31 de diciembre de 2014

Solemnidad de Santa Maria, Madre de Dios

         
Santa María Madre de Dios
          El Señor te bendiga y te proteja, ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor. El Señor se fije en ti y te conceda la paz. Estas palabras del libro de los Números que han sido leídas en la primera lectura, y que constituían la fórmula de bendición que los sacerdotes de Israel impartían al pueblo en especiales circunstancias, sirven hoy para saludar a cuantos nos hemos reunido para celebrar la primera eucaristía del nuevo año 2015.

En el mundo en que vivimos todo pasa, corre, fluye. Se suceden a ritmo constante el amanecer y el ocaso, el día y la noche, la luz y las tinieblas, así como las sucesivas estaciones. Y arrastrado, aún a pesar suyo, por este fluir, el ser humano, para afirmar de alguna manera su presencia en el mundo, intenta medir este tiempo que pasa, que no es otra cosa que duración continuada de la existencia de las cosas. Y así se ha establecido la cuenta de días, semanas, meses, años y siglos. Nuestro calendario civil indica para hoy el comienzo de un nuevo año. Las normas para establecer el momento exacto en que ha de empezar un nuevo año son el resultado de convenciones humanas y de por sí no tienen nada vinculante. Pero si de común acuerdo empezamos a contar hoy un nuevo año, este período de tiempo que se extiende ante nosotros tiene su importancia. 

El nuevo año está lleno de deseos y esperanzas, pero comporta también incógnitas, temores e incertidumbres, en cuanto puede traer contratiempos o dificultades. Puede ser un año importante para nuestra vida, lleno de éxitos y sucesos, o o cargado de pruebas y sufrimientos. Y entra dentro de la posibiliad que éste año pueda ser el último del tiempo de que disponemos en los designios de Dios, antes de presentarnos ante él. Esta realidad reclama que recibamos este nuevo año con toda disponibilidad, entendiendo que es un don de Dios, don que a mucha gente quizá no se les ha deparado. Es una nueva oportunidad que se nos ofrece para hacer algo útil, para nosotros mismos, para los demás, para la sociedad, para el mundo, para Dios. 

Hoy, recordando que estamos en la octava de la Navidad del Señor, nos detenemos a considerar de una manera especial el papel de María en la encarnación del Hijo de Dios. San Pablo recordaba que Jesús ha nacido de una mujer, como todos nosotros y que el motivo de esta venida no es otro que el de hacernos hijos de Dios por adopción para comunicarnos su Espíritu, que nos enseña llamar Padre a Dios. Los pastores, los primeros que recibieron el anuncio del nacimiento de Jesús, se apresuraron a buscarle cerca de María, la madre que lo había engendrado, que es al mismo tiempo, la primera creyente, la que se ha abierto con total disponibilidad al designio salvador de Dios con la aceptación de su Palabra, de su vocación.

Pero la maternidad de María, hecha de fidelidad y de entrega, no fue fácil. Llevaba consigo turbación, dificultad de entender, dolor ante determinadas situaciones. Pero estos aspectos dificiles no la espantaron. El evangelio de hoy presentaba a María conservando en su corazón, meditándolas, todos los acontecimientos que se sucedieron en aquellos días, para entender su significado real y profundo. María ha de ser para nosotros modelo de cómo comportarnos ante lo que traernos el año que hoy empieza. Todos nuestros deseos, proyectos, esperanzas y temores, repasémoslos ante el Señor en la oración, para poder encontrar el modo justo de llevarlos a cabo. Y si las cosas no salen como deseábamos, o si nos equivocamos, en la oración podemos encontrar la fuerza para seguir luchando, sin desanimarnos. Los pastores del evangelio nos dan también un ejemplo a seguir: como ellos, hemos visto y oído, aunque sea bajo apariencias humildes, la gracia de la manifestación del Señor. Volvamos a casa dando gloria y alabanza a Dios, por el amor que nos ha manifestado permitiéndo-nos ser hijos suyos y llamarle Padre.

29 de diciembre de 2014

GUERRICO_DE_IGNY (Sermones: Navidad)


Introducción
Guerrico de Igny nace en 1070 en Tournai (Bélgica). Recibe su formación intelectual y ascética en la escuela catedralicia dirigida por el célebre canónigo Odón. Probablemente él había oído hablar de San Bernardo a dos de sus amigos, Hugo y Ogerio. Quizá entonces se despertó en el joven el deseo de visitar a tan renombrado personaje. Hacia 1122 visita Claraval únicamente con la finalidad de conocer a Bernardo y expresarle sus proyectos de comprometerse con la vida eremítica; por tanto con ninguna intención de quedarse en el monasterio. Pero Bernardo logra persuadirlo a quedarse con él, e ingresa en Claraval.
Con la recomendación de Bernardo es elegido abad de Igny en 1138, en sustitución de Humberto que, renunciando a su cargo, se retira a Claraval. Sus sermones capitulares desarrollan el tiempo y las festividades litúrgicas desde una perspectiva ascético-mística. Falleció en su monasterio probablemente un 19 de agosto de 1157.
León XIII aprobó el culto inmemorial que se venía tributando al beato Guerrico por medio de un decreto expedido el 24 de enero de 1889[1].

Guerrico es casi un desconocido. Pero afortunadamente su alma se nos transparenta en su predicación. Os equivocáis, hermanos, respecto a mí, pero pienso que más por amor o por humildad que por temeridad. Creéis que tengo la ciencia de las Escrituras, cuando apenas he alcanzado el umbral de la ciencia… Refiriéndose claramente a S. Bernardo continúa: A esto debo añadir que nuestro maestro, intérprete del Espíritu Santo, ha emprendido el cometario de todo ese cántico nupcial[2], y por lo que ya ha escrito, nos da la esperanza de que, cuando lleguemos al pasaje cuya explicación deseáis: Hasta que aparezca el día y se inclinen las sombras, él mismo ilumine el sentido de esas sombras, diciéndonos en la luz lo que le fue o le será dicho en las tinieblasCuanto más insulsas y rancias sean nuestras cosas viejas, tanto más sabrosas serán sus cosas nuevas… Pero me obligáis a ello, pues os veo impacientes ante mi demora, y la esperanza incierta del futuro no es capaz de satisfacer vuestro deseo presente, y os voy a complacer como de costumbre…[3].

En el texto anterior y en otros parecidos, está contenida toda el alma de Guerrico. Él era así: humilde, bondadoso y complaciente.

Sus escritos se reducen a sus sermones, cincuenta y cuatro de ellos, dados a sus monjes con ocasión de las festividades del año litúrgico. Al redactarlos medita en los textos que le ofrece la Liturgia y brinda a sus monjes las reflexiones que le brotan, sin pretender hacer un comentario a los mismos textos.

La obra de Guerrico acaso refleje mejor que otra fuente alguna las charlas reales que pronunciaban los Padres cistercienses en el capítulo de sus respectivos monasterios[4]. André Fracheboud ha sabido captar el encanto de esas pequeñas obras maestras de oratoria[5]. En ellos domina siempre la claridad y el rigor, y no imitan la abundancia más barroca de San Bernardo. No son nunca retumbantes; no contienen los truenos y relámpagos que estallan en los de su maestro, el Abad de Claraval. En vano se buscaría en ellas las largas digresiones acerca de enredos políticos ni las denuncias tremendas sobre la corrupción en las altas esferas que se hallan en los sermones de Bernardo y Elredo. ¿Qué nos importa a nosotros los que están afuera? Mi discurso se dirige a vosotros, los monjes de Igny[6].

1.        Legado literario
Su legado literario es modesto. Sin embargo, todo el mundo está de acuerdo en que merece el lugar que ocupa al lado de Bernardo de Claraval, Guillermo de Saint Thierry y Elredo de Rievaulx, los más grandes entre los cistercienses[7]. Lo que domina en sus sermones es una delicadeza que resalta más su ternura y una dulzura que procede de la solicitud de su corazón por el bien espiritual de sus hermanos.

Artista de la palabra, Guerrico usa la mayor parte de los artificios entonces en boga entre sus contemporáneos, especialmente las aliteraciones y las inversiones. Raramente el juicio dependerá del modo personal de considerarlo, hasta el aburrimiento.
Su estilo es elegante, sin llegar a ser nunca complicado u oscuro, y podemos pensar como decía Conrado de Eberbach, que sus sermones son riquísimos y delicadísimos, y verdaderamente espirituales[8].

Guerrico no tenía necesidad de acudir a relatos fantásticos para cautivar la atención de su auditorio, ya que su genio no carece de poesía e imaginación.

Sus sermones, como hemos dicho ya, los compone para sus monjes de Igny, no desdicen en pureza literaria y profundidad teológica de quien él señala como su Padre y Maestro, Bernardo de Claraval. Rezuman el encanto de un alma sencilla que busca realmente a Dios, y siguen valiendo para los monjes del siglo XXI y para todo cristiano que tenga y quiera vivir la experiencia de Dios en nuestros días.

2.        La Sagrada Escritura
Guerrico de Igny no pretende en ningún momento hacer un comentario de la Sagrada Escritura, no obstante, podemos decir que sus escritos no sólo están plagados de citas de la Escritura, sino que no puede pensar ni hablar si no es refiriéndose a ella. A juicio de J. De Ghellinck, de un modo más tangible y más claro que los demás escritores cistercienses, Guerrico nos da un elegante comentario de la Sagrada Escritura a través de la liturgia, o mejor, una ilustración de la liturgia en el plano bíblico que ésta evoca[9].

Guerrico, como Bernardo y todos los autores cistercienses -al menos los de las primeras generaciones- están impregnados de la Escritura. La han hecho vida de su vida y la transmiten como espontáneamente. Son para nosotros, un ejemplo viviente de lo que debe ser la Lectio Divina, pues se ciñen al texto de la Escritura enunciado al principio, generalmente breve e incluso brevísimo, de cada sermón y lo desarrollan escuetamente, con claridad, solidez y gracia.

Las digresiones son breves y encantadoras. A veces constan de unas pocas líneas: los sabios de este mundo que más acertadamente trataron sobre la ciencia consideraron que el primer grado de la ciencia es saber que no se sabe nada[10]. Otras veces son observaciones más largas y finamente irónicas; así, después de describir las austeridades de Juan Bautista, añade: Pero ahora demos gracias a Dios que nos dio -si es que nos la dio- la victoria sin el combate, el perdón sin la penitencia, la justicia sin las obras, la santidad sin la fatiga y, al mismo tiempo, la abundancia de las delicias tanto carnales como espirituales. Nos vestimos, si no con púrpura y el lino finísimo, ciertamente con algo más suave y caliente que la púrpura y el lino, y a diario banqueteamos espléndidamente. Así, ahítos de manjares y entorpecidos por la bebida, ¿reposaremos acaso con Lázaro, en otro tiempo pobre, en el seno de Abrahán o en el seno de Cristo con Juan?[11]

Nunca se queja Guerrico, como lo hace Bernardo, de que algún oyente se le ha dormido. Porque sabe que una de las virtudes de un buen sermón es su brevedad: Un banquete demasiado prolongado y variado se torna fastidioso[12]. Él, no tenía necesidad de acudir a relatos fantásticos para cautivar la atención de su auditorio: su genio no carece de poesía e imaginación. Domina la técnica del lenguaje, y nada tiene que envidiar a Bernardo ni a ningún otro por lo que se refiere al dominio de la Escritura.

En el sermón a sus monjes que les dirige sobre la salmodia: La ley del Señor es un jardín: si no me equivoco, vosotros que meditáis en la Ley del Señor día y noche sois los que vivís en jardines. Los libros que leéis son otros tantos jardines por los que os paseáis, y las frases que tomáis son otros tantos frutos que cogéis[13]... Pero nuestra lectura no será provechosa si no es asidua y perseverante[14].

Es en el silencio donde la Palabra omnipotente de Dios nos visitará: Si esperas en el silencio la salvación del Señor, en medio del silencio en secreto descenderá a ti la Palabra omnipotente[15]. También los profetas personifican la Palabra de Dios, el decreto o plan de Dios para con esto, dar realce a su energía omnipotente. El Libro de la Sabiduría nos lo dice con expresiones muy gráficas: Tu Palabra omnipotente, cual implacable guerrero, saltó del cielo, desde el trono real, empuñando como cortante espada tu decreto irrevocable[16] . Es otro símbolo en el que muy al vivo se nos expresa la infalible seguridad de la Palabra de Dios: su vigor omnipotente, su eficacia, que es presencia entre nosotros.

Según Guerrico, Cuando Dios nos visita en su Adviento intermedio, que puede darse en cualquier momento, cualquier pasaje de la Escritura, que antes nos parecía seco y estéril, puede dar una abundante cosecha[17]. Jesús acompaña y se hace presente con su visita en el momento más inesperado: No sólo a los que se dedican a la contemplación, sino también a los que viven piadosa y rectamente en la vida activa, Jesús se digna visitarlos y manifestarse[18], da por hecho que los hermanos habrán experimentado que, incluso cuando están trabajando, Jesús se digna a veces venir a manifestarles las Escrituras, de modo que entonces entienden lo que hasta entonces estaba oscuro.

3.        Misterio y sacramento
En palabras de Henri de Lubac, el sentido alegórico, o místico es el que se refiere al misterio, que es una realidad oculta primero en Dios y luego revelada a los hombres al realizarse en Jesucristo[19]. El mayor misterio o sacramento que se dio en otro tiempo a Ajaz y que ahora se nos da a nosotros: Cristo concebido de una virgen[20]. Aquél que nació en la eternidad para gozo de los ángeles, nace en el tiempo, no para ellos, sino para hacernos nuevos a nosotros[21]. El Anciano de días se ha hecho un niño pequeño; Anciano porque es la Palabra, Eterno e Incomprensible. De él se dice: La Palabra se ha abreviado, de tal modo que en él se ha cumplido toda palabra de salvación, puesto que él es la palabra que realiza y abrevia[22].

Guerrico sigue afirmando en otro sermón que ahora Jesús es el Príncipe que está en el seno de la Virgen comiendo el pan de la Palabra en presencia del Señor, pero “de otro modo, y no obstante, con una dicha indescriptible”: algo admirable, ya que el que cena es lo que se cena, y el que come es el mismo pan que él come. Algo realmente admirable, pero verdadero, ya que Cristo no se alimenta con otro pan que Él mismo. Él es todo pan: Palabra por sí, carne por la unión con la Palabra[23].

Como Cristo nació para renovarnos, igualmente fue crucificado para que en nosotros fuese crucificado en nosotros el hombre de pecado, y Cristo colgado en la cruz ha de ser modelo para nuestra vida de crucifixión: Por eso eligió el Redentor este género de pasión: para llevar a cabo nuestra salvación de modo que el misterio de la justificación fuese también modelo[24]. Del mismo modo su resurrección es causa y modelo de lo que realiza en nosotros, primero en nuestra alma y luego en nuestro cuerpo: Cristo en el misterio de su Resurrección ha realizado en nosotros la resurrección primera, y a ejemplo de la misma realizará nuestra segunda resurrección[25].

4.        Forma, formare, informare
Estos términos aparecen en los escritos de Guerrico sugeridos por el texto de San Pablo: Hijitos míos a quienes de nuevo doy a luz hasta que Cristo se forme en vosotros[26]. En la pluma de Guerrico se convierten en términos clave y sin duda significan algo más que una simple causalidad ejemplar, como podemos ver examinando un poco sus sermones.

Por ejemplo, en el sermón segundo para la Natividad de María, ésta conoció a su Hijo primeramente bajo la “forma” en la que le dio a luz. Tal conocimiento estaba muy lejos de aquel con el que se le conoce bajo forma en la que es engendrado por el Padre[27]. Entre esta forma carnal y la forma del Verbo existe otra: la forma espiritual revelada en su carne: Entre la forma de la carne y la forma del Verbo hay un grado que es como intermedio, verdaderamente espiritual, pero que manifestó en la carne, quiero decir la forma de vida que llevó en su cuerpo para informar a los que habían de creer[28].

En el número siguiente expone que esta forma, que él llama moral, Cristo la tomó para darnos ejemplo: En Cristo hay una forma corporal, otra moral, y una tercera intelectual. Por la corporal es nuestro hermano, por la moral, maestro, y en la intelectual, nuestro Dios. Aceptó la corporal para realizar el misterio, presentó la moral para darnos ejemplo, y revelará la intelectual o divina como premio[29].

Sin embargo, esta ejemplaridad no se reduce a un simple modelo que se ha de copiar, sino que lleva consigo una entidad, algo que ha de ser realizado en nosotros para conformarnos con este modelo, como se deduce del empleo del término “formar”: Si Cristo fuere formado en nosotros según el ejemplo de vida y costumbres que se nos ha mostrado en él, entonces estaremos preparados, no sólo para ver la forma que ha sido formada por nosotros, sino también aquella que nos formó a nosotros[30].

Los misterios de la vida de Cristo: Nacimiento, Pasión, Resurrección y Ascensión, son un ejemplo para nosotros. Pero son mucho más, y tenemos que preguntarnos qué quiere decir Guerrico cuando afirma, la vida de Cristo es una “forma”.

La fuente de la terminología que utiliza Guerrico, debemos buscarla, en las palabras de San Pablo a los Filipenses: cum in forma Dei esset (siendo de condición divina)… formam servi accipiens (Tomó la condición de siervo)[31]. En el latín occidental, que es el que conoció Guerrico, el sentido de la palabra ha sido determinado sobre todo por San Agustín. Para éste, las palabras forma y formare comprenden toda la causalidad divina: La Palabra de Dios es una forma no formada: forma sin tiempo ni falta… Forma de todos los formados (creados, hechos a su imagen); forma inmutable, sin espacio, ni tiempo, ni lugar; que está por encima de todas las cosas, que está en todos y es como el fundamento en el que están… En él están todas las cosas, y por ser Dios, todas las cosas dependen de él[32].

Guerrico emplea los términos “forma” y “exemplum” (ejemplo), que puede ser que no quieran decir nada más que un modelo al que se debe uno conformar o al que se ha de imitar. Sin embargo, los emplea en un contexto y siguiendo una tradición que sugieren una causalidad mucho mayor. Por eso podemos pensar que para él todas las acciones de Cristo son eficaces en virtud de su unión con los principales acontecimientos de su vida, y que como tales son sacramentos o misterios, que pueden realizar en nosotros aquello que representan.

5.        La obra de María en nosotros
Cristo es el centro de los sermones de Guerrico pero el Padre y el Espíritu Santo no son olvidados en ninguna ocasión, antes bien se subraya su acción en la obra salvadora. Y tampoco se descuida el papel eminente que en ella representa la Virgen María, madre de Cristo y de los cristianos, tanto en el decurso de la vida de Jesús como en calidad de figura de la Iglesia[33]. María, figura de la Iglesia y Madre de todos los que renacen a la vida[34], desea formar a su Hijo único en todos aquellos que son hijos por adopción[35]; Eva es madre de la prevaricación y María madre de la redención[36]. De este modo contribuyó Guerrico a preparar el camino a los teólogos que atribuirán a María una acción real y actual en la comunicación de la gracia.

Es probable que Guerrico conociera las palabras dirigidas a María en un sermón atribuido a San Agustín: Si te llamare forma (reproducción) de Dios, eres realmente digna de ello. Él dice a este respecto: Ella es la que realizó el misterio (significado con el nombre de Eva, “madre de los vivientes”), ya que ella, lo mismo que la Iglesia de la que es figura (forma), es la madre de todos los que renacen a la vida[37].

Cualquiera que sea la causalidad expresada con la palabra forma, y expresada también con los verbos formare, informare, en todo caso podemos decir que se trata de una causalidad comunicada por Cristo a María. El significado de las tres formas nos lo da con ocasión de un sermón en su Natividad. A continuación leemos que su deseo es formar a su Hijo único en todos aquellos que son hijos por adopción: Ella desea formar a su Hijo único en todos los hijos de adopción, pues aunque hayan sido engendrados por la palabra de la verdad, sin embargo ella los da a luz cada día por el deseo y el cuidado de su ternura hasta que lleguen al estado de hombre perfecto, a la medida de la plenitud de la edad de su Hijo, a quien engendró y dio a luz una sola vez[38].

El primer sermón para la misma fiesta del nacimiento de María, comienza también por la antítesis clásica entre María y Eva. Este párrafo depende del mismo modo de un sermón atribuido a San Agustín, que se leía en el oficio del día y que desarrollaba ampliamente el tema de la nueva Eva[39]. En él, Guerrico felicita a María como la nueva madre que ha comunicado una vida nueva a los que habían envejecido en el pecado: Madre verdaderamente nueva que trajo la novedad a los hijos envejecidos y sanó el mal de una vejez innata y añadida[40].

Otras veces llama a Eva madre de la prevaricación y a María Madre de la redención[41]. El título de madre de todos los vivientes, dado a Eva pertenece por derecho a María[42], y nos explica por qué: Pues es la Madre de la vida por la que todos viven, que al darla a luz realmente regeneró a todos los que habían de vivir por ella. Uno era el que nacía, pero todos nosotros renacíamos, ya que todos nosotros estábamos en la semilla por la que se propaga la nueva descendencia[43].

San Pablo daba a luz sin cesar a sus hijos predicándoles la palabra de la verdad hasta que Cristo fuese formado en ellos. María hace lo mismo, pero de un modo más admirable y que la acerca más a Dios, dando a luz al Verbo mismo.

Esta idea que María nos regenera al dar a luz a Cristo podría ser la fuente de muchas meditaciones. Para nosotros bástenos notar lo que es explícito en Guerrico.

San Bernardo limita la acción de María respecto de nosotros a su intercesión mediadora, y Guerrico, en cambio, después de haber hablado claramente de su maternidad espiritual[44], dice que desea dar forma en nosotros a su Hijo único y engendrarnos día a día: Desea formar a su Hijo único en todos los hijos de adopción, los cuales, aunque engendrados por la palabra de la verdad, no obstante, ella los da a luz día a día por el deseo y la solicitud de su ternura[45].

Lo menos que se puede decir, al leer estas palabras de Guerrico, es que así prepara el camino para una teología que atribuirá a María una actividad real y actual en la comunicación de la gracia.

5. 1     Su maternidad
Sobre la maternidad de María Guerrico escribe: El mismo Esposo tiene unos pechos mejores que el vino, es decir, la doctrina de la ley o el gozo del mundo. El Esposo, lo repito, tiene pechos de modo que no falte a ninguno de los oficios y títulos de los padres. Él, que ya es padre por la creación de la naturaleza y la regeneración de la gracia, así como por la autoridad de la educación, es también madre por el sentimiento de clemencia, y nodriza por la asiduidad en su dedicación y cuidados[46].

Guerrico pone en Dios el atributo de la maternidad. Y ya que la Escritura nos revela que esta maternidad ha sido comunicada al pueblo de Dios y a la Iglesia de Cristo[47], era de esperar que esta maternidad de la Iglesia haya sido reconocida desde el principio por la tradición cristina[48].

Podemos reconocer a María como madre nuestra -y en cuanto tal, como tipo de la Iglesia- en Caná, en el Calvario, en el Apocalipsis. Así en el más antiguo comentario sobre la Mujer revestida del sol, San Hipólito aplica a la Iglesia expresiones que, en sentido literal no pueden valer más que a María. Esta tradición de María tipo de la Iglesia se continuó a lo largo de la Edad Media, o bien fue redescubierta por ella.

Guerrico dice de María que: Ella, lo mismo que la Iglesia de la que es figura (forma), es la madre de todos los que renacen a la vida[49]. La misma idea introduce una exhortación a unirse a Simeón para acoger en el templo a Jesús llevado por María, que aquí es figura de la Iglesia y de la gracia: Venga al templo con Simeón y reciba en los brazos al Niño que trae María, la Madre. Es decir, abrace con amor a la Palabra de Dios que ofrece la madre Iglesia… No sólo te dará al Niño la Iglesia madre para que lo abraces cuando escuchas, sino mucho más la gracia madre en la oración… Pues Aquel a quien la Iglesia ofrece a los oídos con la predicación, la gracia lo introduce en los corazones por la iluminación, y lo hace tanto más presente y suave en las almas. Pues la Iglesia revestida por la palabra, y por la gracia desnuda para que la abracemos por la infusión del Espíritu[50].

Sobre este tema de la maternidad de María, y quizá lo más extraño, es que nosotros podemos compartir con Ella la maternidad de Cristo; es el término de una antigua y larga tradición[51]. Si María es figura de la Iglesia, es figura del alma. Esta idea nunca ha sido tan desarrollada y con unos acentos tan vivos como por Guerrico. Esto lo vemos en el juicio de Salomón sobre las dos prostitutas: hemos de imitar a la que fue reconocida como la verdadera madre. Y, nosotros somos madres del niño que ha nacido, no sólo por nosotros sino en nosotros: Vosotros también sois madres del Niño, que ha nacido para vosotros y en vosotros… Vela, pues, madre santa, vela con cuidado del recién nacido hasta que se forme en ti Cristo, que ha nacido para ti, ya que cuanto más tierno es tanto más fácilmente puede perecer para ti el que nunca perece para sí[52].

Hemos de concebir a Dios en nuestro corazón, como nos dice el Apóstol Pablo, que hemos de llevarlo en nuestro cuerpo[53]: ¡Oh alma fiel! Abre tus entrañas, dilata tu seno, agranda tu afecto, no estés con estrechez dentro de ti misma, concibe a Aquel a quien no puede contener criatura alguna[54]. También vosotras, madres dichosas de una prole tan gloriosa, velad sobre vosotras mismas hasta que Cristo se forme en vosotras[55].

6.        Guerrico: Testigo de la “teología de la luz y de la Liturgia
Guerrico es un testigo importante de la “teología de la luz”, tan característica de la espiritualidad cisterciense y también de la “teología de la liturgia” que los Padre cistercienses supieron extraer de los textos que iban comentando a lo largo del ciclo anual. Así lo ha puesto de relieve San Delgadillo[56]. Cristo con sus misterios -la Encarnación, el nacimiento, la Presentación al Templo, la Epifanía, la muerte y resurrección, la Ascensión y Pentecostés- destaca poderosamente en su predicación, cuyo fin principal era formar a Cristo en el corazón de sus oyentes y sus lectores.
La teología de la luz de Guerrico se completa con lo que dice sobre la venida intermedia. Es una idea que comparte con San Bernardo y muchos otros.

6. 1     Purificación - luz - contemplación
Estas tres vías, no las menciona nunca Guerrico. No obstante, dice con claridad que la iluminación de Dios aparece después de nuestra humilde sumisión a los que nos enseñan, y la corrección de nuestras faltas: Si has llegado tan alto que ya has alcanzado una voluntad recta y la mansedumbre, sin duda que has progresado, pero no has llegado a la perfección si la palabra de Dios no es lámpara para tus pasos y luz en tu sendero[57]. Para Guerrico estos dos procesos van muy unidos, no se sucede un grado a otro en el tiempo. Lo expresa muy bien en el texto siguiente: El precepto es lámpara y la ley, luz, y el camino de la vida la corrección de la disciplina… Si eres sabio no serás tu propio guía y maestro en el camino por el que nunca has andado, sino que escucharás a tus maestros, acogerás sus correcciones y consejos, y te darás al estudio y a la lectura… El estudio de la ley libra de los peligros[58].

Como alumnos que somos, hemos de recibir la corrección y la enseñanza. La expresión que usa Guerrico en otra parte: Aprendizaje de la sabiduría y escuela cristiana[59], corresponde al vocabulario de una larga tradición cristiana.

6. 2     Iluminación
El tema de la iluminación domina en los temas de la Epifanía: El Niño recién nacido da vagidos en la tierra y crea una estrella nueva en las alturas, de modo que la luz da testimonio de la Luz, y la estrella del Sol[60].

En el segundo sermón de la Epifanía la Iglesia es considerada, como obediente a la llamada divina: Levántate, resplandece, Jerusalén, porque viene tu luz; viene para ser iluminada en su fe [61]. Después Guerrico, desarrolla un pensamiento de San Pablo: esta Iglesia es madre de los gentiles; esta Jerusalén así iluminada debe dar a luz para Dios hijos de la luz[62].

Esta luz, procedente del Padre de la luz resplandece en el rostro de Cristo, es el inicio de la vida eterna, y que consiste en el conocimiento del verdadero Dios y de su enviado Jesucristo. Conocimiento que tenemos nosotros ahora en la fe, y garantía de lo venidero: Te conocemos porque conocemos a Jesús, ya que el Padre y el Hijo son una misma cosa. Realmente conocemos por la fe, teniéndola como arras seguras de que conoceremos por visión[63].

En el mismo sermón segundo en la Epifanía tiene una oración que comienza con el término “interim” (mientras tanto), que emplea con frecuencia para designar la vida presente, tiempo de espera de la plenitud. En esta oración pide, no solo la fe, el conocimiento y la caridad que es su término: Mientras tanto aumenta en nosotros la fe, llévanos de fe en fe, de caridad en caridad, como movidos por tu Espíritu para que cada día profundicemos más y más en los tesoros de la luz, de modo que la fe se haga mayor, la ciencia más plena, y la caridad más ferviente y amplia, hasta que por la fe lleguemos a la visita…[64]

Guerrico nos habla de cuatro grados de progreso espiritual, y a los cuales llama luz, proponiendo la luz de la fe como el primero, y los demás a las tradicionales vías purgativa, iluminativa y unitiva: Nos has dado la luz de la fe, danos también la de la justicia, la de la ciencia, y la de la sabiduría. Por estos grados pienso que has de progresar, alma fiel; este es el camino que has de recorrer[65]. El alma fiel, llegará por este camino al término: Así, despojada de las tinieblas de este mundo, llegarás a la patria de la luz eterna, en la que tus tinieblas serán como la luz del mediodía, y la noche resplandecerá como el día. Entonces, cuando veas y reboses en la abundancia, se admirará y se dilatará tu corazón; cuando toda la tierra se llene de la majestad de la luz sin límites[66].

Después detalla el progreso de los cuatro grados: Nosotros que ya estamos en la luz por la fe avancemos desde ella y por ella a una luz mayor y más clara, en primer lugar a la de la justicia, luego a la ciencia, y finalmente a la de la sabiduría, pues lo que creemos por la fe hemos de hacerlo o merecerlo por la justicia, para entenderlo después por la ciencia y finalmente contemplarlo por la sabiduría[67].

Hemos de creer, obrar, comprender, contemplar, porque si la fe es luz, como debe ser, no soportará el pecado, ya que las obras cuando son llevadas a cabo bajo la luz son “obras de la luz”: Las obras buenas… son obras de la luz, lámparas encendidas en manos de los que las realizan y esperan la venida del Esposo[68].

6. 3     Contemplación
Es dichoso el hombre a quien se le concede llegar aun más lejos: Si uno llega a la sabiduría, quiero decir, a gustar y saborear las cosas eternas, de modo que pueda descansar y ver, y viendo gustar qué dulce es el Señor, y que el Espíritu le revele lo que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni ha llegado al corazón del hombre, realmente yo diría que ese tal ha sido iluminado de un modo maravilloso y glorioso como el que contempla la gloria del Señor a rostro descubierto, y la gloria del Señor resplandece frecuentemente en él[69]. En un hombre así se realiza lo que el Espíritu dice por el profeta en el texto que Guerrico ha escogido como tema de este sermón: Levántate, resplandece, Jerusalén, porque viene tu luz y la gloria del Señor amanece sobre ti[70].

Nadie nos puede reprochar no haber recibido este don, y no tenemos excusa si no lo deseamos. Pero aunque es un don, exige una preparación por nuestra parte. Lo mismo que la luz del conocimiento crece con una lectura asidua, si se hace a la luz de las buenas obras, igualmente la luz de la sabiduría se enciende en la oración. Esta luz de la sabiduría se enciende con una oración ferviente, lo mismo que la luz de la ciencia con una asidua lectura, con tal que para leer emplees la lámpara ardiente, la justicia de las obras y la experiencia del sentido espiritual[71].
Guerrico cita a San Pablo: Contemplando la gloria del Señor, nos vamos transformando en la misma imagen de claridad en claridad por el Espíritu del Señor[72]. Estas palabras son impresionantes y expresan el don que Dios concede al hombre en esta vida. Así es cómo habla San Pablo respecto al conocimiento dado al cristiano libre y transformado por el Espíritu en contraste con las tinieblas de los judíos incrédulos, que ponen todavía su confianza en la Ley.

7.        Sobre la vida monástica
Sobre la vida monástica, Guerrico tiene ideas muy fuertes, y dice que los monjes han entablado combate con el ángel encargado de custodiar el camino del árbol de la vida; por eso les es del todo punto necesario luchar constantemente sin desfallecer… ¿Acaso no te parece estar luchando contra un ángel, incluso contra Dios, cuando cada día, él resiste a tus más ardientes deseos?[73]. El monje es el valiente morador del desierto. “Pienso” -dice en un sermón de Adviento- que hemos de reflexionar en primer lugar sobre la gracia del desierto, la felicidad del yermo que, desde los albores de la era de la gracia, mereció ser consagrado al reposo de los santos[74].

Juan Bautista y el mismo Jesús, también se retiraron al desierto. Por más que te acometa la tempestad de las guerras, por más que en el desierto padezcas escasez aun del sustento necesario, no retornes a Egipto con el pensamiento. El desierto te alimentará con el maná, con el pan de los ángeles[75]. Cristo ayunó en el desierto, pero también alimentó a la muchedumbre que le seguía. Más a menudo y de modo más admirable todavía te saciará a ti, que le seguiste voluntariamente. No pienses que te haya olvidado. Te consolará, y el desierto se convertirá en tu paraíso cuando cualquier pasaje de la Escritura que antes te parecía árido y estéril, de pronto por la bendición de Dios rebosará de una sobreabundante y admirable riqueza espiritual[76].

Conclusión
Para concluir, Guerrico no se entrega a un lector apresurado[77], como ha observado M.-A. Decabooter: Sus sermones merecieron los máximos elogios de Conrado de Eberbach: “loculentissimi”, “discretissimi”, “vere spirituales”[78], se leen con agrado, pero tal vez con excesiva facilidad. Hay escritores que tienen el arte de complicarlo todo, de embrollarlo todo, aun los temas más sencillos. Pero Guerrico pertenece a la clase de los que poseen la gracia de simplificarlo todo, clarificarlo todo, aun los temas más abstrusos.

Los lectores de Guerrico corren el riesgo de no captar la profundidad de su doctrina, doctrina que, por ser demasiado original, dista mucho de ser trivial. Sus sermones hay que leerlos despacio, con atención, dejándose llevar del encanto de su prosa, de sus ideas, de su sensibilidad exquisita. Posee el don de conmover al lector, sobre todo cuando se refiere al inconmensurable amor de Dios que, por así decirlo, se prodiga a sí mismo en un raudal de misericordia, y aún más, si cabe, cuando toca el tema del amor de Cristo. E. Mikkers ha escrito que Guerrico es el autor que puede introducirnos más fácilmente en el corazón de la espiritualidad cisterciense[79].

Toda su doctrina puede centrarse en un solo tema: la imitación de Cristo para llegar a ser conforme a él, de ahí su título de doctor conformationis cum Christo. Guerrico no hace distinción entre Cristo como persona histórica y Cristo como Verbo eterno.

Cristo ha nacido no sólo para nosotros, sino también en nosotros. Por eso Guerrico puede decir a sus monjes el día de Navidad: Sí, también vosotros sois madres del Niño que ha nacido para vosotros y en vosotros, en cuanto que por el temor del Señor habéis concebido y dado a luz el Espíritu de la salvación. Vigila, pues, madre santa, vigila solícita sobre este recién nacido, hasta que sea formado en ti Cristo, nacido para ti[80].

Lo único realmente importante es que el Niño crezca y se fortalezca en el cristiano hasta transformarle en si mismo. Si leemos con atención los sermones de Guerrico -dice D. de Wilde-, se verá enseguida lo que se proponía era la formación de Cristo en las almas de sus monjes. Él mismo lo afirma: En verdad, es a Cristo a quien deseo entregaros con nuestras palabras, cualesquiera que ellas sean, para que, como dice Pedro lo santifiquéis en vuestros corazones[81].

Que cuando venga el Señor, nosotros monjes/as lo acojamos de verdad, y nuestro corazón sea todo para Él. Gustemos su sabiduría, sabor y gusto por las cosas eternas, que dejan ver y gustar qué dulce es el Señor[82]. La unión e incluso la aparente identificación de la sabiduría y del amor es un rasgo común a Guerrico.

Hna. Florinda Panizo



[1] Damián Yáñez Neira, El beato Guerrico, segundo Abad de Igny, Cistercium 54 (1957) 274.
[2] El Cantar de los Cantares.
[3] In natali sanctorum Petri et Pauli serm. 3,1-2.
[4] ¿Fueron realmente predicados? El sermón era en la Edad Media un género literario como otro cualquiera: cualquier escrito podía redactarse y publicarse en forma de Sermón. Los sermones de Guerrico, como en general los de los Padre Cistercienses, probablemente fueron pronunciados en el capítulo y luego retocados, expurgados, embellecidos y acaso enriquecidos con párrafos nuevos. Se desprende a lo que creo, -nos dice García M. Colombás- de la misma lectura de esos textos preciosos. Son demasiado elegantes para haber sido pronunciados tal cual nos han llegado en una reunión familiar, como eran las celebraciones en los capítulos conventuales, y contienen un montón de pequeños datos acerca de la comunidad y otras menudencias que indican claramente su origen hablado. Cf. G. M., Colombás, La Tradición benedictina T. IV 2, Ediciones Monte Casino, Zamora 1994, p. 704.
[5] Le charme personnel du bienheureux Guerric d’Igny, en COCR 19 (1957) 202-237.
[6] In Festo Pentecostes serm. 1,2.
[7] G. M., Colombás, La Tradición benedictina T. IV 2, Ediciones Monte Casino, Zamora 1994, p. 700-701.
[8] Gran Exordio, parte III,9.
[9] De Ghellinck, J., L’essor de la littérature latine au XIIe siècle, t. 1, Bruselas-París 1946, pp. 189-219.
[10] In Ephiphania Domini serm. 3,1.
[11] In Nativitate S. Ioannis Baptistae serm. 4,3.
[12] Serm. in Rogationibus 4.
[13] Serm. 54,2; Sal 2.
[14] SB I, 5.
[15] Ibid.
[16] Sab 18, 14.
[17] Adv. IV,1. Cf. Is 7,14.
[18] Res I,4. Todo el número es muy bello relatando las visitas inesperadas y gratuitas del Señor a sus fieles servidores como en las apariciones después de la Resurrección a las mujeres.
[19] H. de Lubac, Exégese medievale, parte I, II, p. 397.
[20] An III, 1-4.
[21] Na I, 1-4.
[22] Nt V,3
[23] An III,6.
[24] Ra II,5.
[25] Ibid II,1.
[26] Gál 4,19. Imagen impresionante, que completa con la dimensión materna la relación entre Pablo y sus cristianos, expresada en 1 Cor 4,14ss. desde la dimensión paterna.
[27] NM II,1.
[28] Ibid.
[29] NM, II.
[30] NM II,1.
[31] Fil 2,6-7.
[32] San Agustín, serm. 117,2; PL 38,662-663.
[33] San Delgadillo, María y la Iglesia en la historia de la salvación. Datos de algunos sermones del beato Guerrico de Igny, en Marianum 48 (1986) 639-666.
[34] In Assumptione B.M.V. serm.1,2.
[35] In Nativitate B.M.V. serm.2,3.
[36] In Purificatione B.M.V. serm.4,1.
[37] Pseudo Agustín, Serm. In Assumpt. B. M., 5; PL 39, 2131, ed. Migne (París); Cf. Guerrico Asun I,2,
[38] NM II,3.
[39] Pseudo Agustín, De Ann. Dominica, 2,1-2; PL ed. Migne ( París) 39.
[40] NM I,1.
[41] Pur IV,1.
[42] Asum I,2.
[43] Ibid.
[44] NM I,1.
[45] NM II,3.
[46] PP II,2
[47] Is 54; Gál 5,26-27.
[48] San Hipólito, De Christo et Antichrito, 61; PG 10,780-781. San Cipriano, Ep. 8, A los mártires y confesores de Jesucristo IV; BAC 241 p. 393.
[49] Asun I,2.
[50] Pur II,2.
[51] Se basa en pasajes como Mt 12,46-50; Lc 11,28. Orígenes, Selecta in Gen., PG 12, 124 C; S. Agustín, Serm. 192, en la Nat. 9,2; BAC 447 p. 39; Id. Sobre la santa Virginidad, 5; BAC 121 pp. 143-144; Beda, In Luc 11,28, liv 4; PL 92,480.
[52] Nat II,5.
[53] 1 Co 6,20.
[54] An II,4-5
[55] An II,5.
[56] Guerrico de Igny, El misterio de la salvación celebrado en el año litúrgico (Roma 1985). Cf. G. M., Colombás, La Tradición benedictina T. IV 2, Ediciones Monte Casino, Zamora 1994, 714.
[57] Adv IV,4.
[58] Ibid.
[59] SB I,4.
[60] Ep II,2.
[61] Is 60,1; Ep II,1.
[62] Ibid., 3; Nat II,1.
[63] Ibid., 3; Nat II,1.
[64] Ep II, 3.
[65] Ep III, 3,4.
[66] Ibid.
[67] Ep III, 3,4.
[68] Ibid.
[69] Ep III, 7; Cf. 1 Co 2,9;
[70] Is 60,1.
[71] Ep III, 7.
[72] 2 Co 3,18.
[73] In Nativitate beati Ioannis Baptistae serm. 2,2.
[74] Ibid.
[75] Ibid.
[76] Ibid.
[77] M.-A. Decabooter, L’optimisme de Guerric d’Igny, en COCR 19 (1957) p. 249.
[78] Conrado de Eberbach, Exordium magnum Cisterciense, sive narratio de initio Cisterciensis Ordinis, ed. B. Griesser (Roma 1961) p. 26.
[79] E. Mikkers, La spiritualitè cistercienne: DS 13, 746.
[80] In Nativitate B.M.V. serm.2,3-3. La idea de que el cristiano es “madre” de Cristo, basada en pasajes evangélicos como Mt 12,46-50 y Lc 11,28,se encuentra en Orígenes, Gregorio de Nisa, Beda y otros.
[81] In Nativitate Domini serm. 3,5.
[82] Sal 33,9.