inacabado al Cantar de los Cantares de S. Bernardo, nos comenta el monje trapense Fr. José Luis Santos: “En estos sermones las llamadas a la humildad y a la obediencia son constantes, el amor a Jesucristo alcanza cimas muy altas y llenas de poesía y las referencias a la Virgen María son muy significativas”[8].

            S. Bernardo, basándose en este texto del Cantar de los Cantares, utiliza un lenguaje espiritual, mas sobre todo, afectivo (corazón, beso, boca, experiencia personal, dulzura…). La experiencia espiritual es muy importante ya que empieza diciendo que va leer el libro de la experiencia; también habla de la experiencia personal del beso de Cristo; y sin embargo comenta amargamente que aún la falta la experiencia de la dulzura del Espíritu y de la experiencia del gozo interior. Como vemos, nada más lejos de un comentario teórico, Bernardo derrama todo su afecto interior y profundo ante el deseo de gozar del Amor de Cristo, de recibir Su beso. Habla con el corazón y expone con gran fervor la alegría de la experiencia personal y amorosa con el Señor. Para él, Cristo no es un “Alguien abstracto”, es Jesús, que tiene boca y que sabe besar, y ¿qué manifiesta más el afecto, el cariño y la pasión amorosa que el beso? Es este beso de la boca de Cristo el que inflama y hacer arder a S. Bernardo. No sabe sino usar un lenguaje fogoso,  ardiente, apasionado, vehemente… que alcanza cotas muy pocas veces logradas por otros autores cuando se refieren al amor humano, al amor entre un hombre y una mujer, es un amor “divino”.

            Esta experiencia de ser besado por Cristo, provoca un ansia, un hambre y una sed inextinguible y que crece cuando más se experimenta. Mas él, se considera indigno de sentir, de llegar a tales gozos interiores, a tal dulzura pues su alma, según nos dice, está llena de pecados, pero si no hubiera ya deleitado, aunque mínimamente, de este beso, no lo buscaría ni lo desearía con tanto delirio.

            El núcleo esencial es que si alguno tiene la gracia concedida por el Espíritu, de recibir el beso de Cristo, ya no querrá otra cosa fuera de Él, El Señor será su gozo, su todo, su alegría más íntima, el alma será invadida de una dulzura y una dicha difícilmente explicables y que la llenará por completo, y que cuánto más se goza, más se desea, creándose así, un círculo virtuoso que transforma al amante por completo, enajenándole de amores divinos.

             En este sermón, S. Bernardo habla del beso espiritual, el beso de la boca de Cristo, pero él distingue, hace una categoría de tres tipos de besos:

            1.- El primer beso, que es el beso en los pies, en otro pasaje de este mismo sermón, Bernardo nos impulsa que nos postremos suplicantes a los pies del Esposo y ahí esperemos hasta que non invite a levantarnos.

            2.- El segundo beso, es el beso en Su mano, en la mano del Señor, él nos incita a besar Su mano para que así, logremos perseverar en el bien; en este beso, recibimos la fuerza necesaria para no desviarnos ni cansarnos en el camino de la virtud.

            3.- Y el tercer beso, es este beso de Su boca del que venimos hablando. Una vez que ya hemos besado Sus Santísimas manos, por fin, podemos levantar nuestra boca buscando la Suya y llegar a recibir el beso de la adorable boca de nuestro Salvador. Sin embargo, nos conviene recordar y no olvidar  que aunque hayamos llegado a gozar del beso de la boca del Señor, “todo es gracia”.

            Realmente, éste, no es un texto para comentar, sino para saborear y enamorarse, debe ser leído con atención, deleitándose en cada palabra, cada expresión cargada de pasión.

            Sin embargo, la Sagrada Escritura es siempre actual, no pasa nunca y se dirige a cada uno de forma personal y de cada época, es decir, este beso del que habla el Libro bíblico del Cantar de los Cantares, también va dirigido a ti, querido lector. También tú, debes hacerte eco de las palabras del texto bíblico y desear el beso de la boca de Cristo, que Él mismo te bese “con el beso de Su boca”, beso adorable, dulce como la miel, que embriaga como el vino y que una vez recibido en lo más íntimo del alma y del corazón, ya no se puede olvidar ni desear otra cosa. Esta experiencia nos une más íntimamente a Jesús, nos excita a amarle y este amor, si es verdadero y puro, nos lleva a amar de verdad y por tanto, este amor que llena nuestra alma, se desborda como un río en crecida y se derrama abundantemente sobre nuestros hermanos los hombres, tanto los más cercanos y que viven con nosotros y a nuestro alrededor, como a los más lejanos, a todos sin distinción alguna.

            Saborea este manjar exquisito que encuentras en el Canta de los Cantares, enamórate de Cristo, haz la prueba de unirte a Él por el amor y no te arrepentirás, encontrarás un gran tesoro que nada ni nadie será capaz de arrebatarte, la paz de Dios llenará tu alma y tú podrás irradiarla a este mundo que tan falto esta de paz y de luz. Pídele que te conceda la gracia del “beso de Su boca” y ya no serás capaz de separarte del “Amor de tu alma”.

             Que María, nuestra Madre, interceda para que nos sea concedida esta gran gracia del beso de Cristo y sepamos corresponder a esta gran misericordia que Él mismo está deseoso de regalarnos como el más apasionado de los amantes.
Hna. Marina Medina
 
[1] Cant 1, 1.
[2] Ap 2, 17.
[3] Eclo 24, 29.
[4] Cant 4, 12.
[5] Eclo 24, 29.
[6] Sal 50, 14.
[7] 2 Tim 3, 67.
[8] Bernardo De Claraval, Sermones sobre el Cantar de los Cantares,1
José Luis Santos Gómez, Monasterio de Sta. María de Oseira, Madrid 2000, p. 13.