9 de febrero de 2014

PUDO MÁS, QUIEN MÁS AMÓ



Santa Escolástica
Hermana gemela San Benito, naturales de Nursia, perteneciente al ducado de Espoleto en Umbría. Era de una de de las familias más nobles de Italia. Así ella, como su santo hermano, fueron recibidos en  su  familia, como un regalo del Cielo, ya que, sus padres vivieron muchos años  en matrimonio sin tener hijos.  Al fin con oraciones y limosnas alcanzaron esta gracia. Su madre  educó a Escolástica con todo aquel afán de una madre  piadosa noble, ya que era la Condesa de Nursia, convencida  de que las primeras impresiones de los niños influyen mucho en el de su vida. Inculcó principalmente a la niña los grandes valores cristianos y humanos, enseñándole a relativizar  los bienes meramente humanos y a estimar y buscar los bienes del Cielo, en cuyo ejercicio halló Escolástica todo su gusto y todas sus delicias.


Las inclinaciones de Escolástica, su devoción temprana, su docilidad y su modestia hicieron conocer pronto a su madre, que el Cielo se la había prestado, nada más que como depósito.  Ciertamente, la tenía el Señor escogida para esposa suya. Escolástica desde niña dedicó su vida a Dios, viviendo una vida de profunda relación con Él, por lo que escuchaba, aceptaba y practicaba las con gusto, enseñanzas y consejos de su fervorosa  virtuosa de su madre.


Era tenida Escolástica por una de las damas más hermosas de su tiempo. Sus valores personales, humanos y espirituales  y los ricos bienes que había heredado y aumentado, con el retiro de su hermano y con la muerte de sus padres, la hicieron ser pretendida de los más nobles jóvenes de toda Italia; pero  como se ha dicho ya, ella mucho antes había renunciado a las halagüeñas esperanzas del mundo, consagrándose a Dios desde su infancia con voto de perpetua castidad.


No obstante de ser de un genio vivo, nervioso y brillante, de natural dulce y amigo de complacer, de un aire garboso, despejado, capaz de arrebatarse las admiraciones y los aplausos, toda su inclinación era al retiro. Para ella no tenían las galas, particular atractivo, las miraba con indiferencia dándoles el valor efímero que tienen. Su madre se lo había advertido, que los adornos postizos, por ricos y brillantes que fuesen, no eran capaces de dar un grado de mérito a su vida, y que el mayor y más apreciable elogio de una joven, era el poderse decir de ella, con verdad, que era sencilla y piadosa.


Nacida con tan bellas disposiciones para la virtud, educada en los valores  y virtud cristianos, nutrida en los más santos ejercicios de la caridad y de la devoción, hacía Escolástica maravillosos progresos en el camino del Cielo, siendo en el mundo el ejemplo y admiración de todas las jóvenes, a la vez que estaban llegando ya en la familia y en su ciudad noticias de la vida santa de su  hermano  Benito, y las maravillas que ya se contaban de él habían llegado también a Roma


A nadie edificó más, ni movió tanto, la generosa resolución de Benito, como su propia hermana  Escolástica, que después de la muerte de sus padres vivía aún con mayor recogimiento en el retiro de su casa, considerando que la perfección evangélica que profesaba Benito, igualmente se propuso a todos los jóvenes y no fue su hermana  la menos interesada en él.  Trabajó eficazmente en esta tarea tan importante de su eterna salvación y la de sus hermanos los hombres redimidos por la Sangre de Jesucristo.  Distribuyó sus bienes entre los pobres y acompañada únicamente de una criada de su confianza, partió en secreto en busca de su hermano.


Hacía algunos años que Benito, había dejado el desierto de Sublac, después de echar por tierra los ídolos y abolir el paganismo en el Monte Casino, había fundado allí el célebre monasterio, que fue como la cuna monástica, en el Occidente, y como el seminario de aquel prodigioso número de santos monjes, que ahora  pueblan el Cielo, y son  modelos que nos marcan el camino hacia él a través de la historia.


Teniendo noticia San Benito que ya estaba cerca su herma­na, salió a su encuentro, temiendo que traspasase los límites que él, había señalado, fuera de los cuales no había permiso para entrar mujer alguna, de cualquier condición que fuese, se adelanto á recibirla, acompañado de algunos monjes y la recibió fuera de la clausura. Fácil es de imaginar cuál sería la primera conversación de aque­llas dos santas almas abrasadas ambas con el fuego del divino del  amor. San Benito confió á su hermana parte de las gracias y de las maravillas con que Dios le había favorecido y Escolástica le corres­pondió a San Benito declarándole los extraordinarios favores con que el Señor la había colmado.


Mientras los dos santos hermanos se estaban dulcemente entrete­niendo con las misericordias que habían recibido del Señor, es fama que se vieron coronados de una luz resplandeciente, y que se sintie­ron penetrados de una gracia interior que obró grandes cosas en sus almas, dándoles a conocer los intentos de la Divina Providencia, que destinaba a uno y a otra para que trabajaran sin intermisión en la salvación y en la perfección de las personas que determinaba confiar a su cuidado. Durante esta santa conversación, declaró Santa Escolástica a su hermano el ánimo que tenía de pasar el resto de su vida, en una soledad no distante de la suya, suplicándole quisiese ser su guía espiritual, y pidiéndole que dispusiera las reglas que había de obser­var para el gobierno y aprovechamiento de su alma.


Consintió en ello Benito, porque ya el Cielo le había revelado la vocación de su hermana. Es por ello que de ante mano había hecho fabricar una celda, no lejos del monasterio para ella y para su criada. Les dio, poco más o menos, las mismas reglas que había dispuesto para sus monjes.
        
La fama de la eminente santidad de esta nueva fundadora, atrajo desde luego, un gran número de jóvenes, que, entregándose a su guía y a la de Benito, se obligaron como ella a guardar la misma Regla.


Tal fue el nacimiento y el origen de aquella célebre Orden Benedictina femenina, que pronto y a lo largo de toda la historia se ha extendido por todo el mundo, pues llegó a contar hasta catorce mil mo­nasterios de mujeres, propagada ya en los primeros siglos, por todo el Occidente. Se veía con admiración tantas ilustres princesas venir a sepultar bajo la oscuridad de un velo los más brillantes esplendores del mundo y así ocurría cada día, con tantas nobilísimas jóvenes, distinguidas por su elevado nacimiento y por el conjunto de sus singulares valores humanos, que, a ejemplo de Santa Escolástica, prefieren la cruz de Jesucristo al aparente brillo y engañoso lujo mundano, y a los más halagüeños tentadores gozos de la vida.


Habiendo recibido Santa Escolástica la regla para vivir, que le dio su hermano San Benito, todo su pensamiento y toda su ocupa­ción en adelante, fue darse toda de lleno, a la alta idea de perfección a la que se sentía llamada. Aunque su vida hasta entonces había sido austera y penitente, dobló su rigor. Apenas interrumpía el re­cogimiento interior, y su oración era continua. La devoción que desde la cuna había profesado a la Santísima Virgen, creció sin medida, hallando nuevo aliento en la dulce confianza de esta dulce Madre. Se encendió en ella con tanta energía el fue­go del amor a Dios, que apenas podía contener los divinos ardores que la abrasaban.


En aquel tiempo no había clausura, pero no volvió a salir del monasterio nunca. Sólo se reservó el derecho de ir una vez al año a visitar a su santo hermano Benito, así  para darle cuenta de su comunidad y de lo particular de su alma, como para recibir sus órdenes y apro­vecharse de sus consejos.


Cercano el día de su muerte, vino a hacer su última visita anual a su hermano. Después de haber cantado los salmos y de haber conversado, como era de costumbre, sobre varias materias de piedad y gobierno de la comunidad de hermanas, Benito la despidió para volver al  su monasterio, pero Escolástica, le rogó tuviese a bien detenerse hasta el día siguiente, para lograr el consuelo de hablar más despacio sobre la bienaventuranza de la vida eterna. Se negó rotundamente  Benito.  Entonces, la santa hermana, bajando un poco la ca­beza y apoyándola sobre las manos, se recogió interiormente haciendo una breve oración. Apenas la acabó, cuando el aire, que estaba claro, sereno y despejado, se turbó de repente, y se fraguó una tempestad de relámpagos y truenos, acompañados de una lluvia tan copiosa, que no fue posible ni á   Benito, ni á los mon­jes que le acompañaban, salir para volverse al monasterio.


Se quejó el santo monje amorosamente: Hermana, ¿Qué has hecho? pero ella se justificó con que, lo hacía el Cielo en defensa de su razón y de su causa. San Gregorio, que refiere este suceso, representa una grande idea de la virtud y del mérito de Santa Escolástica, resolviendo que, “pudo más quien más amó”. Volviendo Escolástica  con sus hermanas, al lugar de su retiro, al día siguiente por la maña­na. Tres días más después voló al Cielo. San Benito al asomarse a la ventana de su celda vio una blanquísima paloma que volaba hacia el cielo. Entonces por inspiración divina supo que era el alma de su hermana que viajaba hacia la eternidad feliz.


Inundado de alegría Benito, a vista de la dicha que gozaba su amada hermana, dio parte a sus discípulos, y todos rindieron al Señor humildes y devotas gracias. Envió después algunos monjes, para que condujesen el cuerpo a Monte Casino, pero fue preciso conceder a sus hijas el justo consuelo de tributar las úl­timas honras a su buena Madre, por espacio de tres días, después de los cuales, se trasladó aquel precioso tesoro a la iglesia del monaste­rio. San Benito, la hizo enterrar en la sepultura que tenía destina­da para sí. Murió Santa Escolástica,  en el 543, con 63 años  edad.


Estuvo el cuerpo de la Santa en Monte Casino hasta la mitad del siglo VII, en que, los longobardos destruyeron el Monasterio. Después fueron trasladados a Mans las preciosas reliquias, donde fueron honradas con extraordinaria devoción. El año de 1562 se apode­raron los hugonotes de esta ciudad, mataron inhumanamente a los sacerdotes, pusieron fuego a las iglesias, profanaron los vasos sagrados, llevaron las arcas, cajas y relicarios preciosos donde esta­ban colocadas las reliquias de los santos y depositados los cuerpos de los dos santos hermanos, después de sacar éstas y aquéllos, arrojándolos por el suelo para quemarlos, al tocar el de Santa Escolástica para se apoderó de ellos tal pánico, que los obligó á huir  precipitada­mente, con el asombro de los monjes y de los habitantes de aquellos lugares que lo  se atribuyeron a la poderosa a su poderosa y singular protección de la Santa lo que no contribuyó poco a aumentar la devoción de los pueblos.


A través de los siglos y hasta hoy, podemos constatar, cómo desde hace catorce siglos, las reliquias de ambos hermanos, fundidas en el seno de la tierra madre, germinan incesantemente en frutos de santidad. Porque "todo lo que nace de Dios vence al mundo". Sobrevive San Benito, en su Orden, a pesar de todas las injurias de los tiempos. La vida oculta de Santa Escolástica, tiene el valor de un símbolo. Ella encarna el poder de la oración contemplativa, "razón de ser de nuestros claustros", la que, en alas de un corazón virginal, lleno de fe, arrebata a los cielos su gracia y la derrama a torrentes sobre esta tierra estéril, pero rica en potencia, que con el sudor de su frente siguen labrando sin interrupción en la historia, los monjes y monjas que siguen su Regla.
Hna. Ana María Panizo