M. MARÍA EVANGELISTA (FUNDADORA)

SÍNTESIS BIOGRÁFICA DE MADRE MARÍA EVANGELISTA



Hay bastantes testimonios escritos en los archivos de los Monasterios de las Huelgas de Burgos, el de Santa Ana de Valladolid y en el de Santa Cruz de Casarrubios del Monte, que nos dicen quién fue esta monja, más que desconocida olvidada durante algún siglo.
Olvidada, no de todos, ya que en el Monasterio de Santa Cruz, fundado por ella, siguen vivos el recuerdo, el amor y la devoción de sus hijas, que han luchado y siguen luchando por continuar la obra por ella comenzada, tratando de imitar el ejemplo de su vida santa.
Estos documentos escritos proceden de bien diferentes personas y lugares. Citamos los que creemos más importantes.
Entre ellos están los de sus directores espirituales: padre Gaspar de la Figuera, sacerdote jesuita, hombre de grandes talentos y consumado en la Teología Mística. Es autor de un libro que titula Suma Espiritual y que en 1728 ya se habían hecho once impresiones.
Otro de sus directores fue el P. Francisco de Bivar, monje cisterciense. Fue Procurador General en la Curia Romana y es muy célebre en la Orden por su sabiduría y por sus virtudes. Está también el P. Lucas Guadin, jesuita, que dirigió la vida de la M. Evangelista en los últimos años de su vida: Padre de grandísimas prendas y espíritu, era Calificador de la Santa Inquisición.
Otros testimonios son el del P. Juan de Tudela, religioso capuchino que fue confesor de la comunidad de Casarrubios en vida de M. Evangelista. El doctor José Rodrigo, del cual son la mayoría de las copias que hay de los escritos de esta Madre. El P. Francisco de San Marcos, carmelita. El del maestro Gómez Caucense[1], que ya por entonces publicó en la prensa algo de la fama de santidad que tenía cierta religiosa lega de Valladolid, llamada Evangelista.
Están también los testimonios del ilustrísimo señor don Diego Escolano, Obispo de Segovia, y el del doctor Francisco Rodríguez de Neira, Abad de San Esteban de Beade[2].
No se pueden dejar de mencionar los testimonios más importantes, quizá, que son los de las personas que convivieron con ella en Cigales[3], su pueblo natal, el de sus hermanas del Monasterio de Santa Ana de Valladolid y el de sus hijas del de Santa Cruz de Casarrubios del Monte.
Procedentes de estos dos monasterios hay tres cartas, que son pequeñas biografías de M. Evangelista. La primera y más antigua está escrita por M. Francisca de S. Jerónimo en 1640 y la dirige al P. Lucas Guadin desde Casarrubios, pues fue una de las fundadoras, Priora en vida de la M. Evangelista y Abadesa al morir ésta. La segunda carta es de M. Micaela María, monja de Santa Ana de Valladolid y fundadora del Monasterio de Lazcano, desde el que envía su carta a la M. Gertrudis del Santísimo Sacramento, Abadesa del de Santa Cruz de Casarrubios. Esta monja fue testigo presencial de muchas gracias que Dios concedió a nuestra M. Evangelista y que, para gloria de Él, se manifestaron claramente al exterior. La tercera carta fue escrita por Madre Ana, Abadesa del Monasterio de Santa Ana de Valladolid, en 1665, año en que la escribe para enviar también a M. Gertrudis de Casarrubios. Esta monja fue compañera de M. Evangelista en el oficio de ropera, por lo que tuvo ocasión de conocerla bastante íntimamente.
Finalmente hay una RELACIÓN-HISTORIAL escrita por M. Gertrudis, monja del Monasterio de Santa Cruz como hemos dicho ya. Describe con detalle la historia de la fundación y de sus fundadoras desde que se empezó a tramitar aquélla.
Estos testimonios son las fuentes de las cuales hemos recogido el material para esta síntesis biográfica de M. Evangelista.

Cigales, su pueblo natal


Esta villa es escenario de algunos acontecimientos históricos importantes. Fue Real Sitio cuando la Corte residía en Valladolid. Don Pedro de Sarabia -biógrafo de M. Evangelista en el s. XVIII- describe a Cigales casi como un lugar paradisíaco y la felicita por su suerte de haber sido cuna de dos reinas:
Es fineza de Dios, digna de ser apreciada por Cigales, pues no sólo le da una corona para el mundo en la Serenísima Señora Doña Ana de Austria, esposa del señor Felipe II, nuestro rey, que nació allí el día 1 de noviembre de 1549, sino que además le da otra para el Cielo en Mª Evangelista.
Para justificar y afirmar más aún esto último, escribe literalmente un parrafito sacado de los escritos de la Madre:
El Señor me dijo: María siéntate conmigo a mi mesa, que quiero que siempre te sea franca y nunca te falte; y aunque pese a quien pesare, has de estar sentada en ella conmigo como reina.
Pues en esta dichosa villa de la provincia de Valladolid, vino al mundo Mª Evangelista el día 6 de enero de 1591. Fue bautizada el día 18 de este mismo mes y le pusieron el nombre de María, ya que nació por la tarde, a la hora del toque del Ángelus. El P. Bivar lo señala como simbólico y significativo, porque esta María fue un vivo retrato de la primera María.
Sus padres fueron don Gonzalo Quintero y doña Inés Malfaz.
Se puede sobrentender, por los documentos que hay, que la posición económica y social de este matrimonio era acomodada, pues entre los familiares seglares hay Alcaldes mayores y ordinarios, Corregidores del Santo Oficio y Regidores. Entre los eclesiásticos hay Comisarios del Santo Oficio y Secretarios del Secreto de Pruebas.
Tuvieron cinco hijos. El primero fue Andrés, que se casó con doña María de Chaves, de familia noble; el segundo fue Gonzalo, que se casó con María Garrido, de cuyo matrimonio nació una hija que luego ingresaría como monja en el Monasterio de Santa Cruz; el tercero es Antonio, que fue sacerdote beneficiado de Preste y Párroco de Cigales; el cuarto hijo es Luis, que murió cuando era jovencito; el quinto, y feliz fruto, fue María.
Se dice de este matrimonio que eran buenos padres, fervientes cristianos, de ajustadas costumbres y arreglado proceder; que no buscaban otro interés que educar a sus hijos en la virtud. Por eso, María repetirá muchas veces que se complacía en Dios de haber tenido progenitores tan buenos y que si ella tenía algo de buena se lo debía a sus padres.
Quien parece que tuvo especial influencia en la niña fue su madre, ya que don Gonzalo murió en 1592, cuando su hija apenas tenía un año.
Doña Inés era una mujer profundamente espiritual que practicó la virtud y supo educar a su hija en ella. A esta educación puede deberse, en parte, el carácter apacible de María que tanto destacó en ella a lo largo de toda su vida.
Sus paisanos de Cigales dicen que era una niña tan apacible que, con frecuencia, provocaba en los demás la tentación de herirla con bromas pesadas para hacerla enfadar alguna vez. Pero, aunque era muy sensible y le dolía aquello, no lo manifestaba: Así es cómo, desde los primeros años de su vida, comenzó a llevar la cruz silenciosamente. Este sería siempre su camino.
Entonces díjome el Señor: Mi camino es camino de Cruz, no hay otro mejor. Por eso Yo lo escogí para mí y este es el tuyo… Esa es mi obra en ti, es tu senda y por ella has de caminar, porque el amor de trabajos y cruces no lleva mezcla de naturaleza.
La Cruz sería también su descanso:
La Cruz quiero Yo que sea tu lecho y tu nido, ella es la que mi Hijo trajo siempre en su corazón, que es otro nido donde has de descansar.
Doña Inés, con el ejemplo de su vida y con su palabra, fue maestra para su hija en la virtud, y la niña supo ser dócil a esas enseñanzas. Amaba, reverenciaba y obedecía siempre a su madre con prontitud, practicando también lo que escribiría más tarde y se lo repetiría a sus hijas multitud de veces:
Dios no quiere discurso en la obediencia, sino resolución en todo cuanto manda que, si no, no se le da lugar para que Él descanse en nosotros.
De jovencita seguía siendo piadosa y modesta. En la relación con jóvenes de su edad era ingeniosa y prudente; sabía barajar las conversaciones para que no se desviaran por caminos que pudiesen ofender a Dios. También era enérgica cuando las circunstancias lo requerían. En muchas ocasiones liberaba a sus compañeras de ocasiones peligrosas y de bromas pesadas que algún muchacho quería gastarles; María imponía respeto y obligaba a éste a dejarlas en paz.
Como su vocación a la vida de oración empezó en su niñez, de joven tuvo en esto especial influencia entre sus amigas, que no siempre la comprendían ya que no experimentaban lo que ella les decía por experiencia propia.
Un testigo de Cigales dice: Portábase de una manera que era para la vecindad ejemplo, pauta para las canas, espejo para sus amigas, norma de admiración para todos.

Ingresa en el Monasterio de Santa Ana de Valladolid


Las luces interiores, con los años, fueron creciendo tanto en María que al oír hablar del Señor y de sus divinas alabanzas se suspendía en dulce embeleso de su alma. Esto despertó en ella el deseo de hacer en su vida este ejercicio continuado, siendo religiosa en una Orden dedicada a ello.
Cuando tenía quince años se lo propuso a su madre, de la que no consta la respuesta ni si se practicaron por entonces algunas diligencias. Es posible que, de momento, sólo se quedara en idearlo, por subvenirle a doña Inés la muerte el 14 de octubre de 1608.
La muerte de su madre no fue para María obstáculo para llevar a cabo, un poco más adelante, sus intenciones y deseos, ayudada por su hermano Antonio, sacerdote, que la asistió en todo momento hasta su ingreso en el Monasterio de Santa Ana.
Don Antonio fue quien tramitó todo y, aunque tenía gran amor a su hermana y buscaba darle gusto siempre, se entiende que, permitido por la Providencia Divina para que resplandeciera más su gloria en esta alma, al gestionar la entrada de María en el monasterio, sin contar con su voluntad y su deseo, lo arregló todo para que fuese monja lega (éstas se dedicaban a los quehaceres domésticos para que las monjas de coro pudieran dedicarse más totalmente a las divinas alabanzas, por estar libres de otras ocupaciones exteriores importantes). Se ignoran cuáles fueron los motivos que tuvo don Antonio para actuar de esta forma, ya que su hermana había heredado propiedades más que suficientes para pagar su propia dote.
María no sabía que hubiese dos clases de monjas y cuando se enteró era tarde para rectificar. Como tenía claro que su vocación no era de lega, pidió a su hermano que solucionase el problema. Pero los intentos de don Antonio por arreglarlo sólo consiguieron sembrar inquietud en la comunidad, que interpretaba aquello como falta de humildad en María.
La comunidad de Santa Ana se negó a aceptar que María fuese monja de coro y ésta, con su silencio humilde, aceptó tomar el hábito de monja lega el día 10 de mayo de 1609. Le pusieron el nombre de Mª Evangelista.
Esta contrariedad, como tantas otras que sufrió a lo largo de toda su vida, no fueron causa de amargura interior para ella sino que, al verse vestida con aquel cándido uniforme, fue indecible el gozo que sintió, proponiéndose trabajar para que la blancura de la estameña de aquel hábito pasara a su alma.
Y el Señor miró con tanto agrado su generosidad que le dijo: María, pues tú tienes cuidado de mí pensando en servirme, Yo miraré por ti y tus cosas, entreteniéndome en amarte.
Así empezó el año de noviciado María Evangelista y así lo continuó, no quedándose sólo en deseos, sino llevando sus propósitos a la práctica.
Toda la comunidad estaba admirada de la perfección que manifestaba en todo aquella novicia y decían de ella que era humilde con conocimiento, caritativa con amor, obediente sin interés, ágil sin precipitación, honesta, retirada, silenciosa y pronta al cumplimiento de la Regla y Constituciones.
La animaba mucho el celo de su Maestra, que era un ejemplo vivo de vida entregada a Dios en el cumplimiento perfecto de su cargo. Durante el tiempo de noviciado de María Evangelista, haciéndose cargo de la situación dolorosa de esta su querida hija a la que conocía muy bien, le enseñaba latín sin que lo supieran las demás, esperando que un día el Señor manifestaría claramente su voluntad acerca de la verdadera vocación de María.
Terminaba el año de noviciado que la novicia había pasado con mucha salud, fresca, robusta y alegre. Pero, de nuevo, se sintió impulsada por Dios a intentar encontrar una solución para el problema de su vocación. Por eso decidió hablarle a su hermano claramente:
Es cierto, hermano, que expresé en el siglo un sumo deseo de ser monja. Que esta fue mi intención y mi gusto, que otro ningún estado apetecía y que este sólo me llamaba.
También es cierto que estoy firme en esta primera vocación y que a no seguirla me parece que, no asistiéndome Dios, me moriría. Tanto me ahoga esta pena en lo humano, que necesitaría yo para mantenerme todo el poder divino. Mas has de saber que nunca tuve más voluntad que la de ser de coro y que no han sido otras mis pretensiones y ansias. No puedo negar que la parte de Religión en que me han puesto es muy perfecta, mas para mí es la de corista la que tengo por proporcionada. Ésta es la que deseo, ésta es a la que aspiro y para lograrla has de poner las diligencias, si hallasen en ti algún cabimiento[4] mis súplicas.
Dirasme que cómo no te lo dije antes de entrar y te respondo que fue la causa mi ignorancia; teníala yo de que había legas, juzgaba que todas las monjas eran de coro y que no había entre ellas ni la más leve distinción. Por ello no te lo supe prevenir.
A don Antonio no le pareció tan difícil complacer a su hermana si le prometía a la comunidad aumentar la dote –que ya había sido suficiente la que había entregado-. Llamó al locutorio a la M. Abadesa y le expuso sus intenciones y deseos. Ésta lo comunicó a las monjas reunidas en Capítulo y les pidió que lo pensaran.
Al enterarse el capellán –era un monje de la Orden- porque alguna le consultó el caso, juzgó que era gran soberbia en Mª Evangelista tener semejantes pretensiones, y sus opiniones sembraron la discordia en aquella comunidad.
Las más se opusieron rotundamente y se manifestaron contra ella con amargas contradicciones, pidiendo su expulsión del monasterio. Otras la defendían y suplicaban condescendencia, señalando las razones justas que la novicia tenía para pedir aquello.
Al enterarse su hermano de la situación, queriendo evitar a María semejantes complicaciones, habló con ella y le dijo que todo estaba ya arreglado a su favor, como ella deseaba: que sería monja de coro. Luego habló con la M. Abadesa y la hizo partícipe del mismo engaño, diciéndole que María estaba dispuesta a ser monja lega, por lo que se decidió que profesara el día 20 de mayo de 1610.
Pero Mª Evangelista no fue víctima de aquel engaño, ya que se dio cuenta perfecta, desde el primer momento, de la astucia de su hermano. Conscientemente se dejó llevar por aquel camino que la Providencia Divina le iba señalando, de aquel modo que parecía tan contradictorio. Dicen las testigos que el día de su profesión, tal humildad y serenidad manifestaba, que las mismas que la contradecían vertieron lágrimas de compasión y alegría y que, habiéndola reputado de soberbia, la reputaron después públicamente de humildísima.
El P. Bivar habla de esta ocasión en el Defensorio y dice cuán grande fue la cruz de María Evangelista y con cuanta humildad y paz la llevó. También M. Francisca afirma que tanta contradicción no provocó ninguna amargura en su corazón, sino que se gozaba de que ese fuera un medio para padecer en la cruz, asemejándose más en ella a Jesucristo. M. Micaela da testimonio de que Mª Evangelista no se sentía víctima de las incomprensiones.
Las contradicciones que yo le vi padecer fueron con grande igualdad; en lo exterior tenía siempre un semblante tan apacible y risueño como si no la tocara. Se esmeraba en afabilidad con los sujetos que más la contradecían y perseguían.
Y M. Ana no se contradice con las anteriores:
Era de muy apacible condición y amable, por lo cual se daba a querer, sobre todo en las ocasiones que se le ofrecían en la comunidad de quebranto y humillación, que eran algunas, por permitir nuestro Señor para probarla y ejercitarla en la paciencia, que era tan grande que admiraba. Yo la vi siempre una gran igualdad y serenidad de ánimo, que parecía un ángel, sin mudar de semblante en ocasión ninguna.
El oficio de las legas era principalmente el de cocineras, y en la cocina pusieron a Mª Evangelista, obligación que cumplía con toda perfección y alegría. Pero Dios no quiso dejar de manifestar que sus designios sobre ella eran otros: apenas ejercía un poco de tiempo este oficio, enfermaba tan gravemente que en alguna ocasión hasta la dieron por muerta. Estas enfermedades, con sus convalecencias, duraban largas temporadas y se repetían tantas veces cuantas volvía a la cocina.
La comunidad, cansada de ver que era inútil empeñarse en querer lo que Dios no quería, decidieron ponerle un oficio propio de una monja corista. El primero fue el de ayudanta de la ropera, que lo era por entonces la M. Ana, la cual se sentía tan feliz y gozosa con semejante compañera, que se negaba a querer ceder tanto tesoro cuando la enfermera la pidió para ayudante en la enfermería. Como Dios quería que también Mª Evangelista resplandeciera en la caridad, dispuso que la M. Abadesa sentenciara a favor de la enfermera.
Cumplió en este oficio con la misma perfección que había cumplido en la cocina y ropería. Así lo ha dejado escrito la M. Francisca:
Su trato era dulce; su conversación, amable; la asistencia, con alas; el cuidado, sin melindre; el celo, sin asco; el desvelo, sin fastidio. Y era en todo, toda para aliviar y consolar a las enfermas.
… En cualquier cosa que la ponían lo hacía con particular gracia y liberalidad. Era el consuelo de las melancólicas y pacificaba con arte a las que se turbaban. En viéndose alguna apretada, luego decían que llamasen a Mª Evangelista. Y es que, la virtud que allí resplandecía, era alivio siempre.
En lo interior, Mª Evangelista volaba cada vez más alto. Basta con leer lo que, por mandato de sus confesores, dejó escrito para darse cuenta de ello. Pero así lo afirman también los testigos.
Su santidad se manifestaba en su sencilla vida práctica, hasta el punto de que muchas monjas, cuando se hablaba de su santidad, comentaban que no parecía tal, ya que no hacía grandes penitencias ni hacía horas especiales de oración. No se dan cuenta –dice M. Francisca- que su vida era toda una oración.
De todas formas, todos los testigos coinciden en que recibió gracias especiales que se manifestaron en alguna ocasión al exterior con fenómenos místicos, habidos en una época de su vida (1629 y 1630) y también algunos que podrían considerarse milagrosos; éstos ocurridos principalmente en los últimos años.

Profesión para monja corista

Durante estos 17 años sus confesores, P. Figuera y Bivar, con algunas hermanas de comunidad, varias veces intentaron poner en trámite el asunto de su profesión para monja de coro, porque lo consideraban justo y querido por Dios.
Después de superar grandes dificultades de toda índole y de bastantes intervenciones especiales de Dios, la M. Abadesa de Santa Ana de Valladolid, que era de las más contrarias a esta profesión, se decidió a pedir, con gran encarecimiento, permiso a la Ilustrísima Señora Abadesa de las Huelgas de Burgos –que era por entonces doña Ana de Austria, hija de don Juan de Austria-, para llevarla a cabo cuanto antes.
Las intervenciones tan especiales de Dios que hubo en esto fueron tan claras, que las testigos presenciales dicen que todas pensaban que Él quería hacer grandes cosas por medio de aquella alma. No se equivocaron pensando así.

María Evangelista, fundadora de un monasterio. Este es el de Santa Cruz de Casarrubios del Monte


El Reverendo P. Damián Yáñez Neira, monje del Monasterio de Osera, en un artículo suyo publicado en la revista Hidalguía sobre el P. Francisco Bivar en el IV centenario de su nacimiento, dice en una de sus notas:
Si todas las obras de Dios están marcadas por el marchamo de la contradicción, la fundación del Monasterio de Casarrubios del Monte tuvo todo en contra desde el principio. Comenzando por la propia fundadora, que fue tratada de visionaria, embustera, alucinada y ni siquiera era monja de coro cuando le comunicó al P. Bivar que, en un éxtasis, Dios le había revelado que, andando el tiempo, llegaría a ser fundadora y primera Abadesa de un monasterio de la Orden.
Luego, el pueblo de Casarrubios se negaba a admitirlas. En el viaje, el enemigo volcó el carruaje de las fundadoras al borde de un precipicio, etc.
Después que M. Evangelista había comunicado a su confesor el desconcertante asunto revelado, llegó a Valladolid un matrimonio procedente de un pueblo de Toledo, Casarrubios del Monte. Eran don Alonso García de Ojea y doña María Rodríguez. Se establecieron en la ciudad con el fin de seguir más de cerca un pleito que tenían entablado contra el Conde de Rivadavia.
La casa en la que residían estaba al lado de la capellanía de Bivar. Pronto surgió íntima amistad entre el matrimonio y el religioso y, en alguna de sus conversaciones, éste les habló de la humilde religiosa lega de Santa Ana, a la que el confesor admiraba por su vida santa y a la que en más de una ocasión había defendido ya de las malas lenguas. Las ocasiones para seguir defendiéndola no se habían terminado y ello le costó a él grandes humillaciones y parece que fue una de las causas de su muerte prematura.
El matrimonio deseaba conocerla y fueron a visitarla. No se decepcionaron, sino que les inspiró gran confianza y comenzaron a comunicarse con ella. Les atraía mucho su apacible y serena conversación.
En una de las visitas le comunicaron los deseos que tenían de emplear su hacienda en alguna obra pía, haciendo así al Señor heredero de sus bienes, ya que no tenían descendencia. La intención que ellos tenían era la de edificar una capilla y fundar una capellanía. M. Evangelista los escuchó, como siempre, con mucha atención y luego consultó el caso con el Señor. Después, con santa resolución, les dijo que la voluntad de Dios no era que fundasen una capellanía sino un convento.
Aunque el matrimonio se sorprendió y le exponían que esa era una empresa muy superior a sus posibilidades, ella les dio tales razones y tan fundadas en viva fe que, sin resistencia, aceptaron la proposición como si aquellas palabras las hubieran oído de boca del mismo Dios.
El señor Ojea se ofreció también a realizar personalmente todos los trámites necesarios para llevar a cabo dicha fundación.
No le fue fácil a don Alonso conseguir todos los requisitos necesarios que de él dependían. Pero parece que más difícil aún fue para Mª Evangelista y el P. Bivar solucionar los que dependían de ella. Se entiende, por los documentos que hay, que se tardó varios años en solucionar algunos problemas que, humanamente, parecían irreversibles.
Todo parece indicar que Mª Evangelista, que aún era monja lega sin perspectiva de poder llegar a ser monja de coro por no haber antecedentes en esto, es por ello que al exponerle al P. Bivar la decisión tomada por el matrimonio y Mª Evangelista, éste lo primero que tuvo que hacer fue ponerse en contacto con el General de la Congregación de Castilla, exponiéndole el asunto y pidiéndole ayuda para poder realizar el tránsito de hermana lega a monja corista. Esto parecía menos factible aún, al haber de por medio una revelación privada.
Aunque Bivar insistía ensalzando las virtudes de Mª Evangelista, no convenció al General. Y para mayor seguridad en la resolución del caso, se consultó a maestros graves y experimentados en la vida espiritual. Entre ellos se dividieron los pareceres, opinando la mayoría que se hallaban ante un caso de superchería.
Bien pronto saltó la noticia a la ciudad de que una pobre cocinera pretendía pasar a categoría de corista y se reían burlándose del maestro Bivar que se había dejando engañar por ella.
De todo se enteró Evangelista y su actitud fue la de los santos: se defendía con humilde silencio, aguantando con gusto, por amor a Cristo, tales befas. En tanto que el P. Bivar la defendía con toda solicitud, hasta que Dios se encargase de descorrer el velo de aquel inquietante misterio.
Como hemos visto, Mª Evangelista profesó para monja de coro después que Dios cambiara radicalmente los ánimos contrarios a esa profesión, que no eran pocos ni poco importantes.

Viaje hacia Casarrubios del Monte


El día 25 de octubre de 1633 salían de Santa Ana de Valladolid las Madres fundadoras: Sor Mª Evangelista, como Abadesa; Sor Francisca de San Jerónimo, como Priora y Sor Mª de la Trinidad como subpriora, camino de Casarrubios del Monte.
Las contrariedades surgidas a lo largo del viaje fueron también numerosas y graves, como milagrosas pueden considerarse las soluciones a cada una de ellas. Grande fue la oposición de los vecinos de Casarrubios a la fundación del monasterio, como jubilosa y entusiasta fue después la acogida que les hicieron a las fundadoras el día de su llegada a la villa.
Salieron a recibirlas los más principales de la villa y se mostraron con ellas tanto más finos, cuanto más contradictorios habían estado antes. Salió infinita gente, muchos a caballo con grandes muestras de alegría. Y al entrar en la villa repicaron las campanas de todas las iglesias, y salieron fuera del lugar con chirimías y otras muestras de alegría. No quedó nadie en sus casas y aquel júbilo jamás se había visto en la villa.
Con esto no se resolvieron todos los problemas. Para la Madre Evangelista continuó el camino de cruz. La casa pobrísima, y con falta de todos los recursos para continuar construyéndola y subsistiendo la comunidad, pequeñita aún. En algunos momentos pensaron que tendrían que volver a su convento de Valladolid, por lo que M. Evangelista le pidió al Señor que, puesto que las había traído, remediase tanto desamparo y falta de lo necesario. El Señor le contestó:
María, tú sabes que tengo Yo dispuesto que halles las cosas con tanta pobreza para que en todo me imites. Lo que tú vives ahora es semejanza a lo que mi Madre y Yo vivimos en el portal de Belén. Mas te aseguro que esta obra es mía, que nadie me la ha de impedir porque Yo iré siempre delante de ella, como fui delante del pueblo de Israel en el desierto: de noche, alumbrándolo; y de día, protegiéndolo de los rayos del sol.
La Madre quedó muy consolada y con ánimos para seguir luchando, confiada en Dios que suscitaría personas generosas que remediasen aquellas necesidades. Como así fue.
La fabricación del monasterio pudo continuar y el día 27 de noviembre de 1634 se cerró la clausura. Ese mismo día el Abad de Contreras, del Consejo de Gobernación de Toledo, dirigió la elección de Abadesa, en la que salió elegida M. Mª Evangelista. También tomaron el hábito dos jóvenes que habían venido de Valladolid con las fundadoras.
Todo en la fundación parecía que evolucionaba ahora favorablemente y la santidad de su fundadora debía evolucionar con un ritmo más rápido aún. En ella no sufría mengua la vida de intimidad y unión con Dios, por lo que se podría considerar como exceso de actividad exterior.
Los muchos trabajos que se originan en los comienzos de una fundación recaían sobre tres personas solamente, y éstas rara vez eran completas, ya que las enfermedades de unas u otras se sucedían. Cuando M. Francisca convalecía de una enfermedad gravísima, cayó con otra semejante la M. Trinidad. Así es como se quedó sola con todo la M. Evangelista: dirección de las obras, noviciado, hospedería, etc.
M. Gertrudis del Santísimo Sacramento, en su RELACIÓN-HISTORIAL de la fundación, dice:
Era cosa de admiración que una sola persona pudiese con tanto, si no era siendo asistida, como era, por nuestro Señor, que la había escogido para, por su medio, hacer esta obra, y que fuese a costa de trabajos y penas.
Otros golpes y cruces esperaban a M. Evangelista, pues apenas llevaba un año en su fundación de Casarrubios cuando, repentinamente, muere en Madrid el P. Francisco de Bivar y meses más tarde el P. Gaspar de la Figuera, sus confesores y de los que tanta ayuda necesitaba para llevar adelante su fundación y para la comunicación de su espíritu. Tampoco este desamparo en que quedó en lo humano y espiritual logró turbarla; lo dice también M. Gertrudis, que convivió con ella durante trece años:
Se manifestaba siempre alegre y en mucha paz, porque el Señor la asistía y la tenía muy fortalecida y llena de fe. Y, en lo interior, iba Su Majestad aumentando esta casa, de tal forma que nunca le faltase la Cruz, ni interior ni exteriormente, porque el que le había dado las fuerzas sabía muy bien que eran muchas, y así se la cargaba verdaderamente grande y pesada. Pero era tan varonil que parecía que las fuerzas se le aumentaban con los trabajos. Y así era de gran admiración ver la asistencia a lo espiritual y temporal, y al consuelo de las monjas en una y otra materia, con menudísimos reparos nacidos de aquella su grande caridad, que salía al encuentro de sus hijas quitándoles el reparo que pudiesen tener en manifestarse por sí mismas.
Sus trabajos e influencia benéfica no se limitaban a los del convento:
A estas ocupaciones o cuidados se le añadía la continuación de seglares que, a la fama de su santidad, venían a comunicarle en diversas materias y negocios. Y con la experiencia de su afabilidad y grande salida que hallaban en todo cuanto le proponían, y el consuelo que recibían sus almas, lo continuaban sin cansarse. Y la Santa Madre no se enfadaba por lo molesto de este ejercicio; pues la continuación de cartas que tenía y a las que respondía, era también grande.
Hay varios casos de conversiones muy difíciles habidas después que M. Evangelista intercedió por aquella intención en particular. Entre éstas está la del Conde de Casarrubios:
El Conde de Casarrubios, don Gonzalo Chacón, estuvo casado con doña Juana Zapata, tan divertido que mucho tiempo no hacía vida con ella, lo cual comunicó dicha señora Condesa con M. Evangelista. Encargole que le encomendase a nuestro Señor para que lo sacase de aquel estado. La Madre le escribió una carta y fue causa de enmendarse mucho, retirándose de aquel divertimiento y comenzando a hacer vida con su mujer y mostrándose ya muy fino con ella (…). Acabó su vida muy cristianamente.
Tenía un arte especial para atraer las vocaciones, y en esto también se dieron casos curiosísimos, como es el de una joven llamada María Téllez. Era hermosa, rica, con grandes cualidades humanas y muchos pretendientes, pero tan frívola que sólo pensaba en galas y buen parecer. Nada más ajeno a ella que las monjas. Un día se le obligó a acompañar a dos tías suyas que iban a visitar a la M. Evangelista. María Téllez estaba tan contrariada, que no disimulaba el fastidio que sentía y la gana de que terminase la visita para marcharse.
Una de sus tías pidió a la Madre que abriese la puerta reglar para besarle la mano y recibir su bendición. Así se hizo. María se acercó también a besarle la mano, pero lo que hizo fue abrazarse a ella diciéndole: Por amor de Dios, Madre mía, recíbame por hija, que yo lo quiero y tengo de ser, y no volver a casa.
No hubo fuerzas de razones que la convencieran de que esperase y lo pensara mejor. Fue una monja ejemplar a lo largo de toda su vida.
Fue María Téllez la que trajo al convento el cuadro del Cristo de la Sangre, que así se llama porque el día 27 de enero de 1648, viernes[5], pasando la comunidad en procesión por el claustro -lugar en el que estaba colocado el cuadro-, todas las monjas vieron atónitas lo que estaba sucediendo: el Santo Cristo allí pintado, con mayor semblante de congoja, sudaba sangre y agua.
La Madre Evangelista mandó traer un lienzo y, mientras la comunidad cantaba el Miserere, ella con una expresión de quebranto y gran dolor limpió la Santa Imagen.
Es significativo que, desde aquel día, M. Evangelista empezó a sentirse enferma. En el mes de julio estuvo gravísima, mejoró e hizo prácticamente una vida normal hasta que el 13 de noviembre cayó otra vez muy grave y murió a las doce de la noche el viernes, 27 de este mismo mes y año (1648).
Su cuerpo estuvo expuesto durante dos días en el coro porque el pueblo lo pidió, y la iglesia no se vació de gente ni un momento. Todos se hacían lenguas en alabanzas a aquella santa Madre, a la que tanto querían con afecto piadoso.
Por circunstancias concretas, y sin duda providenciales, su entierro fue muy pobre en todos los aspectos. Hasta en esto se asemejó a Jesucristo.
Después de cinco años, sus hijas todas hablaron en la recreación de los deseos que tenían de ver si se había cumplido lo que el Señor, ya cuando estaba en Santa Ana de Valladolid, le había revelado a M. Evangelista: que su cuerpo no se corrompería.
El día 21 de octubre[6], abrieron su sepultura que estaba en la Sala Capitular y la alegría fue inmensa…: la encontraron como recién enterrada y encima de su viejo hábito tenía ahora un manto azul bordado en estrellas. Despedía un fragantísimo olor.
Habiéndose corrido la voz por toda la villa de lo ocurrido, todos querían verla, por lo que se llevó al coro donde estuvo dos días. El olor tan bueno que despedía aquel cuerpo duró muchos días y hay varios seglares que dejaron su testimonio escrito sobre ello.
En 1965 el cuerpo de M. Evangelista seguía estando incorrupto. Durante las obras del nuevo convento lo trasladaron a la iglesia parroquial. Allí permaneció tres años. Después se depositó en un nicho hecho en el suelo de la nueva Sala Capitular del convento. Los seglares y las monjas que quisieron pudieron verla. De estas monjas viven casi todas.

 Hna. María José Pascual
-         6 de enero de 1591. Nace en Cigales, Valladolid.
-         18 de enero de 1591. Bautizo en Cigales.
-         10 de mayo de 1609. Toma de hábito como monja lega.
-         20 de mayo de 1610. Profesión como monja lega.
-         1626. Profesión como monja de coro.
-         25 de octubre de 1633. Sale del Monasterio de San Joaquín y Santa Ana de Valladolid hacia Casarrubios del Monte.
-         27 de noviembre de 1634. Cerrada clausura del Monasterio de la Santa Cruz. Nombrada Abadesa.
-         27 de noviembre de 1648. Fallecimiento.

[1] Fray Tomás Gómez Caucense.
[2] Doctor don Francisco Rodríguez de Neira, autor de la Historia del divino Hieroteo, Obispo de Segovia.
[3] Cigales, provincia de Valladolid.
[4] Cabida.

[5] El manuscrito original de la Relación-Historial de la fundación del monasterio dice: “El día 27 de enero, que es San Juan Crisóstomo del año 1648, viernes…”. Posiblemente se trate de un error de escritura en el manuscrito. Consultando el calendario perpetuo del año 1648, el 27 de enero no fue viernes, sino lunes. El día correcto podría ser el viernes, 17 de enero.
[6] 21 de octubre de 1653.

2 comentarios:

  1. Anónimo11.2.12

    Muchas gracias por darnos a conocer esta "alma grande" que entregó su vida por la salvación de las almas y para gloria de Dios. Y que sufrió tanta prueba por amor de quien la eligió para sí. Que desde el cielo interceda por la Iglesia y por la Orden del Císter.

    Saludos a todas las queridas Hermanas de ese Monasterio de Casarrubios.

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  2. Muchas gracias por dar a conocer la vida esta Santa. Conocemos el Monasterio de San Joaquin y Santa Ana, en Valladolid. Tenemos relación con las hermanas. Nos dieron un librito de la Santa.
    Cuando podamos iremos a Casarrubios a visitar y venerar la tumba de la Santa.

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