El tiempo de Cuaresma siempre comienza con la evocadora liturgia del Miércoles de Ceniza. Estar marcados simbólicamente por ese polvo oscuro no tiene nada de teatral: es un gesto sobrio y poderoso que nos recuerda con realismo nuestra condición. «Polvo eres, y al polvo volverás». Esta no es una fórmula pesimista, sino una verdadera afirmación sobre nuestra fragilidad. Sin embargo, si nos detuviéramos solo en esta afirmación, correríamos el riesgo de perder la buena nueva del Evangelio. El Miércoles de Ceniza no es un punto de llegada, sino un umbral. Es la puerta que nos introduce en un período de cuarenta días, un viaje que comienza con la conciencia de nuestra precariedad y nos conduce a la luz de la Pascua. La Cuaresma no humilla al hombre; lo sitúa en la verdad. Nos recuerda que somos polvo, sí, pero no polvo anónimo ni abandonado: somos polvo amado. Este es el punto de inflexión decisivo. La fragilidad no es una condena, sino el lugar donde Dios elige manifestar su misericordia. Solo quienes aceptan que no se bastan a sí mismos pueden abrirse a la salvación. Desde esta perspectiva, el ayuno, la oración y la limosna no son actos religiosos ni ejercicios de eficiencia espiritual. Carecen de propósito, de demostrar algo a Dios o a los demás. Son herramientas concretas para reencontrarnos con nosotros mismos, para hacernos espacio, para abandonar las ilusiones de autosuficiencia. El ayuno nos libera de la ilusión de que todo depende de las posesiones; la oración nos libera de la pretensión de ser el centro; la limosna rompe la indiferencia y nos restituye a los demás. La Cuaresma, entonces, es un mensaje existencial radical: partir de la verdad de quiénes somos para permitir que Dios haga algo nuevo. Las cenizas no son la última palabra. Son el punto de partida de un camino que conduce a la Vida. Solo quienes aceptan su propio polvo pueden acoger la promesa de la resurrección.
18 de febrero de 2026
16 de febrero de 2026
VI Domingo del TO. Jesús no viene a abolir la Ley, sino a llevarla a su plenitud - Mt 5,17‑37
Cuando
Jesús dice: “No he venido a abolir la Ley, sino a darle plenitud”, no está
hablando de normas, sino de un modo nuevo de vivir. En este Evangelio, Jesús
nos invita a pasar de la superficie al corazón, de lo exterior a lo interior,
de lo correcto a lo verdadero. Cuando y donde el ruido baja la verdad se vuelve
más audible, estas palabras se vuelven un espejo. Jesús no nos pide que hagamos
más cosas, sino que vivamos desde más adentro.
- Jesús no quiere que cumplamos:
quiere que despertemos
La
Ley decía: “No matarás”. Jesús dice: “No te quedes ahí. Mira tu corazón. Mira
tu ira. Mira tus resentimientos”. La Ley decía: “No cometerás adulterio”. Jesús
dice: “No te quedes en la apariencia. Mira tu mirada. Mira tus deseos. Mira tus
intenciones”. La Ley decía: “Cumple tus juramentos”. Jesús dice: “No vivas de
máscaras. Sé transparente. Que tu palabra sea limpia”. Jesús no endurece la
Ley: la interioriza. No la hace más pesada: la hace más verdadera. En estos
momentos de silencio, esta palabra nos pregunta: ¿Dónde vivo, todavía en la
superficie? ¿En qué zonas de mi vida me conformo con “no hacer el mal”, pero no
busco el bien? ¿Dónde necesito dejar de justificarme y empezar a mirarme con
verdad?
- La plenitud de la Ley es el amor
Jesús
no quiere que vivamos como funcionarios de la moral, sino como hijos. La Ley se
cumple cuando el corazón se parece al suyo. Por eso Jesús va al origen: al
origen de la violencia, que es la ira; al origen de la infidelidad, que es la
mirada desordenada; al origen de la mentira, que es el miedo a ser vistos como
somos. Jesús quiere sanar la raíz, no podar las ramas. En este momento de la
celebración de la Eucaristía o en otros de silencio interior, esta palabra nos
invita a preguntarnos: ¿Qué raíces necesitan ser tocadas por Dios? ¿Qué heridas
alimentan mis enojos, mis deseos, mis palabras dobles? ¿Dónde necesito dejar
que Dios entre, no para juzgarme, sino para liberarme?
- La verdadera conversión es un
cambio de corazón
Jesús
no quiere que vivamos reprimidos, sino reconciliados. No quiere que vivamos
tensos, sino unificados. No quiere que vivamos divididos entre lo que mostramos
y lo que somos. Por eso dice: “Ve primero a reconciliarte”. La reconciliación
no es un trámite: es un camino de libertad.
En
los momentos de reflexión, esta palabra nos invita a mirar: ¿Con quién necesito
reconciliarme? ¿A quién sigo llevando dentro como una herida abierta? ¿A quién
sigo juzgando, aunque no lo diga? ¿A quién sigo evitando, aunque lo disimule? La
paz no llega cuando el otro cambia, sino cuando yo dejo de cargarlo dentro como
enemigo.
- La plenitud de la Ley es Cristo
mismo
Jesús
no nos da un código nuevo: se da a sí mismo. Él es la Ley hecha carne. Él es la
pureza del corazón. Él es la palabra verdadera. Él es la reconciliación vivida.
Por eso, este Evangelio no es una lista de exigencias, sino una invitación a la
intimidad: “Déjame entrar en tu corazón. Déjame sanar lo que te divide. Déjame
enseñarte a mirar como yo miro. Déjame hacerte libre”. La plenitud de la Ley no
es un esfuerzo humano: es la obra de Dios en nosotros cuando dejamos de
resistirle.
- Conclusión: dejarse transformar
Este
Evangelio no se vive con fuerza de voluntad, sino con docilidad. No se vive
desde el miedo, sino desde la confianza. No se vive desde el perfeccionismo,
sino desde la verdad. Es es, Jesús nos dice: “No quiero que hagas más cosas.
Quiero que me abras más espacio. Quiero que vivas desde dentro. Quiero que tu
corazón sea mío”. Que al menos en este momento de silencio celebrativo nos
permita escuchar esa voz que no acusa, sino que llama. Esa voz que no exige,
sino que transforma. Esa voz que no pesa, sino que libera.
1 de febrero de 2026
Comentario: Mateo 5,1‑12 (Las Bienaventuranzas) IV domingo del T.O.
Mateo en las Bienaventuranzas presenta a Jesús como el nuevo Moisés: Moisés subió al monte para recibir la Ley y Jesús sube al monte para dar la nueva Ley, la plenitud de la antigua: El Sermón del Monte o las Bienaventuranzas, son el corazón del Evangelio de Mateo y las Bienaventuranzas son su puerta de entrada. No se trata de mandatos, sino declaraciones de felicidad: Jesús proclama quiénes son los verdaderamente bendecidos según Dios, aunque el mundo piense lo contrario.
“Bienaventurados los pobres de espíritu,
porque de ellos es el Reino de los cielos”: no solo habla la pobreza material,
sino de humildad radical. El pobre de espíritu reconoce que necesita a Dios. El
Reino pertenece a quienes no se bastan a sí mismos.
“Bienaventurados los que lloran, porque serán
consolados”: Jesús habla de quienes sufren injusticias, pérdidas, dolores
profundos. Dios no es indiferente: promete consuelo, no superficial, sino definitivo.
“Bienaventurados los mansos, porque heredarán
la tierra”: La mansedumbre no es debilidad, sino fuerza controlada, humildad
activa. El manso no responde con violencia, sino con paz. Dios promete que la
verdadera herencia no es para los agresivos, sino para los pacíficos.
“Bienaventurados los que tienen hambre y sed
de justicia, porque serán saciados”: No es justicia legal, sino justicia de
Dios: que su voluntad se cumpla. Son felices quienes desean un mundo más justo,
quienes no se conforman con la mediocridad moral.
“Bienaventurados los misericordiosos, porque
alcanzarán misericordia”: La misericordia es el corazón del Evangelio. Quien
perdona, quien se compadece, quien ayuda al necesitado, recibe de Dios lo que
da.
“Bienaventurados los limpios de corazón,
porque ellos verán a Dios”: La pureza de corazón es coherencia interior,
rectitud de intención. No es puritanismo, sino transparencia. Ver a Dios
significa experimentar su presencia.
“Bienaventurados
los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios”: No es “ser
pacíficos”, sino constructores de paz. Implica reconciliar, unir, dialogar,
sanar heridas. Se parecen al Padre, por eso son llamados “hijos”.
“Bienaventurados los perseguidos por causa de
la justicia, porque de ellos es el Reino”: La fidelidad al Evangelio trae
oposición. Jesús declara felices a quienes sufren por hacer el bien. El Reino
es su recompensa.


