20 de agosto de 2017

SOLEMNIDAD DE SAN BERNARDO DE CLARAVAL

HOMILIA EN EL MONASTERIO CISTERCIENSE CASARRUBIOS DEL MONTE 2017

Miguel Ángel Díez Madroñero 
Su familia. Su infancia. 

Tescelín el Moreno, oficial del duque de Borgoña, y la dulce y encantadora Aleta o Alicia fueron bendecidos por el Señor con siete hijos: Guido, Gerardo, Bernardo, Humbelina, Andrés, Bartolomé y Nivardo. Todos serán santos o beatos.      

Este santo matrimonio – los dos son venerables y beatos- supieron educar cristianamente a sus hijos: el primero en ser llamado a la vocación fue Bernardo. De ellos aprendió el niño aquel amor a Jesús y a María, de cuyas dulzuras había después de empapar sus admirables escritos. Pero le faltó su madre cuando más necesitaba de ella. Él fue quien, uno a uno, fue arrastrando a todos hacia el claustro.  

Bernardo estaba dotado con todos los dones que puede envidiar una persona: tipo elegante, inteligencia despierta, simpatía arrolladora, corazón ardiente. Su hermosura juvenil, su esbelta y varonil estatura, su rostro perfectamente perfilado, con ojos azules en los que, al decir de sus biógrafos, "resplandecía una pureza angelical" por donde asomaba la belleza y el encanto de su alma, fueron todos estos atractivos un constante peligro para su virtud. Así juzgó necesario dar un adiós al mundo y encerrarse en el nuevo monasterio del Cister, recién fundado por San Roberto. 

Su vocación  al Claustro. 

Bernardo fue el verdadero reformador de la vida religiosa y hasta cristiana de la Edad Media. Llevaba catorce años aquel monasterio, fundado por San Roberto con veintiún compañeros en 1098, sin que ingresara en el mismo ni un solo monje, cuando San Bernardo se presenta al frente de aquellos fervorosos novicios a acrecentar la nueva familia cisterciense, y si esto sucedió al principio no es extraño que cuando, a los veinticinco años de edad, y tan sólo dos de monje, fuera nombrado abad fundador del Claraval, consiguiera que durante los treinta y ocho años que duró su prelacía llegara la Orden a contar hasta 343 monasterios, de los cuales 63 fueron derivaciones del mismo Claraval, y que llegaran a más de 900 los monjes que hicieron en sus manos la perpetua profesión. 

“Aquí estarás encerrado hasta que pase Bernardo”, “escóndete, que no te vea Bernardo”. Así hablaba la esposa a su marido, la joven a su novio y las madres a sus hijos. Tal era el imán que despedían aquellos ojos grandes y aquella palabra arrebatadora de corazón enamorado. A todos los arrastraba a su monasterio. Arrastró a sus hermanos, a su sobrina, a su cuñada, a su madre… 

“El hombre que se enamoró de Dios”, “el reformador del Císter”, “el amado de María”, “el cantor de María”, “el ojos grandes”… Todo esto se ha dicho y muchas más cosas de este gran hombre que influyó en la iglesia de la Edad Media más que los reyes y papas de su tiempo. 

Estos eran los lemas que eligió para sí y que encierran toda su rica vida y espiritualidad: 

- “Alcanzar a Cristo”: una vez que abandonó el mundo ya nada le importaba más que esto, ser todo de Cristo y sólo para Él. 

-“Absortos en Cristo”: Era un alma profundamente contemplativa. Pasaba horas y horas ensimismado en Dios y en las obras de la naturaleza que le llevaban a Dios. 

-“Pendientes de Cristo”; “conscientes de Cristo”. 

­Estos lemas eran guías para él y para su hermana Humbelina a quien amaba con toda su alma. Él sabía muy bien que su misión no era otra que la de continuar la obra comenzada por Cristo en su alma al abrazar la vida del Císter. Estos lemas le servían como espuelas para amar más y más al Señor y servir a los hermanos. 

Su acción y su influencia. 

La acción de Bernardo no se limitó a sus monasterios (fundó casi de 350; y atrajo al seguimiento de Cristo en la vocación del claustro más de 900 vocaciones, como hemos dicho), sino que llamó la atención a reyes, príncipes y papas cuando vio que no iban por buen camino. Estos mismos jerarcas acudían a él sabedores de que siempre les diría la verdad. 

El siglo XII es turbulento de herejías y cismas, que llegan a producir tal confusión que aun las almas de buena voluntad no aciertan a saber dónde está la verdad. No puede ante esto permanecer encerrado en su claustro manejando la pala y el azadón, cuando lo que se necesitaba era el manejo de la pluma y de la palabra, y por eso salta San Bernardo a la acción, decidido a atajar aquel incendio que amenazaba destruir la casa del Señor. Es el árbitro de su siglo, buscado y solicitado, para intervenir y aminorar las frecuentes contiendas que en aquella tan agitada época sin cesar existían, y el monje tan recogido y silencioso que después de muchos años no sabrá cómo es la techumbre de la iglesia del Cister.  

Bernardo supo hermanar en sí mismo como pocos a María y a Marta del evangelio. Así es San Bernardo, la vida activa más agitada con la contemplación más encumbrada de la mística. Es un soldado, un guerrero, un político y a la vez un asceta rígido, un director espiritual de conciencias y un formador y fundador de monasterios. Era contemplativo donde los haya y celoso apóstol como ninguno.; predicó Cruzadas, dirigió batallas, pasaba largas horas en oración.  

Asiste a concilios, aconseja a los Pontífices, disputa con los herejes; estaba tan firme y animoso, que no dudó en aceptar el encargo que le confiara el papa Eugenio III de predicar la segunda Cruzada para libertar a los Santos Lugares del poder musulmán. Cincuenta y seis años de edad tenía entonces San Bernardo, colectando triunfos contra la herejía y el cisma, por su palabra eficaz y su santidad. 

Bien ganado tenía el descanso por el que tanto suspiraba en su monasterio del Claraval, de donde nunca hubiera salido a no ser forzado por la obediencia y por su ardiente amor a Cristo y a su Iglesia, pero la voluntad divina dispuso que fuera precisamente entonces cuando emprendiera una muy larga peregrinación, acompañada de una actividad prodigiosa y totalmente inexplicable dado el estado tan precario de su salud, tan minada hacía años por la austeridad y penitencia con que trataba a su cuerpo, que estaba tan quebrantada que muchos de sus hijos creían que su vida tocaba a su fin. He aquí la severidad del asceta que se tomaba rigurosa cuenta a sí mismo y se pregunta incesantemente: "Bernardo, ¿a qué has venido a la Religión? ¿Por qué has abandonado el siglo?" 

Y con la antorcha encendida de la Palabra de Cristo,  recorre toda Francia, Alemania y Flandes, y donde no puede resonar su voz serán sus cartas y emisarios en Inglaterra, España, Italia, Hungría, Polonia y, en fin, en Europa entera. Las ciudades en masa salen a su paso para escuchar su palabra, presenciar y admirar los milagros que sin cesar hacía, sanando un sinnúmero de enfermos y alistándose en la cruzada en tal cantidad, que pudo escribir al Papa: "Las ciudades y castillos quedan vacíos, y difícilmente se encontrará un hombre por cada siete mujeres". 

Su amor a la Santísima Virgen 

Amaba a Jesús con toda su alma: “Jesús es miel en la boca, melodía al oído y júbilo en el corazón”, con frecuencia decía. En fin, de modo asombroso y sorprendente admiramos en él la dulcísima miel de su bondad y caridad sin límites, que se paladea sin llegar nunca a cansar, de sus sermones, sobre todo cuando habla o escribe sobre la Santísima Virgen. 

Se le llama a San Bernardo el último de los Padres de la Iglesia, pero sólo en el orden cronológico no en el teológico y doctrinal, y menos aún en lo que toca a la Mariología. En esto no hay quien le aventaje. No se puede dar un solo paso sin contar con San Bernardo o citar sus escritos.  
Sirva como ejemplo la fórmula de estos tiempos en la que escritores piadosos y directores de almas coinciden con unanimidad: "A Jesús por María", en la que se quiere condensar la Mediación universal de la Santísima Virgen como Madre de Jesús y nuestra, y Corredentora de los hombres. Pues bien; esta fórmula precisamente está inspirada en San Bernardo, ya que viene a ser la doctrina fundamental tantas veces repetida en sus escritos.  

Explica, por ejemplo, el trascendental consentimiento de la Virgen a las palabras del ángel en la Anunciación, o del sermón de la Natividad de María, llamado del "Acueducto" por presentar a María como verdadero acueducto de la vida de Dios para los hombres; o de los sermones de la Presentación y Purificación, Anunciación, Asunción… Es necesario leer los sermones y saborearlos en toda su integridad. 

Los que quieren progresar en su amor a la Madre de Dios, necesariamente tienen que leer los escritos de San Bernardo por la claridad y el amor con que habla de ella.  

De su corazón brotaron el Acordáos, el final de la Salve, el “en las angustias invoco a María”, siendo cantor como pocos de las glorias de la Madre del cielo."Acuérdate oh Madre Santa, que jamás se oyó decir, que alguno a Ti haya acudido, sin tu auxilio recibir". El pueblo vibraba de emoción cuando le oía clamar desde el púlpito con su voz sonora e impresionante. 

“Si se levantan las tempestades de tus pasiones, mira a la Estrella, invoca a María. Si el recuerdo de tus muchos pecados quiere lanzarte a la desesperación, lánzale una mirada a la Estrella del cielo y rézale a la Madre de Dios. Siguiéndola, no te perderás en el camino. Invocándola no te desesperarás. Y guiado por Ella llegarás seguramente al Puerto Celestial”.   

 Sus bellísimos sermones son leídos hoy, después de varios siglos, con verdadera satisfacción y gran provecho. Amó tiernamente a María como pocos lo hayan hecho, concluyendo su devoción  a la Madre de Dios con esta frase:      

 NO ERES MAS SANTO PORQUE NO ERES MAS DEVOTO DE MARÍA”    

    Moría el 1.1153. Había nacido el 1.090. 63 años de santidad y ejemplo indescriptible e inabarcable para la Iglesia y todos sus hijos. 

18 de agosto de 2017

Meditando la Palabra de Dios - Domingo XX, a


“A los extranjeros que se han dado al Señor para servirlo, para amar el nombre del Señor, los traeré a mi monte santo”. Esta advertencia del profeta iba dirigida a Israel en el momento en que comenzaba a superar el desastre que supuso el destierro al que le había conducido su infidelidad a Dios. Pero el resurgir nacional iba acompañado de un rechazo de los extranjeros que permanecían afincados en su tierra. Y Dios, por medio de su profeta, recuerda que para participar en la salvación lo que cuenta en verdad es la observancia del derecho y de la justicia. Encerrarse en los límites estrechos de las propias tradiciones, por venerables que sean, es un peligro, pues conduce a olvidar que nuestro Dios quiere salvar a todos los hombres, sin limitaciones, sin distinciones de raza, color y lengua: todos tienen derecho a amar y servir al Señor, a ser miembros de su pueblo, a participar en el culto y en la plegaria.
Este aviso del profeta dirige nuestra atención hacia la realidad  de nuestra historia espiritual. Somos cristianos porque creemos en Jesús, profeta poderoso en obras y palabras, que proclamó el amor de Dios para con los hombres, concretado en el perdón de los pecados y la promesa de una vida más allá de la muerte. Jesús llevó a cabo su misión en medio de su pueblo judío, atendiendo tanto a dirigentes como a pobres, enfermos, pecadores y marginados, sin excluir a personajes no pertenecientes a Israel, cuando se dio el caso. Pero el resultado fue que Jesús acabó crucificado por quienes veían en él un peligro para la estructura religiosa del judaísmo, prefiriendo su propia concepción de Dios al mensaje de salvación que proponía Dios mismo por medio de su Hijo Jesús. Y, después de Pascua, cuando los discípulos iniciaron la predicación del mensaje de Jesús, hubieron de superar el dilema de quedarse dentro de los límites de Israel o abrirse al mundo entero. La apertura al universalismo no fue fácil e hubo de superar graves dificultades para imponerse. El mismo Pablo, en la segunda lectura, recordaba su sufrimiento ante la contraposición existente en su tiempo entre judíos y paganos, pero expresa su convicción de que todos, al final, rotas todas las barreras, podrán participar en la salvación ofrecida por Jesús.
Es en esta perspectiva del contraste entre judíos y paganos que  el texto de Mateo que leemos hoy encuentra su lugar, evocando el encuentro de Jesús con una mujer cananea. Una mujer cananea, es decir es no judía, se acerca a Jesús y le dice: “Ten compasión de mí Señor, Hijo de David”. Pero Jesús la ignora, no le responde. Sus discípulos intervienen fastidiados por la insistencia de la mujer. “Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel”, es la respuesta que obtienen. La mujer sigue insistiendo y entonces Jesús dice: “No está bien echar a los perros el pan de los hijos”. Lo que podía parecer un cruel insulto, es aprovechado por la mujer. Su sufrimiento, la necesidad de ser escuchada la empuja a agarrarse al tímido resquicio de esperanza que las palabras de Jesús dejan entrever: “Tienes razón, Señor, pero también los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los amos”. Jesús responde: “Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas”. La fe de aquella mujer la ha equiparado al pueblo escogido y le permite tener parte en la salvación de Jesús.

Ciertamente la rivalidad entre judíos y gentiles ya no existe, pero continúan existiendo en el espíritu humano aquellas tendencias que la originaron y la mantuvieron. La Iglesia, fundada por Jesús, no deja de ser una institución formada por hombres, que, a menudo, prefiere la seguridad y teme el riesgo de cambios, que se encierra en estructuras jurídicas que, a veces, impiden dejarse llevar por la fuerza del Espíritu, para buscar fórmulas nuevas que permitan vivir el mensaje de Jesús y hacerlo llegar a todos los hombres. El episodio de la cananea ha de ponernos en guardia contra cualquier tipo de exclusivismo, de particularismo, que conducen a sectarismos que pueden poner en peligro la saslvación universal que Jesús ha proclamado con su vida y su muerte.

14 de agosto de 2017

La Asunción de María Patrona del Cister


            En efecto, desde las primeras páginas de la Biblia, se recuerda cómo Dios, con su Palabra, dio vida y existencia al universo entero, colocando en él como centro de su atención al hombre y a la mujer, principio de toda la familia humana. Pero esta obra de Dios se vio frustrada por la desobediencia del hombre que pretendió ser como Dios. Y desde aquel momento se ha ido entretejiendo la historia de la humanidad, como un continuo esfuerzo de Dios para atraerse a los humanos, y las repeti-das caídas de estos, que no lograban recuperar la primitiva situación. Finalmente la Palabra de Dios, la misma con la que había creado el universo, decidió hacerse hombre y campartir con los humanos todo menos el pecado, y así el Hijo de Dios hecho Hijo del Hombre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo hasta el extremo, fue clavado en el madero de la Cruz y obtuvo así la salvación de todos.
            Pero la Palabra de Dios para hacerse hombre tomó carne en el seno de María, una virgen de Nazaret. Pero esta mujer no fue forzada para ser madre, sino que fue interpelada, se le propuso colaborar libremente con Dios, para bien del pueblo. Y Lucas, en su evangelio, afirma que aquella doncella consintió a la misión que se le proponía, diciendo: “Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra”. María creyó a la promesa de Dios, se fió de él, aunque no pudiese entender en aquel primer momento en toda su realidad, en todos sus detalles, lo que Dios pretendía de ella. Y por esto se dice: “María conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón”. María vivió en plenitud el misterio de la fe en Dios. Es en virtud de esta fe vivida y asumida con amor, que María acompaña a su Hijo en la obra de la Redención. Es en virtud de esta fe renovada y actualizada, incluso en la oscuridad y en la incertidumbre, que María pudo participar desde el momento mismo en que terminaba su existencia mortal de la victoria de su Hijo sobre la muerte, siendo, después de Jesús, la primicia de la resurrección, prometida generosamente a todos los que son de Cristo, como enseña san Pablo en la segunda lectura.
            En efecto, todos los que hemos sido bautizados en la muerte y la resurrección de Jesús, estamos llamados a compartir con él la gloria de la resurrección y entrar en una vida nueva, superior a la existencia que trabajosamente vamos recorriendo día a día. Esta es la fe de la Iglesia, y san Pablo llega a afirmar que si no creemos en Cristo resucitado, que nos promete resucitar con él, nuestra fe es vana y no sólo no tiene sentido llamarnos cristianos, sino que somos los más desgraciados de los hombres. Y para confirmar nuestra en el misterio de la resurrección Dios nos ha dado un signo. Lo que se nos promete en Jesús para el final de los tiempos ha empezado a ser realidad en María, la primera de la Iglesia de los creyentes, la primera en creer en la Palabra de Dios hasta hacerla vida en si misma. Hoy, al proclamar la asunción de María, la Madre de Jesús, en cuerpo y al-ma al cielo, confesamos nuestra convicción de que un día participaremos también con Jesús, con María, con todos los santos, con todos los que duermen ya el sueño de la paz, de la gloria de la vida nueva, obtenida por Jesús, con su muerte y su resurrección.

J.G.

12 de agosto de 2017

Meditando...Domingo XIX -Ciclo A



“Los discípulos viendo a Jesús andar sobre el agua, se asustaron y gritaron de miedo, pensando que era un fantasma. Jesús les dijo: Animo, soy yo, no tengáis miedo”. La página del evangelio de san Mateo que acabamos de escuchar ha evocado un episodio de la vida de Jesús que sorprende por el hecho de afirmar que caminaba  sobre las aguas del lago. Más que interrogarnos acerca de la historicidad del hecho, conviene preguntar sobre el sentido que tiene este relato y sobre el mensaje que el evangelista quiere transmitirnos.
Una atenta lectura del texto muestra el deseo de ayudar a los apóstoles a comprender quién era en realidad el Maestro a quien seguían, en el que habían puesto su esperanza. Mientras los apóstoles estaban solos en la barca, zarandeados por las olas del lago, Jesús se hizo presente caminando sobre las aguas. La sorpresa y el espanto hacen presa de los discípulos, pero Jesús se da a conocer con sus palabras e invita a desechar cualquier temor. La escena concluye con el reconocimiento pleno de Jesús, expresado por una confesión de fe: “Realmente eres el Hijo de Dios”. En la vida, experimentamos a menudo momentos de zozobra e incluso de miedo ante situaciones defíciles, que se nos escapan, sintiéndonos pobres y abandonados. En estas circunstancia conviene tener presente que Jesús permanece cerca de nosotros, que a veces puede hacerse presente de forma insolita, suscitando temor y desasosiego. Pero su palabra no da siempre confianza: “¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!”.
Pero el apóstol Pedro pide a Jesús poder andar sobre el agua: “Si eres tú, mándame ir hacia ti sobre el agua”. Antes de la pasión, este mis moPedro manifestará su voluntad de acompañar a Jesús hasta la muerte, pero, a la primera dificultad, no dudará en negarle. Ahora, invitado por Jesús a  caminar sobre el agua, en el momento crucial le falta fe, y empieza a hundirse. “¡Qué poca fe! ¿Por qué has dudado?” le echa en cara Jesús. La lección es muy clara: Hay que aferrarse a la Palabra de Dios hecha hombre en Jesús, con una fe total y decidida, si queremos dar sentido a nuestra vida y, después, tener parte en la salvación que Jesús ha venido a anunciar. En el compromiso con Jesús no caben dudas o vacilaciones.
Quizá es fácil criticar a Pedro por su atrevimiento. Pero  el gesto de Pedro, por su osadía, que tiene como fundamento su fe en Jesús: “Si eres tú, mándame venir hacia ti andando sobre el agua”, merece más admiración que la actitud de los demás apóstoles, que permanecen cómodamente instalados en la precaria seguridad de las maderas que forman la barca. A esos les falta la fe en Jesús, para lanzarse con atrevimiento e iniciativa a emprender nuevas esperiencias.
Esta escena del lago ha de entenderse como una manifestación más de Dios de las muchas que recuerda la Biblia. La primera lectura ha recordado la manifestación de Dios al profeta Elías en la montaña del Horeb. Elías, perseguido a muerte por su fidelidad a Dios, superando el desánimo que lo atenazaba, peregrina hasta la montaña santa. Y allí Elías puede gozar de la intimidad de Dios, no en el estruendo de huracanes, terremotos o incendios, sino en el susurro ligero de la brisa. Dios se insinúa en el espíritu de Elías con la suavidad enérgica del Espíritu, para hacer de él el testigo ardiente e invencible de los derechos del Señor entre su pueblo.
En la segunda lectura, san Pablo ha recordado el drama  del pueblo de Israel, adoptado por Dios como hijo, pero que cuando vino Jesús los suyos no le recibieron. Esta realidad es una advertencia a cuantos hemos aceptado creer en Jesús, los cristianos, para apreciar el don recibido de la fe y conservarlo, no sea que nos pase lo que a Pedro, que, a pesar de caminar sobre el agua, por haber dudado se hundió en el mar. La fe en Jesús es la única seguridad que los hombres podemos tener si queremos atravesar la vida tratando de dar un sentido a la misma. Pero si en algún momento nuestra fe decae, si sentimos que nos hundimos, no olvidemos de gritar al Señor, que nos ayudará, que extenderá su mano y nos dará la posibilidad de llegar a puerto.
J.G.