16 de febrero de 2026

VI Domingo del TO. Jesús no viene a abolir la Ley, sino a llevarla a su plenitud - Mt 5,17‑37

Cuando Jesús dice: “No he venido a abolir la Ley, sino a darle plenitud”, no está hablando de normas, sino de un modo nuevo de vivir. En este Evangelio, Jesús nos invita a pasar de la superficie al corazón, de lo exterior a lo interior, de lo correcto a lo verdadero. Cuando y donde el ruido baja la verdad se vuelve más audible, estas palabras se vuelven un espejo. Jesús no nos pide que hagamos más cosas, sino que vivamos desde más adentro.

- Jesús no quiere que cumplamos: quiere que despertemos

La Ley decía: “No matarás”. Jesús dice: “No te quedes ahí. Mira tu corazón. Mira tu ira. Mira tus resentimientos”. La Ley decía: “No cometerás adulterio”. Jesús dice: “No te quedes en la apariencia. Mira tu mirada. Mira tus deseos. Mira tus intenciones”. La Ley decía: “Cumple tus juramentos”. Jesús dice: “No vivas de máscaras. Sé transparente. Que tu palabra sea limpia”. Jesús no endurece la Ley: la interioriza. No la hace más pesada: la hace más verdadera. En estos momentos de silencio, esta palabra nos pregunta: ¿Dónde vivo, todavía en la superficie? ¿En qué zonas de mi vida me conformo con “no hacer el mal”, pero no busco el bien? ¿Dónde necesito dejar de justificarme y empezar a mirarme con verdad?

- La plenitud de la Ley es el amor

Jesús no quiere que vivamos como funcionarios de la moral, sino como hijos. La Ley se cumple cuando el corazón se parece al suyo. Por eso Jesús va al origen: al origen de la violencia, que es la ira; al origen de la infidelidad, que es la mirada desordenada; al origen de la mentira, que es el miedo a ser vistos como somos. Jesús quiere sanar la raíz, no podar las ramas. En este momento de la celebración de la Eucaristía o en otros de silencio interior, esta palabra nos invita a preguntarnos: ¿Qué raíces necesitan ser tocadas por Dios? ¿Qué heridas alimentan mis enojos, mis deseos, mis palabras dobles? ¿Dónde necesito dejar que Dios entre, no para juzgarme, sino para liberarme?

- La verdadera conversión es un cambio de corazón

Jesús no quiere que vivamos reprimidos, sino reconciliados. No quiere que vivamos tensos, sino unificados. No quiere que vivamos divididos entre lo que mostramos y lo que somos. Por eso dice: “Ve primero a reconciliarte”. La reconciliación no es un trámite: es un camino de libertad.

En los momentos de reflexión, esta palabra nos invita a mirar: ¿Con quién necesito reconciliarme? ¿A quién sigo llevando dentro como una herida abierta? ¿A quién sigo juzgando, aunque no lo diga? ¿A quién sigo evitando, aunque lo disimule? La paz no llega cuando el otro cambia, sino cuando yo dejo de cargarlo dentro como enemigo.

- La plenitud de la Ley es Cristo mismo

Jesús no nos da un código nuevo: se da a sí mismo. Él es la Ley hecha carne. Él es la pureza del corazón. Él es la palabra verdadera. Él es la reconciliación vivida. Por eso, este Evangelio no es una lista de exigencias, sino una invitación a la intimidad: “Déjame entrar en tu corazón. Déjame sanar lo que te divide. Déjame enseñarte a mirar como yo miro. Déjame hacerte libre”. La plenitud de la Ley no es un esfuerzo humano: es la obra de Dios en nosotros cuando dejamos de resistirle.

- Conclusión: dejarse transformar

Este Evangelio no se vive con fuerza de voluntad, sino con docilidad. No se vive desde el miedo, sino desde la confianza. No se vive desde el perfeccionismo, sino desde la verdad. Es es, Jesús nos dice: “No quiero que hagas más cosas. Quiero que me abras más espacio. Quiero que vivas desde dentro. Quiero que tu corazón sea mío”. Que al menos en este momento de silencio celebrativo nos permita escuchar esa voz que no acusa, sino que llama. Esa voz que no exige, sino que transforma. Esa voz que no pesa, sino que libera.

 

1 de febrero de 2026

Comentario: Mateo 5,1‑12 (Las Bienaventuranzas) IV domingo del T.O.


Mateo  en las Bienaventuranzas presenta a Jesús como el nuevo Moisés: Moisés subió al monte para recibir la Ley y Jesús sube al monte para dar la nueva Ley, la plenitud de la antigua: El Sermón del Monte o las Bienaventuranzas, son el corazón del Evangelio de Mateo y las Bienaventuranzas son su puerta de entrada. No se trata de mandatos, sino declaraciones de felicidad: Jesús proclama quiénes son los verdaderamente bendecidos según Dios, aunque el mundo piense lo contrario.

 “Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos”: no solo habla la pobreza material, sino de humildad radical. El pobre de espíritu reconoce que necesita a Dios. El Reino pertenece a quienes no se bastan a sí mismos.

 “Bienaventurados los que lloran, porque serán consolados”: Jesús habla de quienes sufren injusticias, pérdidas, dolores profundos. Dios no es indiferente: promete consuelo, no superficial, sino definitivo.

 “Bienaventurados los mansos, porque heredarán la tierra”: La mansedumbre no es debilidad, sino fuerza controlada, humildad activa. El manso no responde con violencia, sino con paz. Dios promete que la verdadera herencia no es para los agresivos, sino para los pacíficos.

 “Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados”: No es justicia legal, sino justicia de Dios: que su voluntad se cumpla. Son felices quienes desean un mundo más justo, quienes no se conforman con la mediocridad moral.

 “Bienaventurados los misericordiosos, porque alcanzarán misericordia”: La misericordia es el corazón del Evangelio. Quien perdona, quien se compadece, quien ayuda al necesitado, recibe de Dios lo que da.

 “Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios”: La pureza de corazón es coherencia interior, rectitud de intención. No es puritanismo, sino transparencia. Ver a Dios significa experimentar su presencia.

“Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios”: No es “ser pacíficos”, sino constructores de paz. Implica reconciliar, unir, dialogar, sanar heridas. Se parecen al Padre, por eso son llamados “hijos”.

 “Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino”: La fidelidad al Evangelio trae oposición. Jesús declara felices a quienes sufren por hacer el bien. El Reino es su recompensa.

31 de enero de 2026

Comentario: Evangelio del III Domingo del Tiempo Ordinario – C.A (Mateo 4,12‑23)

 

El evangelio presenta tres movimientos fundamentales: Jesús deja Nazaret y se instala en Cafarnaúm. Mateo interpreta este gesto como cumplimiento de la profecía de Isaías: “El pueblo que habitaba en tinieblas vio una gran luz.” Esto significa que la misión de Jesús no comienza en el centro religioso de Jerusalén, sino en la periferia, en una zona mezclada, fronteriza, marcada por la pobreza y la opresión.

 Dios elige empezar por las periferias: El anuncio del Reino: Convertíos, porque está cerca el Reino de los cielos. ”Este es el núcleo del mensaje de Jesús. Reino no es un lugar, sino la acción soberana de Dios que irrumpe en la historia. Está cerca significa que ya ha comenzado en la persona de Jesús.

 Convertirse implica cambiar la mentalidad, reorientar la vida, dejar que Dios sea el centro su centro. En su llamada a los primeros discípulos, Simón, Andrés, Santiago y Juan, Mateo subraya que la iniciativa es de Jesús, no de los discípulos. La respuesta es inmediata, sin excusas.

La misión es participar en la obra de Jesús: “os haré pescadores de hombres”. Jesús recorre, enseña, proclama y cura. Mateo resume así la misión mesiánica: Enseñar significa iluminar la mente. Proclamar: es anunciar la buena noticia. Curar, significa restaurar la vida. El Reino no es teoría sino transformación integral del ser humano.

Interpretación profunda: Jesús es Luz en las tinieblas. El evangelio presenta a Jesús como cumplimiento de la promesa de Isaías. Esto nos dice que Jesús es la luz definitiva que revela el rostro misericordioso del Padre. La salvación no es solo espiritual: ilumina la historia concreta, las zonas oscuras de la vida humana. El Reino como presencia activa de Dios no es un ideal moral, sino una realidad dinámica: Dios actúa ahora, aquí y en mi, la conversión que es respuesta a esa acción.

 La cercanía del Reino implica urgencia: no se puede postergar. El discipulado como ruptura y misión. La llamada de Jesús exige: Dejar redes: abandonar seguridades, esquemas, apegos. Seguirle: entrar en una relación personal transformadora.

Ser enviados: la fe no es intimista; es misión y la salvación integral Jesús cura enfermedades y dolencias. Esto muestra que el Reino toca cuerpo, alma y relaciones. La fe cristiana no es evasión, sino sanación de la realidad.

Aplicación práctica para el cristiano de hoy  es dejar que Cristo ilumine nuestras tinieblas. Cada uno de nosotros tenemos zonas oscuras: miedos, heridas, pecados, desesperanza, rutinas vacías. El evangelio invita a permitir que Cristo entre ahí, no solo en lo que ya funciona bien también en lo que no funciona tan bien. Se trata de vivir en clave de conversión continua y convertirse no es un acto puntual, sino un estilo de vida: revisar prioridades, discernir decisiones, dejar que el Evangelio cuestione, abrirse a cambios reales.

La conversión auténtica siempre se nota en la vida concreta se cada día y de cada momento. Escuchar la llamada personal de Jesús que sigue diciendo: “Sígueme”. Hoy esa llamada puede significar: reconciliarse con alguien comprometerse con los pobres dejar un pecado habitual servir en la comunidad estudiar los misterios de fe con más profundidad, vivir con más coherencia y menos miedo.

 La pregunta clave es: ¿Qué redes me pide Jesús dejar hoy? La respuesta es: Ser “pescadores de hombres” en el mundo actual. Evangelizar no es proselitismo, sino: atraer con la vida, acompañar procesos, escuchar, dar testimonio con alegría, ser puente, no muro. El cristiano está llamado a hacer visible la luz de Cristo en su familia, trabajo, redes sociales y relaciones.

Imitar el estilo de Jesús: enseñar, anunciar y sanar. Cada bautizado puede: enseñar: compartir la fe con sencillez, anunciar: hablar de Dios sin miedo sanar: consolar, acompañar, perdonar, levantar. El mundo necesita cristianos que curen heridas, no que las agranden.

4. En síntesis: Este evangelio del III Domingo del TO. nos presenta a Jesús como luz que irrumpe en la oscuridad, como anunciador del Reino que ya está en medio de nosotros, como maestro que llama a seguirle y como sanador que restaura la vida. Para el cristiano de hoy, este texto es una invitación a: dejarse iluminar, vivir en conversión continua, responder a la llamada también incesante de Dios, asumir la misión a la que cada uno somos llamados, sanar y acompañar a otros, Es un evangelio profundamente esperanzador y exigente a la vez.