-El núcleo este texto evangélico es un anticipo de la Pascua en
pleno camino cuaresmal. La Transfiguración es un destello de luz en medio del
camino hacia la cruz. Jesús lleva a Pedro, Santiago y Juan a un monte alto y
allí se manifiesta en su gloria. No es un espectáculo, sino una pedagogía
espiritual: antes de que los discípulos vean el rostro desfigurado del
Crucificado, Dios les permite contemplar su rostro glorioso.
-Este pasaje invita a reconocer que Dios
también nos concede momentos de luz para sostenernos en los momentos de prueba.
No son evasiones, sino confirmaciones: “Este es mi Hijo amado… escuchadlo”. Subir
al monte: significa el camino interior del discípulo que en este momento soy
yo. Jesús “toma consigo” a los tres discípulos. No suben solos, Jesús sube con
ellos. La vida espiritual no comienza por el esfuerzo humano, sino por la iniciativa
de Dios.
En clave de oración, este detalle abre
tres líneas de meditación: Hay que dejarse llevar, por tanto me
pregunto: ¿Qué resistencias pongo cuando Dios me invita a subir más alto?: Un requisito
es: al menos en algún momento debo
buscar para separarme un poco del ruido ya que retirarse al monte simboliza el
silencio, la distancia de lo cotidiano. Aceptar el tercer requerimiento
es el esfuerzo: la subida es exigente, como todo proceso de conversión. La
Cuaresma es precisamente este movimiento: dejar que Dios nos conduzca a un
lugar donde pueda hablarnos con claridad.
-La luz de Cristo es una revelación que
transforma: El rostro de Jesús “resplandeció como el sol”. No es una luz
externa, sino la manifestación de lo que Él es. La Transfiguración revela que
la gloria de Dios no está reñida con la humanidad, sino que la habita y la
eleva.
- Entonces este momento del tabor es la oportunidad de experimentar esta
luz y la invitación a Mirar a Cristo para descubrir quiénes somos: nuestra
identidad más profunda está llamada a la gloria. Reconocer que la santidad no
es perfeccionismo, sino dejar que la luz de Dios penetre nuestras sombras. Entender
que la conversión no es un cambio cosmético, sino una transformación desde dentro.
-Moisés y Elías, representan la historia
que converge en Jesús. La presencia de Moisés -Ley- y Elías –Profetas- indica
que toda la Historia de la Salvación (la Biblia) converge en Cristo. Él es la
clave de lectura de toda la Escritura, es decir el Antiguo y Nuevo Testamento. Esto
ayuda a comprender que la fe no es improvisación: tiene raíces, memoria,
continuidad. Jesús no es un maestro más: es la Palabra definitiva. Escucharlo es
entrar en la verdad de toda la historia humana.
“Qué bien se está aquí”:
Esta frase subraya la tentación de instalarse. Pedro quiere hacer tres tiendas.
Es comprensible: cuando uno experimenta a Dios, desea quedarse allí. Pero la
voz del Padre no invita a quedarse, sino a escuchar y seguir. En la vida
espiritual, esta escena enseña que la felicidad del encuentro o consolaciones
espirituales no son para retenerlas, sino para fortalecernos y sostener la
misión cuando ya no disfrutamos del resplandor de la presencia del Señor.
La fe no se vive en la cima, sino en el
valle donde esperan los hermanos, -la vida cotidiana- La luz de la transfiguración
no es un refugio permanente, sino un impulso para dejarnos transformar y configurar con Él en su
Obra Redentora en la que también habrá una pasión y una muerte antes de la resurrección.
“Escuchadlo”: el corazón del discipulado: La
voz del Padre no pide admirar a Jesús, sino escucharlo. La escucha es la forma
más profunda de amor y obediencia. Esta frase debe ser el eje y fuente de
cuestionamiento: ¿Qué palabra de Jesús necesito escuchar hoy?; ¿Qué
resistencias tengo a su voz?; ¿Qué decisiones concretas me pide su Evangelio?.
“No tengáis miedo” es
la palabra que sostiene la misión: Los discípulos caen al suelo, asustados.
Jesús se acerca, los toca y les dice: “Levantaos, no tengáis miedo” y es que la
experiencia de Dios no paraliza sino que levanta. Lo iremos experimentando a
medida que vayamos tratando de vivir el mensaje evangélico.
Esta frase de “No tengáis
miedo” también debe abrir un momento de sanación interior pues debemos
preguntarnos: ¿Qué miedos me impiden seguir a Cristo con libertad?; ¿Qué
heridas necesitan el toque de Jesús?; ¿Qué llamada me está haciendo Dios que no
me atrevo a asumir? Aceptar sincera y serenamente la respuesta de estas
preguntas ya implica sanación o al menos comienzo de ese proceso.
Finalmente, “bajar del monte” significa la espiritualidad de lo cotidiano, después
de la visión: Jesús mismo los hizo bajar, porque la vida cristiana no se queda en la
experiencia mística: se encarna en lo concreto porque verdadera conversión se
verifica al volver a la vida diaria. Entonces, la luz recibida debe iluminar
relaciones, decisiones, hábitos y cada momento de nuestra vida.
La misión del cristiano comienza cuando
termina la reflexión y se hace vida en la práctica, cuando comienza la oración
vivida desde todos los niveles de nuestra existencia y en todos los momentos de
nuestra vida cotidiana.
Dios me llama a subir: dejaré espacio
para Él. Cristo se revela: dejaré que su luz toque mis sombras. Escucharé su
voz y dejaré que su Palabra me oriente. No tendré miedo porque dejaré que su
amor me levante. Confío plenamente que bajaré transformado del Monte y dejaré
que mi vida sea luz para otros.

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