28 de febrero de 2026

Reflexiones sobre el Evangelio del II Domingo de Cuaresma de 2026 (Ciclo A) Mt 17, 1‑9. Es el relato de la Transfiguración del Señor en san Mateo).

-El núcleo este texto  evangélico es un anticipo de la Pascua en pleno camino cuaresmal. La Transfiguración es un destello de luz en medio del camino hacia la cruz. Jesús lleva a Pedro, Santiago y Juan a un monte alto y allí se manifiesta en su gloria. No es un espectáculo, sino una pedagogía espiritual: antes de que los discípulos vean el rostro desfigurado del Crucificado, Dios les permite contemplar su rostro glorioso.

-Este pasaje invita a reconocer que Dios también nos concede momentos de luz para sostenernos en los momentos de prueba. No son evasiones, sino confirmaciones: “Este es mi Hijo amado… escuchadlo”. Subir al monte: significa el camino interior del discípulo que en este momento soy yo. Jesús “toma consigo” a los tres discípulos. No suben solos, Jesús sube con ellos. La vida espiritual no comienza por el esfuerzo humano, sino por la iniciativa de Dios.

En clave de oración, este detalle abre tres líneas de meditación: Hay que dejarse llevar, por tanto me pregunto: ¿Qué resistencias pongo cuando Dios me invita a subir más alto?: Un requisito es: al menos en algún momento  debo buscar para separarme un poco del ruido ya que retirarse al monte simboliza el silencio, la distancia de lo cotidiano. Aceptar el tercer requerimiento es el esfuerzo: la subida es exigente, como todo proceso de conversión. La Cuaresma es precisamente este movimiento: dejar que Dios nos conduzca a un lugar donde pueda hablarnos con claridad.

-La luz de Cristo es una revelación que transforma: El rostro de Jesús “resplandeció como el sol”. No es una luz externa, sino la manifestación de lo que Él es. La Transfiguración revela que la gloria de Dios no está reñida con la humanidad, sino que la habita y la eleva.

- Entonces este momento del  tabor es la oportunidad de experimentar esta luz y la invitación a Mirar a Cristo para descubrir quiénes somos: nuestra identidad más profunda está llamada a la gloria. Reconocer que la santidad no es perfeccionismo, sino dejar que la luz de Dios penetre nuestras sombras. Entender que la conversión no es un cambio cosmético, sino una transformación desde dentro.

-Moisés y Elías, representan la historia que converge en Jesús. La presencia de Moisés -Ley- y Elías –Profetas- indica que toda la Historia de la Salvación (la Biblia) converge en Cristo. Él es la clave de lectura de toda la Escritura, es decir el Antiguo y Nuevo Testamento. Esto ayuda a comprender que la fe no es improvisación: tiene raíces, memoria, continuidad. Jesús no es un maestro más: es la Palabra definitiva. Escucharlo es entrar en la verdad de toda la historia humana.

 “Qué bien se está aquí”: Esta frase subraya la tentación de instalarse. Pedro quiere hacer tres tiendas. Es comprensible: cuando uno experimenta a Dios, desea quedarse allí. Pero la voz del Padre no invita a quedarse, sino a escuchar y seguir. En la vida espiritual, esta escena enseña que la felicidad del encuentro o consolaciones espirituales no son para retenerlas, sino para fortalecernos y sostener la misión cuando ya no disfrutamos del resplandor de la presencia del Señor.

La fe no se vive en la cima, sino en el valle donde esperan los hermanos, -la vida cotidiana- La luz de la transfiguración no es un refugio permanente, sino un impulso para  dejarnos transformar y configurar con Él en su Obra Redentora en la que también habrá una pasión y una muerte antes de la resurrección.

 “Escuchadlo”: el corazón del discipulado: La voz del Padre no pide admirar a Jesús, sino escucharlo. La escucha es la forma más profunda de amor y obediencia. Esta frase debe ser el eje y fuente de cuestionamiento: ¿Qué palabra de Jesús necesito escuchar hoy?; ¿Qué resistencias tengo a su voz?; ¿Qué decisiones concretas me pide su Evangelio?.

 “No tengáis miedo” es la palabra que sostiene la misión: Los discípulos caen al suelo, asustados. Jesús se acerca, los toca y les dice: “Levantaos, no tengáis miedo” y es que la experiencia de Dios no paraliza sino que levanta. Lo iremos experimentando a medida que vayamos tratando de vivir el mensaje evangélico.

Esta frase  de “No tengáis miedo” también debe abrir un momento de sanación interior pues debemos preguntarnos: ¿Qué miedos me impiden seguir a Cristo con libertad?; ¿Qué heridas necesitan el toque de Jesús?; ¿Qué llamada me está haciendo Dios que no me atrevo a asumir? Aceptar sincera y serenamente la respuesta de estas preguntas ya implica sanación o al menos comienzo de ese proceso.  

Finalmente, “bajar del monte” significa la espiritualidad de lo cotidiano, después de la visión: Jesús mismo los hizo bajar, porque  la vida cristiana no se queda en la experiencia mística: se encarna en lo concreto porque verdadera conversión se verifica al volver a la vida diaria. Entonces, la luz recibida debe iluminar relaciones, decisiones, hábitos y cada momento de nuestra vida.

La misión del cristiano comienza cuando termina la reflexión y se hace vida en la práctica, cuando comienza la oración vivida desde todos los niveles de nuestra existencia y en todos los momentos de nuestra vida cotidiana.

Dios me llama a subir: dejaré espacio para Él. Cristo se revela: dejaré que su luz toque mis sombras. Escucharé su voz y dejaré que su Palabra me oriente. No tendré miedo porque dejaré que su amor me levante. Confío plenamente que bajaré transformado del Monte y dejaré que mi vida sea luz para otros.

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