30 de diciembre de 2016

SANTA MARÍA MADRE DE DIOS


           “El Señor te bendiga y te proteja, ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor el Señor se fije en ti y te conceda la paz”. La costumbre quiere que, al inicio del nuevo año nos felicitemos mútuamente, deseándonos que nos sea propicio el año que empieza. También la liturgia quiere de alguna manera seguir esta costumbre y por esta razón se lle hoy un fragmento del libro de los Números que recuerda la solemne bendición que los sacerdotes de Israel, por encargo de Dios, pronunciaban sobre el pueblo. Bendecir significa invocar el nombre de Dios sobre el pueblo para su bien. La bendición del Señor nos recuerda cual ha sido, es y será la actitud de Dios para con nosotros: El Señor fija su mirada sobre nosotros, nos mira complacido, nos promete su protección, su favor, su paz. Dios quiera que podamos vivir este año que empieza con el convencimiento que Él nos ama y que quiere acompañarnos con su favor para colaborar en la edificación de un mundo en el que triunfen la justicia, el derecho, la libertad y la paz.

        Dios ha bendecido al hombre desde la creación y esta bendición constante ha encontrado su plenitud en la gran manifestación de amor y paz que ha sido la encarnación del Hijo de Dios. En la segunda lectura el Apóstol Pablo ha insistido en que Jesús, la Palabra hecha carne, ha asumido toda la realidad de la naturaleza humana precisamente para traer a los hombres la liberación de la ley del pecado y de la muerte, y, comunicándonos su Espíritu, dándonos la posibilidad de llamarnos y ser verdaderamente hijos de Dios y herederos de la vida eterna. Por esto podemos dirigirnos a Dios, sin temor, invocándole como Padre.

            San Pablo, al evocar el nacimiento de Jesús, ha recordado discretamente a la mujer de la que quiso nacer el Hijo de Dios, a la que con pleno derecho llamamos la Madre de Dios, Santa María Virgen. Es precisamente junto a María que los pastores de los que habla el Evangelio han encontrado al recién nacido del que les había hablado el ángel en la noche de Navidad. María, que al anuncio del ángel, abriéndose completamente a la acción del Espíritu concibió al Verbo, que en su día fue llamada por su prima santa Isabel "dichosa, porque había creído en la Palabra del Señor", la vemos hoy en actitud contemplativa, meditando en su corazón el misterio que estaba viviendo.

La maternidad de María, como enseña la tradición de la Iglesia,  es ciertamente un don divino, pero al mismo tiempo es una aventura hecha de fe y de amor, una aventura que ha conocido momentos de gran alegría, pero que no ha evitado la turbación, la dificultad, el no entender siempre las palabras o las acciones de su Hijo, el dolor finalmente que supuso estar al pie de la Cruz en el momento de la oblación suprema de Jesús. Pero en toda esta aventura resuena siempre el "fiat", el "hágase en mi" del momento de la anunciación. María nos invita a ser como ella fieles a la Palabra recibida y a no hacernos atrás en los momentos de dificultad, de obscuridad, de cruz.

            Los pastores que, después de haber recibido el anuncio del ángel, se apresuraron a constatar personalmente lo que se les había dicho acerca del Salvador, del Mesías, que viene a traer la paz a los hombres que ama el Señor, pero hallaron únicamente un signo, pobre, humilde, un niño envuelto en pañales. No obstante, aceptan el signo en la fe, y cuentan lo que se les había dicho de aquel niño, dando gloria y alabanza por todo lo que habían visto y oído.

            También nosotros, cristianos del siglo XXI, hemos visto el signo de nuestra celebración, hemos oído la Palabra de Dios. Indudablemente este signo es poca cosa si lo comparamos con todos los deseos y aspiraciones que alberga nuestro corazón. Imitemos a María, meditando en nuestro corazón las obras de Dios, imitemos a los pastores, volviendo a nuestras casas, aceptando en la fe cuanto se nos ha dicho, alabando y dando gracias a Dios, convencidos que, con su bendición, nos acompañará durante este año que hoy empieza.



25 de diciembre de 2016

FELIZ NAVIDAD

     
          “En el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. Y la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros y hemos contemplado su gloria, gloria propia del Hijo único del Padre”. San Juan, en el prólogo de su evangelio, lleva a su lector al principio, antes del comienzo de los tiempos, para decir que la Palabra ha existido siempre, que Palabra está junto a Dios, porqué es Dios. Desde estas alturas inalcanzables, Juan baja a un nivel más asequible, cuando afirma que aquella Palabra se ha abajado, se hizo carne, o mejor se hizo hombre como nosotros. Y utilizando una imagen muy gráfica para gente que vivía en el desierto o en la estepa, que acompañaba a sus ganados en la búsqueda de pastos, pero que dice bien poco a los hombres de la era espacial: acampó entre nosotros, plantó su tienda entre nosotros.
            Indudablemente estamos en el ámbito de la fe. Creer es fiarse de quien nos habla, es asumir lo que se nos propone aunque no se acabe de ver claro. Si se viese claro ya no sería fe. Hemos de creer pues lo que nos dice Juan y entender que sus palabras no intentan trasladarnos a un mundo ajeno a la realidad en la que vivimos. Juan intenta explicarnos la aventura de esa Palabra que estaba junto a Dios, porque era Dios, y que por medio de ella se hizo todo lo que existe, porque en ella había vida y la vida era luz para los hombres. Con otras palabras, la realidad que llamamos universo depende de esa Palabra, pues ella fue que la creó, la iluminó, le dio vida.

            A continuación recalca la relación que existe entre esta Palabra y los hombres a los cuales iba dirigida: “Al mundo vino y en el mundo estaba y el mundo no la conoció. Vino a su casa y los suyos no la recibieron”. Juan quiere decir que Israel, aunque esperaba al Mesías, cuando llegó no lo recibió. Y no lo recibió porque le faltaba una actitud de humilde apertura. El Mesías que se les presentó no encajaba en el proyecto que se habían hecho, no respondía a lo que ellos querían. Y vino el rechazo. Lo que se dio en Israel entonces, ha continuado dándose en los siglos siguientes. Aún hoy, son legión en el mundo los que o no han oído hablar de la Palabra, o no han querido acogerla, o la han combatido, o, simplemente, quieren ignorarla, porque sus exigencias son incómodas. Estamos ante el problema siempre actual de la fe y de la incredulidad, de la aceptación y del rechazo.

            Pero Juan deja abierta la posibilidad de que algunos, que de hecho han sido muchos a lo largo de los siglos, hayan recibido esta Palabra, se hayan abierto a ella, y así hayan recibido el poder de ser hijos de Dios, en la medida en que creen en su nombre. Estas reflexiones del evangelista invitan a plantearnos la realidad de nuestra fe cristiana. Creer en Jesús no quiere decir simplemente repetir con los labios el símbolo de la fe. Creer en la Palabra significa abrir nuestro corazón al mensaje que ofrece, dejar nuestros planteamientos egoístas y ambiciosos para acoger la ley del amor que es, en resumen, el contenido fundamental del evangelio de Jesús.


            Si la Palabra ha acampado entre nosotros, si Dios ha querido hacerse hombre es para enseñarnos a valorar lo que significa ser hombre, lo que representa cada hombre y cada mujer de cualquier raza, lengua, pueblo, cultura o mentalidad. La Navidad que celebramos nos haga más sensibles a los hermanos que tenemos al lado. Es con nuestro amor, con nuestra dedicación al prójimo que llevaremos a cabo la labor evangelizadora que Jesús ha venido a iniciar en este mundo. Queda mucho por hacer, pero si todos nos apuntamos con decisión y entusiasmo, Jesús continuará haciendo maravillas.

24 de diciembre de 2016

NOCHE SANTA -Ciclo A-


             “No temáis, os traigo una buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo: hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor”. Estas palabras que el evangelista san Lucas pone en boca del ángel que se dirige a los pastores recuerdan los antiguos y solemnes oráculos que aparecen en la Biblia, sobre todo en el Antiguo Testamento. Ante todo la invitación a no temer. Entre los antiguos, la presencia, la cercanía de la divinidad suscitaba temor. Nuestro Dios no es así. Cuando Dios se acerca a los hombres no es para su mal, sino para su bien. Dios viene para salvar y no queda lugar para el temor, la duda o la zozobra.

          El objeto del mensaje es la noticia de que ha nacido un niño. En efecto cada nacimiento de un niño es una noticia buena porque supone que inicia una nueva vida. Pero el pueblo escogido se esperaba un nacimiento que sería el nacimiento por excelencia. Isaías lo ha dicho en la primera lectura. El profeta habla del nacimiento de un niño, llamado a sentarse en el trono de David, para ser principe de paz, para consolidar la justicia y el derecho. Este nacimiento es comparado a una luz que disipa las tinieblas, que abre horizontes, que causa alegría. Las palabras del ángel están en perfecta consonancia con la antigua promesa de Isaías.

       Pero el ángel precisa: “Ha nacido el Salvador, el Mesías, el Señor”. Seguramente aquellos pobres pastores oyeron el mensaje, comprendieron que se les invitaba a la alegría, pero sin llegar a profundizar el sentido de lo que se les anunciaba. A lo largo de la Escritura aparecen a menudo los términos: Salvador, Mesías y Señor. Pero su auténtico sentido, su dimensión teológica propia la adquirirán únicamente después de otra noche, la noche en que este niño que ahora nace, romperá las tinieblas de la muerte e inaugurará una nueva vida con su resurrección. Lucas pone en boca del ángel en la noche de navidad lo que será el credo de la Iglesia desde sus primeros momentos: Creemos que Jesús ha venido al mundo para ser Salvador, para llevar a término todo cuanto la Escritura prometía para el Ungido, el Mesías, para ser el Señor vencedor de la muerte y del pecado.

         Aunque los pastores no pudieron entender en todo su sentido esta lección de teología, algo muy concreto asumieron y aceptaron el signo pobre y humilde que les da el ángel, que es ver en un recién nacido, envuelto en pañales la prueba de que Dios se había acordado de ellos. Un signo pobre y humilde cierto, pero que les lleva a una fe inicial, que no les deja quietos sino que les impulsa a moverse, a acercarse a Belén para terminar dando gloria y alabanza a Dios por todo lo que habían visto y oído.

       También para nosotros en esta noche brilla una luz: como ha dicho san Pablo en la segunda lectura, ha aparecido la gracia de Dios que trae la salvación para todos los hombres. Recordemos su navidad en la humildad y pobreza, de modo que nos permita esperar su aparición gloriosa al final de nuestra existencia, para entrar con él en su reino de luz y de paz. Como a los pastores, no basta escuchar el mensaje, la buena noticia: hemos de ponernos en movimiento como ellos, empezando un nuevo modo de vivir. Como nos decía san Pablo, conviene renunciar a una vida sin amor, gastada en deseos mundanos, para empezar a llevar una vida sobria, honrada y religiosa, para ser el pueblo dedicado a las buenas obras, que Jesús ha obtenido con su entrega total a la voluntad del Padre.


16 de diciembre de 2016

IV DOMINGO DE ADVIENTO - Ciclo A


              “Pablo, siervo de Cristo Jesús, llamado a ser apóstol, escogido para anunciar el evangelio de Dios”. Con estos términos el apóstol san Pablo escribió a los cristianos de Roma, preparando su visita a aquella ciudad. Fariseo, hijo de fariseos, es decir, perteneciente al grupo más observante de la religión judía, se opuso enérgicamente a la primera predicación de los seguidores de Jesús y al mensaje que proponían. Pero, como él mismo recuerda, Dios le salió al encuentro y de perseguidor de Jesús se convirtió en su apóstol decidido, hasta llegar a entregar incluso su propia vida. Desde aquel momento, para Pablo lo único importante es la figura de Jesús, nacido, según la carne, de la estirpe de David, y constituído, según el Espíritu Santo, Hijo de Dios, por su resurrección de la muerte. Y esta es la buena nueva, el evangelio que predicó infatigablemente y que llega aún hoy a todos los hombres de todos los tiempos, de todos los países.

            Este mensaje de Pablo abre la liturgia de este cuarto domingo de adviento, como preparación inmediata a la solemnidad de la Navidad del Señor. La celebración de Navidad fue instituída para que los cristianos tuviésemos siempre presente lo que significa que Dios se haya hecho hombre y haya asumido la realidad de nuestra carne,  excepto en el pecado. Pero cuando se entiende esta realidad hasta el fondo, no puede aceptarse sin producir un cambio en nuestra propia existencia. En efecto, aterra pensar que este Dios quiso nacer como nosotros hemos nacido, porque, se quiera o no, todo nacimiento supone muerte. Asusta admitir que Dios nazca y muera, como nosotros nacemos y morimos. Quien acepta que Dios ha nacido y ha muerto, y que lo ha hecho para salvarnos, no puede seguir viviendo guiándose sólo por su egoísmo, por su ambición, por su sensualidad. Quien acepta la Navidad en su sentido profundo debe iniciar una vida nueva, con todas las consecuencias que esto entraña.

            Esto explica que, sin darnos cuenta o queriéndolo a sabiendas, hemos ido transformando el contenido fundamental de la Navidad cristiana, convirtiéndola en una fiesta pagana de luces de vivos colores, olvidando a los que viven en tinieblas de muerte; de regalos y dones para los que ya tienen de todo, sin pensar en aquellos a los que les falta lo más esencial para la vida; disfrutando en banquetes y comilonas, sin acordarse de los que cada día mueren de hambre en algún rincón del planeta; gozando con familiares y amigos, ignorando a los millones de emigrantes, prófugos y refugiados, que malviven sin esperanza, por culpa de los que se consideran garantes del orden y de la justicia del mundo en que vivimos. Por esto, si queremos celebrar la Navidad como cristianos, hemos de abrir el corazón para entender el mensaje del apóstol y tomarnos en serio a Jesús, Salvador del mundo, y asumir en plenitud el don y la misión de vivir la realidad de la fe, no reduciéndola a palabras vacías, a gestos de pura fórmula, sino siguiendo la pauta que Jesús nos enseñó con sus palabras, y sobre todo con su vida, fiel a Dios hasta la muerte de cruz.

            Pero el Apóstol recalca también cómo Jesús no llega de modo inesperado sino que es el término de una historia de salvación hecha de sufrimiento, caídas y levantamientos, que trataba de hacer comprender con insistencia el amor que Dios tiene hacia los hombres, hasta llegar al gesto de la aparición de su Hijo, nacido, según la carne, de la estirpe de David. La primera lectura de hoy recordaba una antigua profecía en la que estaban en juego un niño prometido y esperado, junto a la doncella que fue su madre. Este texto de Isaías sirve a Mateo en el evangelio para recordar detalles del nacimiento de Jesús, el que salvará a su pueblo de sus pecados, el Hijo de María, la virgen de Nazaret.


            Pero las intervenciones de Dios en la historia de los hombres no son fáciles de entender y de asumir. Mateo propone el ejemplo de José, el prometido esposo de María, -hombre justo, lo llama-, y las dudas y zozobras que experimentó ante el embarazo de María. Como José, dejando de lado nuestros criterios, aceptemos el plan de Dios, disponiéndonos a colaborar generosamente con Jesús, para la salvación del mundo.




9 de diciembre de 2016

III Domingo de Adviento Ciclo A


“¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?”. Con esta pregunta Juan el Bautista expresa su perplejidad ante el modo como Jesús está llevando a cabo su misión. El Precursor, en efecto, desde que comenzó a predicar su bautismo de penitencia, urgía a la conversión porque el juicio estaba a las puertas. El domingo pasado nos decía que no era posible escapar de la ira inminente, ya que estaba por llegar aquel que bautizaría no con agua, sino con fuego y Espíritu. Pero en lugar de encontrarse con el que tiene el bieldo en la mano para aventar su parva y quemar la paja en una hoguera después de haber recogido el trigo, - son palabras del Bautista -, tenía delante la figura de Jesús, un hombre que anunciaba el perdón, la reconciliación y la paz, que buscaba a los descarriados, que acogía a pecadores, que se entretenía a curar a los enfermos, a consolar a los pobres.

            “¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?”. Quizás estas palabras, más que una duda planteada en el espíritu del Bautista, expresan la sopresa de quien ha creído sinceramente en la llamada de Dios, que se ha puesto a escuchar con fidelidad la Palabra de la Escritura, pero que al constatar que los acontecimientos siguen una ruta diferente de la imaginada, trata de buscar la confirmación de que su esperanza no quedará defraudada. Esta experiencia de Juan es un ejemplo más de las paradojas de las intervenciones de Dios en la historia humana. Juan esperaba la aplicación severa de la justicia y he aquí el amor. Esperaba la destrucción del pecado y llega el perdón de los pecadores.

            Para responder a Juan, Jesús describe su misión diciendo: “Id a anunciar a Juan lo que veis: los ciegos ven y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios y los sordos oyen; los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia la buena noticia”. Lo que Jesús enumera es la constatación de que habían llegado los tiempos mesiánicos anunciados por los profetas, como hemos escuchado en la primera lectura de hoy, del libro del profeta Isaías. De esta forma, Jesús dice a Juan, y en él a todos nosotros, que hay que leer la Biblia entera, evitando seleccionar los pasajes que mejor se nos acomodan. Jesús quiere enseñar a Juan a abrir sus horizontes y a acomodarse a la voluntad salvífica de Dios. El juicio tendrá lugar ciertamente y conviene prepararse, pero no esta programado para la primera venida sino en la segunda venida de Jesús.

            “¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?”. La respuesta de Jesús a Juan no es del todo aclaratoria. Los signos que Jesús realiza sólo serán comprendidos en su auténtica dimensión después de Pascua. De alguna manera la sombra de la cruz que acompaña a Jesús a lo largo de su ministerio, se extiende también sobre Juan, el cual ha de evitar que su perplejidad se convierta en tentación y la tentación en escándalo. Este peligro lo corría Juan, que no era una caña agitada por el viento, ni un hombre seducido por el lujo y la comodidad, sino un auténtico profeta que vivía en el desierto. Este peligro lo corremos constantemente nosotros. Es posible que nos venga espontaneamente la cuestión: ¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro? Es posible que alguna vez el mensaje del Evangelio o actuaciones de la historia de la Iglesia nos planteen auténticos problemas de coherencia y fidelidad, que nos lleven a decirnos: ¿Vale la pena creer en Dios, en Jesús? ¿No existe la posibilidad de encontrar otro Mesías, que facilite el camino, que haga menos duro nuestro diario peregrinar en busca de la verdad, de la justicia y de la paz?


            Podría ser una respuesta a esta problemática lo que el apóstol Santiago afirma en la segunda lectura. Como Juan, ha recordado que el juez está a la puerta, que la venida del Señor no queda lejos. Pero al mismo tiempo recomienda paciencia: una paciencia que no significa ni desánimo ni resignación, sino que es fuerza moral que domina, sin ceder nunca, las reacciones instintivas suscitadas por la adversidad. Como el agricultor que ha hecho cuanto podía por sus tierras y después aguarda paciente la llegada de la cosecha, vivamos así esperando con paciencia la venida del Señor cumpliendo nuestro deber, reprimiendo cualquier flexión en la fidelidad.

7 de diciembre de 2016

SOLEMNIDAD DE LA INMACULADA CONCEPCIÓN

          

         “Oh Dios, por la Concepción Inmaculada de la Virgen María preparaste a tu Hijo una digna morada y, en previsión de la muerte de este mismo Hijo preservaste a María de todo pecado”. La colecta que inicia la celebración de esta solemnidad alude claramente al designio de Dios que, en su voluntad de salvar a la humanidad, quiso enviar a su Hijo para que se hiciese hombre entre los hombres. Pero dado que todo hombre nace naturalmente de mujer, puso especial interés en preparar a la mujer destinada a ser madre de su hijo. La encarnación del Hijo de Dios y el papel de María en este misterio son los dos aspectos que esta celebración propone a nuestra consideración.

            La primera lectura ha recordado cómo Dios llamó a la vida a Adán, el primer hombre, y que el hombre no supo o no quiso responder a la llamada divina. El diálogo de Dios con Adán y Eva en el paraíso después de la transgresión, permite comprender la triste condición en la que el hombre vino a encontrarse por su desobediencia. El autor del libro del Génesis describe al hombre como escondiéndose de Dios, consciente de su desnudez, por haber perdido la comunión vital que lo ligaba a Dios. Pero con su falta perdió también la comunión que le ligaba a su misma compañera. Al serle reprochada su desobediencia el hombre, incapaz de asumir la responsabilidad de su acto, descarga el peso de lo acaecido en la mujer. Y ésta, para no ser menos, acusa a la serpiente. Triste conclusión para aquellos a los que la serpiente prometía ser como dioses. Pero Dios no deja a la humanidad sumida en el pecado que conduce a la muerte: esta página ya deja entrever al nuevo Adán, nacido de la estirpe de la mujer, que con su fidelidad reanudará la relación de la familia humana con Dios, venciendo así al pecado y a la muerte.

            El evangelio ha evocado el momento preciso en que el Hijo de Dios, la Palabra del Padre, se prepara para entrar en el mundo. Dios, que de infinitas maneras muestra su respeto por la persona humana, antes de asumir nuestra carne en el seno de la mujer que se ha escogido, pide con sencillez su consentimiento. María, escogida por Dios, ha recibido el favor divino con la plenitud con que puede acogerlo una criatura, y está preparada para la misión a que se le ha destinado: pero antes se le pide su consentimiento. Dios no fuerza. Ella colabora con generosidad: «Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra». María, por gracia de Dios fue concebida sin pecado y, generosa en su disponibilidad total, puede acoger a la Palabra hecha carne y asegurar así la salvación de toda la familia de los hombres.

            El relato de Lucas queda completado con la exposición que en la segunda lectura ha hecho el apóstol Pablo. Desde antes de la creación del mundo, Dios ha escogido, en la persona de Jesús, a todos los hombres para que fuesen sus hijos, santos e irreprochables ante él por el amor, para participar de su misma vida divina. Este designio de Dios sin embargo no priva al hombre de la prerrogativa de su libertad. Lo que Dios ofrece al hombre queda siempre supeditado de alguna manera a que éste lo acepte libremente. Así Dios al comienzo de la obra de redención quiso contar con la colaboración de la estirpe humana, representada en la figura de María, escogida por Dios para ser Madre de su Hijo unigénito.

            Al celebrar con gozo la obra que Dios ha realizado en la humilde Virgen de Nazaret desde su Concepción Inmaculada hasta el momento de su aceptación de la divina maternidad, conviene entender en toda su dimensión esta obra de Dios. Junto con María, inicio e imagen de la Iglesia, también hemos sido escogidos por Dios para tener parte en su proyecto de salvación y se nos ha dado todo cuanto necesitamos para aceptar esta llamada. Toca a nosotros saber responder con la misma prontitud y generosidad de María a la elección de Dios para ser santos e irreprochables ante él en el amor, para alabanza de su gloria.

2 de diciembre de 2016

II DOMINGO DE ADVIENTO -Ciclo A

       
           “Juan Bautista se presentó en el desierto de Judea, predicando: Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos”. Hoy, el evangelio evoca la figura de Juan, el Bautista, el Precursor del Señor, que inició su ministerio profético, en el desierto de Judea, poco antes de que comenzara su actividad el mismo Jesús. La tradición bíblica ha visto en Juan el cumplimiento de un antiguo oráculo del libro del profeta Isaías, que rezaba: “Una voz grita en el desierto, preparad el camino del Señor, allanad sus senderos”. La misión de Juan es invitar a todos a desbloquear caminos, a eliminar obstáculos para que sea posible acercarse al Señor que viene para salvar.

Los que acogen la palabra de Juan, confiesan sus pecados, es decir reconocen que su modo de actuar se opone al Dios que les había llamado a vivir en la Alianza y aceptan iniciar un cambio. En signo de esta conciencia reencontrada, reciben el bautismo de agua en el Jordán. Este humilde signo de conversión, tal como lo presenta Mateo, no perdona los pecados. El perdón queda reservado a Aquél que vendrá después del Bautista, que traerá un bautismo en Espíritu Santo y fuego, que comportará a la vez juicio y purificación, signo característico de los tiempos mesiánicos. La inminencia de este juicio ayuda a entender las invectivas de Juan contra fariseos y saduceos que se acercaban a recibir el bautismo sin una sincera voluntad de conversión. Ante el juicio divino pierden valor todas las formas de formalismo religioso. Más aún, ni tan solo la pertenencia al pueblo de Dios, ya sea al antiguo pueblo de Abrahán ya sea a la Iglesia, puede tener peso ante el juicio divino, si no va acompañada de frutos dignos de conversión.

El mensaje de Juan chocó con resistencias en aquel momento, e incluso hoy, cuando se repite en la liturgia del adviento, tampoco es acogido con la alegría y buena voluntad que serían de desear. Como entonces, también hoy, el hombre es casi insensible a la conversión y dificilmente cree en ella. Los que queremos creer en Jesús no podemos perder el sentido de la conversión, porque el Reino de los cielos que, según Juan está llegando, supone la intervención de la autoridad soberana de Dios, que quiere entrar de modo decisivo en la historia de los hombres y necesita corazones bien dispuestos para acogerlo. Por esto se nos reclama una verdadera y total renovación del espíritu que abarque todos los niveles de la vida humana, que allane senderos, rompa vínculos de cualquier esclavitud, revise actitudes y reavive en el corazón la sed de Dios.

Aquél que Juan anuncia y que bautizará en Espíritu Santo y fuego, lo ha descrito el vaticinio de Isaías de la primera lectura. El profeta presenta al Mesías futuro bajo los rasgos de un descendiente de David, el rey por excelencia, elegido por Dios, que poseerá la plenitud de los carismas del Espíritu de Dios, en cuanto verdadero Ungido del Señor. Llevará a cabo la tarea de hacer predominar la justicia, la equidad y la fidelidad, restableciendo el orden quebrantado por el pecado y los primeros en beneficiarse de este nuevo modo de actuar serán los pobres y los oprimidos. Esta actividad del Mesús debería conducir a un mundo renovado, en el que hombres y animales podrán convivir en paz y concordia.

San Pablo, en su carta a los Romanos, habla también de esta salvación que Jesús, el enviado de Dios, ha realizado en bien de todos los hombres, salvación iniciada pero que aún no ha llegado a su plenitud. Por esto el apóstol subraya el valor de la Escritura para los creyentes: estas páginas han sido escritas para enseñanza nuestra, dice, de modo que entre nuestra paciencia y el consuelo que nos dan las escrituras, mantengamos la esperanza. Mantener la esperanza. La vida lleva consigo un no conformarse con los límites del presente y por esto se tiende a un mañana que deseamos mejor, capaz de satisfacer todos los anhelos. El futuro ha de ser construído con paciencia y tesón, partiendo de la realidad presente. Conscientes de lo que somos y tenemos entre manos, hagamos un esfuerzo para convertirnos, para corregir lo defectuoso y mejorar lo positivo, para establecer con precisión el camino para llegar a la meta deseada, la salvación que Dios nos ofrece a manos llenas.