26 de febrero de 2017

PREPARÁNDONOS PARA VIVIR LA CUARESMA

 

 En la mentalidad común la cuaresma es considerada como el clásico tiempo penitencial, pero esta característica no es prioritaria y menos exclusiva. La Cuaresma no es por tanto un tiempo cerrado en sí mismo, o un tiempo "fuerte" o importante en sí mismo, sino que depende esencialmente de la Pascua por éso es un tiempo de preparación para la Pascua. Se puede definir como camino hacia la Pascua”.  Es el tiempo de la salvación, porque estamos viviendo el misterio del Hijo de Dios que muere por nosotros sobre la Cruz. Cada uno de nosotros en estos días, tenemos ocasión especialmente propicia para crecer en una conciencia más profunda de nuestra participación en la gran obra de redención del mundo, emprendida por Cristo.
 
                Viviendo la cuaresma en su sentido más profundo vivimos la realidad de nuestro bautismo en el cual hemos muerto con Cristo y en él, y como consecuencia con él hemos resucitado a una nueva vida, hemos alcanzado verdaderamente la salvación. De este modo la cuaresma se convierte en un período de salvación, que desde los primeros tiempos se nutre abundantemente de la Palabra de Dios, del pan que viene de la boca de Dios, para reforzar nuestra fe como único medio capaz de introducirnos en la VIDA DIVINA.

            La gracia de tiempo litúrgico también nos hace muy presente, que la salvación de Dios es accesible a cada hombre y la potencia de la redención de Cristo puede abrazar a cada uno, pero se requiere la apertura del corazón, la disponibilidad para acoger el don del cielo, la respuesta decidida.

            El combate espiritual, que exige la cooperación activa con la gracia en orden a morir al hombre viejo y al propio pecado para dar paso a la realidad del hombre nuevo en Cristo. En otras palabras, la lucha por la santidad, exigencia que hemos recibido en el Bautismo. Es un gozo enorme ser conscientes de que esta realidad, está al alcance de todos y cada uno, desde los que solo participan en la misa dominical a los que participamos diariamente de la eucaristía. Con intensidades diversas, pero con un contenido fundamentalmente idéntico, todos bebemos, a través de la liturgia cuaresmal, que es una fuente que nos invita a la conversión bajo todos sus aspectos.

Esta es La vivencia del Misterio Pascual como culminación de esta historia santa: debemos "convertirnos" de la visión de un Dios común a todo ser humano, a la visión del “Dios vivo y verdadero” que se ha revelado plenamente en su único Hijo, Cristo Jesús y en su victoria pascual, presente en los sacramentos de su Iglesia: "Tanto amó Dios al mundo que le dio a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna"(Jn 3,16).

H. María J.


17 de febrero de 2017

VII domingo del T.O. - Ciclo A

          

            Yo, en cambio, os digo: Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os aborrecen y rezad por los que os persiguen y calumnian. Jesús proclama hoy un aspecto típico, característico de la fe cristiana, como es el amor a los enemigos. Es éste uno de los puntos más difíciles del mensaje del Evangelio, porque, en efecto, todos llevamos escrito en las fibras de nuestro ser el instinto de la defensa, que nos lleva a reaccionar vivamente delante de la injusticia de cualquier tipo que se nos puede hacer. A veces, los que queremos considerarnos cristianos, tratamos de acomodar de alguna manera la exigencia de Jesús, cuando, ante una realidad de ofensa o de injusticia, afirmamos, creyendo ser verdaderamente generosos: Yo perdono, pero no olvido. Pero si somos sinceros con nosotros mismos, hemos de reconocer que esta actitud no va de acuerdo con lo que dice Jesús, que  invita a hacer el bien e incluso a orar por quienes nos hacen sufrir. Jesús no sólo nos lo ha enseñado con sus palabras, sino sobre todo con su ejemplo: clavado en la cruz, decía al Padre: “Perdónalos, que no saben lo que hacen”.

            La reacción violenta, expresada por el odio y la venganza, ante una ofensa recibida, aparece en la historia del hombre desde sus comienzos. Para poner un cierto freno a la venganza incontrolada, aparece ya en la antiguedad una ley, la ley del talión, universal en el mundo de entonces y recogida en casi todas las legislaciones de aquel tiempo, que la misma Biblia expresa con la frase famosa: “Ojo por ojo, diente por diente”. Una ley dura, si se quiere, pero que intentaba moderar la crueldad innata en el hombre.

            La primera lectura de hoy, sacada del libro del Levítico, que recoge la legislación más antigua  de Israel, propone con toda claridad el precepto del amor al hermano, es decir a todos los miembros del pueblo de Israel. Este precepto intentaba educar al hombre de cara a las ofensas que la vida pueda ofrecer. La tendencia humana a la rebaja, en la tradición rabínica, completó el precepto divino con un complemento humano: amarás al prójimo y aborrecerás al enemigo.

            Ante esta situación, que podemos decir de sentido común, Jesús proclama solemnemente: “Yo, en cambio, os digo”. Y razona de manera irrefutable: “Si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? Si saludáis sólo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? Los paganos, los que no creen en Dios, hacen ya ésto”. En cambio, nosotros, si de veras queremos seguir a Jesús, hemos de ser diferentes. Y la razón es, sencillamente, porque estamos llamados a ser hijos de Padre que está en el cielo, que hace salir su sol y manda su lluvia, a todos, buenos y malos. Hemos de ser perfectos como nuestro Padre es perfecto.

San Pablo, en la segunda lectura, abundando en el mismo sentido, afirma que, por el hecho de haber sido bautizados, somos templo de Dios, que el Espíritu de Dios vive, actúa en nosotros. Destruir o profanar un templo, morada de la divinidad, se ha considerado siempre un delito enorme. Si acogemos en nuestro corazón el odio, el aborrecimiento, el desprecio, o incluso la indiferencia hacia aquellas personas que nos han ofendido, maltratado, calumniado, ponemos en entredicho nuestra condición de hijos de Dios, expulsamos de nosotros el Espíritu de Dios, profanamos su templo, que somos nosotros.


Es dura esta doctrina, dijeron una vez los judíos, al escuchar a Jesús. Quizá también en nosotros apunta un razonamiento semejante. Es dura ciertamente la invitación a amar a quien nos ha ofendido, pero Jesús nos ha dejado, en primer lugar, su ejemplo y nos da en sus sacramentos la fuerza necesaria para imitarle y para enseñar a aquellos que no creen la fuerza del Evangelio. Mirad como aman, se decía de los primeros cristianos, cuando eran perseguidos y maltratados. Ojalá en un mundo en el que no falta la injusticia y el odio pueda decirse lo mismo de nosotros, que pretendemos ser cristianos: que sabemos amar como Jesús nos enseñó. 

11 de febrero de 2017


          “Si quieres, guardarás sus mandatos, porque es prudencia cumplir su voluntad”. La palabra "precepto o mandamiento" suscita en los hombres y mujeres de hoy, conscientes de la libertad que le es propia, una reacción no siempre positiva. Ser libres, no estar esclavizados ni dominados, es el gran anhelo que ha animado siempre a la humanidad pero que hoy se siente con una fuerza inusitada. Este deseo de libertad, aunque pueda parecerlo, no es fruto de determinadas ideologías o revoluciones. El hombre lo lleva inscrito en el corazón. En la Escritura, en el libro del Eclesiástico, del que ha sido escogida la primera lectura que hemos escuchado, se nos dice que Dios hizo al hombre desde el principio y le dejó en manos de su albedrío. Si somos libres es porqué Dios nos ha hecho libres, porque en su amor nos ha dado el gran don de la libertad.

            Somos libres, pero no somos dioses. Somos libres, pero no podemos erigir en ley a nuestro capricho, no podemos pretender establecer el orden del universo, de los acontecimientos o de los hombres según nuestro antojo. El universo presenta un orden que se desenvuelve según leyes y normas, y nosotros cristianos, confesamos que todo tiene a Dios por principio y que todo tiende a él. Y esta realidad coexiste con nuestra libertad. Por ésto la primera lectura ha dicho: “Ante ti están puestos fuego y agua, echa mano a lo que quieras; delante del hombre están muerte y vida, le darán lo que él escoja”. O se quiere, con palabras más simples en la vida todo tiene un precio y nuestra libertad tiene que hacer las cuentas: para alcanzar lo que deseamos hay que pagar un precio, nos guste o no. La libertad exige responsabilidad, la libertad vivida con ligereza y despreocupación lleva al desastre.

           La prudencia que recomienda el Eclesiástico, se convierte, en boca de san Pablo en sabiduría. El apóstol recalca que se trata de una sabiduría que no es de este mundo, divina, misteriosa, escondida y predestinada por Dios para nuestra gloria, que Dios mismo nos ha revelado por medio del Espíritu. Es a la luz de esta sabiduría que Jesús ofrece, que hemos de profundizar la página del Evangelio que se proclama hoy. Jesús  recuerda que existen unos mandamientos dados por Dios a los hombres, desde el tiempo de Moisés, en el Sínai, de los cuales ha enumerado tres: No matarás; no cometerás adulterio; no jurarás en falso.

              Dios, al dar estos mandamientos señala simplemente el límite último más allá del cual existen sólo el caos, la confusión, la injusticia. Los preceptos de Dios, si se observan con inteligencia, aseguran que la sociedad de los hombres sea humana, que no se convierta en una selva en la que vige la ley del más fuerte, en la que los débiles sucumben ante el ímpetu egoísta y cruel de los poderosos.

        A veces causa no gusta el modo negativo de formular los mandamientos. Pero si consideramos atentamente estos preceptos negativos veremos que las cosas no están precisamente así. Baste este ejemplo: “No matarás”. Con el precepto se nos dice que hay que evitar todo lo que de alguna manera pueda atentar contra la vida de nuestros semejantes, sea directamente, privando del derecho de vivir, sea indirectamente, creando condiciones que ponen en peligro la vida de los demás. Pero hay más. No matar exige dejar vivir, crear condiciones que los demás puedan no sólo respirar, sino gozar de la vida, crecer, desarrollarse, llegar a su plenitud humana y espiritual.


            De ahí la importancia de la recomendación de los dos primeras lecturas. Tratemos de adquirir aquella prudencia y sabiduría que Dios nos ofrece para asumir sus preceptos, y, sin quedarnos en la letra muerta de los mismos, esforcémonos para vivir con intensidad nuestra vocación cristiana y trabajemos para que el Reino de Dios sea una realidad en la ciudad de los hombres.


ORACIÓN
Tú conoces mejor que nadie mi
debilidad y mi pequeñez,
pero también conoces cuánto
quiero responder a tu amor.
Te pido que, así como viniste a
Perfeccionar la Ley judía,
perfecciones la sinceridad, la humildad,
la entrega y la pureza de mi corazón.
Te pido que donde esté yo 
otros puedan verte a ti.
Que donde esté yo 
otros puedan verte en mí.
Quiero ser transparencia de tu amor. 
Hazme fuente de tus aguas, Señor.
Hazme cauce de tu vida para todos.
Donde esté yo
que puedan verte en mí.
Amén

3 de febrero de 2017

V DOMINGO T.O Ciclo A


Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente. Hoy, continuando la lectura del sermón de la montaña, Jesús invita a considerar la importancia que está reservada a sus discípulos: ser sal de la tierra, luz del mundo, ciudad construída sobre una montaña. Tres imágenes fáciles de entender, que subrayan a la vez la esencia misma de la condición del discípulo y la proyección social que se espera de ellos.
            La sal, este elemento natural que se usa cada día para dar sabor a los alimentos, no puede dejar de salar pues siempre permanece fiel a su naturaleza; de lo contrario dejaría de ser lo que es. Pero además la sal ha de ser usada en justas proporciones, de lo contrario los alimentos no pueden comerse o se comen a disgusto. El sabor de la sal ha de notarse cuando comemos el plato preparado, pero la cosa no va si notamos no sólo el sabor sino la misma sal, porque no se ha deshecho.

            Algo parecido ha de decirse de la imagen de la luz. No encendemos una lámpara para taparla, impidiendo que su luz irradie.  Cuando un foco de luz luce, ilumina toda la realidad circunstante; ésta mantiene sus rasgos propios, y mantiene una relación estrecha con la fuente luminosa, sin confundirse con ella. Una relidad iluminada es diferente de una realidad sumida en la oscuridad. La intensidad de la luz no cambia la naturaleza íntima de las cosas que ilumina pero las hace ver de otra manera, permitiendo ver aspectos que antes pasaban desapercibidos.

            Así el cristiano, para ser cristiano de veras, ha de corresponder y ser fiel a la llamada recibida de Dios y decidirse, sin cálculos o restricciones, a seguir a Jesús. Pero al mismo tiempo no debe ni puede distanciarse de la realidad en la que vive antes bien, ha de esforzarse por transformarla, ha de contribuir para que la realidad que lo circunda sea a su vez transformada por la novedad que entraña el Evangelio.

            “No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte”. Al hablar de esta ciudad, Jesús sin duda alguna evoca antiguas profecías que contemplaban a Sión, es decir la ciudad de Jerusalén, como el lugar dónde debía manifestarse la luz divina, para atraer a todos los pueblos de la tierra para participar de la salvación ofrecida por Dios. Los privilegios que el Antiguo Testamento atribuían a la ciudad santa, Jesús los reconoce precisamente como propios de la comunidad de sus discípulos, es decir de la Iglesia.

            Dar un sabor nuevo al mundo, disipar las tinieblas que ofuscan el corazón de los hombres, ser un signo que atraiga a los alejados, son actitudes que suponen un comportamiento activo, decidido y valiente. Jesús mismo resume este modo de hacer con la expresión «que vean vuestras buenas obras», las cuales han de ser percibidas por los demás, de tal manera que puedan dar «gloria a vuestro Padre que está en los cielos». No se trata de "buenas obras" en un sentido restrictivo, como podrían ser determinadas observancias religiosas, sino un cierto modo de vivir nuevo que exprese con toda la fuerza posible la realidad que supone creer en Dios y en Jesús.

            La primera lectura propone un ejemplo muy claro de este modo nuevo de actuar. El profeta, contemplando como sus contempráneos se preocupaban de las prácticas religiosas, ignorando el respeto y el amor al prójimo, no duda en gritar: “Cuando destierres de ti la opresión, el gesto amenazador y la maledicencia, cuando partas tu pan con el hambriento, y sacies el estómago del indigente, cuando acoges a los pobres sin techo, vistes al desnudo y no te cierres a tus hermanos, entonces y sólo entonces romperá tu luz como la aurora, brillará tu luz en las tinieblas, tu oscuridad se volverá mediodía, te abrirá camino la justicia”.

            Quizá nos asalte el temor de que tal misión supera nuestras posibilidades. San Pablo, en la segunda lectura, al hablar de su ministerio, no duda en afirmar: “Me presenté a vosotros débil y temeroso”. Sólo cuando tenemos conciencia de nuestros límites podrá manifestarse el poder del Espíritu, que solo espera nuestra