Introducción
La obra más
extensa de San Bernardo es el “comentario al año litúrgico” donde expone los
misterios de la salvación mediante una serie de textos bíblicos que le ofrece
la misma liturgia. Y como para él la Biblia es vida litúrgica y tradición
patrística, suele citar estos textos según la verdad que le dan los mismos
Padres de la Iglesia, que ha leído personalmente o escuchado en la celebración
del oficio litúrgico de la noche. Los Padres son sus maestros en el arte de la
interpretación de los textos y la exégesis de ellos es la suya. Por eso quizá
ha llegado a ser él mismo como el representante más eminente de la patrística
medieval[1].
Esta serie de
sermones ya se conocían y se consultaban, incluso en vida misma de San Bernardo[2], y
algunas unidades nos han llegado en una doble redacción, prueba de que su autor corregía, enmendaba y
completaba.
Características
de la Cristología bernardiana
El decurso del
año litúrgico está centrado en el misterio de Cristo, por ello necesitamos
destacar aquí la persona y la obra de Cristo mismo para sentir con la lectura
de los textos la riqueza de inspiración y de vivencia que animaban las fibras
más profundas del mismo San Bernardo.
A raíz del
Concilio Vaticano II se ha ido acentuando el giro antropológico de la
cristología, ya que es el terreno y el marco de la cristología[3].
Cristo vino a nosotros como hombre y para los hombres, y “vino para mí”, dirá
San Bernardo. Por eso el hombre ya no podrá encontrar el sentido de vida más
que en Cristo; y desde ahora será
imposible una antropología integral sin un substrato cristológico. Tampoco
puede concebirse una cristología viva sin ser soteriológica[4],
es el gran mensaje que nos comunica San Bernardo.
Es
inconcebible para Bernardo una cristología antropológica o una soteriología sin
un correspondiente encuadramiento litúrgico[5].
La cristología o soteriología es nuestro misterio antropológico vivido en la
Iglesia, y la vida concreta que la Ella transmite a sus miembros se verifica en
el dinamismo de la liturgia mediante unos signos y símbolos, centrados en el
misterio mismo de la revelación y de la salvación a través de la Palabra de
Dios, leída, escuchada y “rumiada” en el ejercicio asiduo de la Lectio divina y en las celebraciones
cíclicas del misterio de Cristo Salvador a lo largo del año litúrgico.
El
sentido del «Sermón» y el «objetivo»
El sermo tiene una rica tradición
patrística y un género literario muy trabajado en el ámbito monástico. Entre
los cistercienses, el abad solía pronunciar su corto sermón expositivo y
exhortativo en la sala capitular, después del Oficio de Prima, comentando algún
pasaje o capítulo de la Regla benedictina[6]. A
veces eran unas breves exposiciones marcadas de un carácter ascético y
litúrgico inseparables, pero sobre todo, en las festividades litúrgicas más
notorias, el sermón revestía un significado característico en orden a la
solemnidad celebrada.
Por eso el
sermón es ya, de suyo una realidad litúrgica, y se mantiene en estrecha
conexión con el compromiso ascético-místico del cisterciense en su ámbito
concreto “la escuela del amor”[7]. Conlleva
siempre un objetivo supremo a través de la revelación del sacramento y misterio
de Cristo
El objetivo
del sermón apunta a un compromiso con el «sacramento/misterio» de la
celebración litúrgica conmemorada. En repetidas ocasiones San Bernardo cita
ambos conceptos, siempre a la par, inseparables, que son como las claves de
unos tesoros ocultos de vida radicalmente anhelada por los monjes[8].
El
«sacramento»-«misterio»
El misterio es
un elemento interior, es como la médula, la realidad oculta, el objeto de la
fe. Es el alimento asimilable; lo que despierta el gusto. San Bernardo se
refiere a los misterios de la Palabra de Dios, de la vida de Cristo, haciendo
alusión a uno de sus lugares teológicos comunes, el versículo sálmico «gustad y
ved qué dulce (suave) es el Señor»[9].
Sin la asimilación del misterio, todo queda fuera de alcance al entendimiento[10].
El sentido del
sacramento sería la corteza que encubre esa realidad oculta; es el elemento
exterior, captado por los sentidos del cuerpo
La economía
actual de salvación desarrolla constantemente la estructura
sacramento/misterio. Los acontecimientos corporales y visibles ocultan y
revelan al mismo tiempo lo espiritual, lo místico y lo divino. Invisibilia in visibilibus[11].
El desarrollo
dinámico de la historia de la salvación, a la luz del sacramento-misterio le
ofrece a San Bernardo la ocasión de presentar a sus monjes, en sus sermones
litúrgicos, un panorama amplio y dilatado de la verdad revelada y del
compromiso cisterciense[12].
La
belleza en el «sacramento»-«misterio»
La belleza
crea belleza. Es lo que admiramos en San Bernardo. Es un artista que necesita
de a belleza, la elige y la crea; la quiere pura y simple, como pura y simple
es la belleza que Dios mismo destella. Él nos la ofrece en su lenguaje
literario[13] y en su género de vida.
Considera las realidades naturales o sobrenaturales en su estatismo autónomo.
La autonomía y la independencia son para él síntomas del drama lamentable de la
existencia histórica[14].
Todo cuanto existe está dotado de un intenso dinamismo relacional, ya que las
cosas valen no tanto por lo que son en sí mismas cuanto por su capacidad de
relación.
La
belleza primordial
San Bernardo
se alza con la Biblia a los orígenes de la creación y advierte que todas las
cosas “eran buenas”, porque eran puro reflejo de la bondad misma destellando
belleza[15].
Para él, la belleza se debe a la armonía de su misma estructura
sacramento-misterio, visible-invisible, cuerpo-espíritu. En el cosmos, el
conjunto de la creación, reinaba un orden perfecto[16],
porque todo estaba ordenado en medida,
número y peso[17].
Todo lo había creado Dios en su poder y con su desnuda palabra resonando en el
abismo de la nada[18].
Todo era resplandor de la belleza divina[19],
y todo estaba ordenado al hombre y para el hombre, que gozaba de un «vigor
racional»[20].
Esta belleza
primordial estaba más allá del tiempo trágico, del tiempo de la existencia
histórica marcada por una culpa y sus consecuencias. Por eso este ideal supremo
de belleza, para San Bernardo, es una meta a lograr en el ésjaton. Esta belleza primordial es un brevísimo relampagueo dentro
del desarrollo de la economía de la salvación, y tan breve que nunca ha
existido en la historia. Por eso pasa a ser en San Bernardo mera referencia
escatológica, y si se admite su paso fulgurante por el tiempo, lo será como
anticipación suprema de la belleza consumada[21].
El
drama primordial: la deformidad eclipsa la belleza
Para San
Bernardo es el punto de arranque de la línea recta y circular, o mejor quizá
espiral, que se vive en el mundo y con más intensidad en el contexto litúrgico
del claustro, y que tiende a la escatología[22].
Es una espiral trágica que arranca más allá de la historia, en la metahistoria
y que San Bernardo lo acentúa con singular vehemencia. Se trata de la creación
bajo el signo del pecado; la belleza primordial que yace desgarrada en el
cosmos[23],
pero no desaparece, solamente se eclipsa[24].
Con acentos un
tanto retóricos alude a Lucifer[25],
que se desarmoniza; vuelve destructor de la belleza por antonomasia,
desconectándose de su hacedor[26].
San Bernardo penetra en el mundo angélico, que, en Cristo, es también agente
del dinamismo económico salvífico; insiste tanto en el origen del mal, que
parecen resonar en él los ecos lejanos de la literatura intertestamentaria,
supliendo en cierto modo los datos sobrios y oscuros de la revelación.
Los
aires de la deformidad en los orígenes del hombre
El pecado de
los ángeles marca ya toda la creación con el sello del desorden y de la
tragedia, y el pecado entra en funciones en la vida del hombre[27];
pero ya en los comienzos trágicos estaba presente el agente de la liberación
suprema, Cristo[28]. Sin él, incluso el mismo
pecado dejaría de tener sentido; y comienza un dinamismo lúdico entre las
fuerzas misteriosas antagónicas, Cristo y el pecado, que tienen por escenario
la liturgia misma, y por trofeo conquistable, la persona humana, y más en
concreto, el monje, para el que San Bernardo escribe y se afana.
El pecado de
Adán y Eva hacen del mundo un país de muerte, de mentira, de agitación y de
noche; también, un amplio y proceloso mar en donde impera la fatiga y el dolor,
un valle de lágrimas, un desierto, Egipto y sobre todo Babilonia[29].
Todo esto se da desde el principio, es la protología[30]
existencial, marcada por el pecado.
El
«sacramento-misterio» en la actual economía salvífica y el inicio del juego
litúrgico
El contenido
de la economía de la salvación es puro don que se otorga al hombre bajo el
binomio «sacramento-misterio». Pero este binomio se adecua totalmente al
binomio «carne (cuerpo)-espíritu» en el hombre.
Jesucristo, humanidad-divinidad. Al
introducirse en la economía de salvación, viene a restaurar la belleza
primordial en el hombre y en la creación. Cristo en cuanto mediador, es
liberador[31] de la belleza oculta y
cautiva por la deformidad que reina en la carne-de-pecado o cuerpo-de-muerte en
el hombre[32]. Jesucristo es sacramento
de reconciliación y de salvación, en cuanto que, haciéndose hombre perfecto,
adopta este mismo cuerpo-de-muerte y carne-de-pecado sin el pecado, para hacer
así saltar los grillos que atenazan a la belleza cautiva[33].
El
desarrollo de un combate
Los sermones
litúrgicos de cuaresma, incluyendo la antigua septuagésima, junto con el Comentario al salmo 90, despliegan el
espectáculo de un combate y constituyen la garantía de una victoria definitiva[34].
El vocablo «septuagésima» sugiere el interin
y el adhuc de nuestra cautividad[35],
momentos en que no podemos dormirnos[36].
Cristo,
nuestra Cabeza, lucha con nosotros mediante el ayuno, la oración[37] y
el control de la concupiscencia y de la gula[38],
pecados que el hombre viene arrastrando desde el «tiempo trágico», en los
albores de la protología, pues Satán es el mismo y se sirve de las mismas
astucias.
Pero es quizá
el Comentario al salmo 90 lo que nos
introduce más de lleno en la atmósfera de combate. Estos sermones forman una
unidad muy destacada en el conjunto de los sermones litúrgicos[39].
La cuaresma es
un período de lucha, de tentación y de transformación moral[40].
De hecho, toda la vida es una cuaresma, un encarnizado combate[41].
De esta manera se va dilatando la confianza en el liberador[42] y
se despejan los horizontes de la escatología:
«Todo el
mérito del hombre estriba en que ponga toda su esperanza en aquel que lo salva»[43].
La liberación apunta
a una «sabatización» y a un gusto anticipado que se va alcanzando en el mismo
combate como experiencia a la vez progresiva y anhelante hacia la paz y el
descanso:
«Mientras sufrimos la tribulación sólo
suspiramos que llegue el descanso, como plenitud de nuestros deseos. Pero no
gozaremos de descanso ni en el mismo descanso, porque se despertará el ansia de
la gloria y el anhelo de la resurrección. Es
cierto lo que dice el Espíritu: podrán descansar de sus trabajos. Descansan
de sus trabajos los que mueren en el Señor; pero sus gritos no cesan. Debajo
del trono de Dios están gritando las almas de los degollados. No sienten
molestia alguna; pero aún no poseen el gozo completo, hasta que el descanso dé
paso a la resurrección y el sábado culmine en la Pascua»[44].
Lo que se ha realizado en Cristo Jesús es la firme garantía de cuanto se realizará. La esperanza de la victoria final es más intensa cuanto más se funda en la inquebrantable convicción de que la victoria decisiva ha sido ya realizada.
Hna. Florinda Panizo
[1] Cf. J. Lecclercq, St.
Bernard et l’esprit cistercien (París 1966) p. 30; O. Rousseau, St. Bernard, «le dernier des Pères», en Saint Bernard théologien: Analecta S. O.
C. 9 (1953) 300-309).
[2] ID.,
Sermones per annum, en Sancti Bernardi
Opera IV p. 119-159.
[3] O.
González de Cardedal, Jesús de
Nazaret. Aproximación a la Cristología (Madrid) 1975 p. 282ss.
[4]
Soteriología, es la rama de
la teología que estudia la salvación
(del griego sōtēría, salvación, y logos, estudio), es decir, cómo la humanidad
es redimida o liberada del pecado y sus consecuencias, enfocándose
principalmente en el cristianismo en la obra de Jesucristo.
[5] O.
González de Cardedal, Cristología
y liturgia, Reflexión en torno a los ensayos cristológicos contemporáneos:
Phase 18 (1978) 213-258.
[6] Cf.
B. Griesser, Die «Eclesiastica
officia Cisterciensis Ordinis» des Cod.1711 von Trien: Analecta S. O. C. 12
(1956) 235,270.
[7] Schola caritatis: Guillermo
de Saint Thierry, De Natura et
dign. amoris 26; J. De Ford, In Cant. 56,3, en Corp. Christ. Cont. Moed et dig. 17,394; 93,6.
[8] Anum 1,6; Vig.Nav 5,1; Epf 2,1;
OEpf 2,1; MiercS 10; JueS 2; Re 1,3; 11,12, etc.
[9] TSS 1,4; 4,3.
[10] Anun 1,6.
[11] El gran principio de la liturgia
enunciado en el prefacio de Navidad; Anun 5,1; Ded 4,2.
[12] Nav 3,1; 4,5; Ram 2,5; Re 2,12.
[13] Cf. J. Leclercq, St.
Bernard et l’esprit cistercien p. 35-41.
[14] Nav 2,3: «amarum discidium,
triste divortium»; Ded 2,3.
[15] Pent 3, 3,4; VigNav 3,8; 4,3;
suele citar Rom 1,20 para mostrar que la belleza de la creación es reconocible
por el hombre; TSS 4,4; Ded 6,2.
[16] XIXC 8,10: «iustissima
dispositio et irreprehensibilis ordo rerum».
[17] Sab 11,21.
[18] VigNav 3,8; SIXC pref. 1; MiercS
13; SIXC 14,3: con la diferencia de que en la Pasión le había costado mucho la
nueva creación.
[19] VigNav 3,8. Esta belleza es
preludio de la belleza sacramental del hombre en Cristo.
[20] Pent 3,4; SIXC 14,1-2,5.
[21] En virtud de la continuidad
entre el pecado de los ángeles y el pecado de Adán y Eva, el breve lapso de
tiempo de belleza primordial, de hecho existencialmente inexistente en el
tiempo histórico, pasa a ser un signo anticipado del ésjaton: VigNav 3,2; Adv 1,4; 7, 1,2; VigNav 2,2.
[22] Circ 1,2.
[23] MiercS 7. Los efectos se hacen
patentes en el hombre en virtud de la separación con la fuente de la belleza,
Dios (Adv 6,2; VigNav 3,2; SIXC 10,2,5).
[24] Se encorva (Nat 2,3); se
ensombrece (NatVM 1-3
[25] Soberbio (Opasc 2,1-2; INov
2,3); ambicioso (Bnt 11); mentiroso (Adv 1,3; soñador de poder (Asc 4,2,5);
inestable y miserable (CalNov 3,1,4; VigNav 4,9; TSS 1,8).
[26] Nav 2,3; Ded 1,1.
[27] Sept 1,5.
[28] Adv 3,1.
[29] Babilonia, tierra, lugar de
desierto, de catástrofe (OPasc 2,3); cárcel, lugar enlodado, pedregoso, donde
los cautivos yacen sucios y maltrechos (OPasc 2,4); es el hic de la malicia, de la corrupción y de la deformidad (Asc 3,1; es
el frustrado monte de poder, apetecible a los ángeles caídos y a todo hombre no
purificado (Asc 4,5).
[30] La protología, como parte de la teología
cristiana, aborda la cuestión de las
condiciones de una vida válida ante Dios. Se centra en las «cosas primeras», pero no solo en su función
histórica como punto de partida del tiempo («tiempo primordial»), el proceso al
que está sujeta toda la realidad de las criaturas.
[31] Anun 3,1; MiercS 2.
[32] Y adopta la forma de no-belleza,
de deformidad según Is 53,2, citado en MiercS 3; I Nov 4.
[33] VigNav 5,7; 6,2; Adv 3,1.
[34] Sept 1,4.
[35] Ibíd.
[36] Sept 2,3.
[37] Cuar 3,1ss; 4,3.
[38] Cuar 5,3.
[39] Dada por la temática del salmo
comentado en función de la lucha según el contenido cuaresmal.
[40] SIXC 14,4: cuaresma espiritual.
[41] SIXC 17,1: esta vida es una
muerte; VIPent 2,5.
[42] SIXC 15,5.
[43] Ibíd.
[44] Ram 3,5; Re 1,8.

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