El tiempo de Cuaresma siempre comienza con la evocadora liturgia del Miércoles de Ceniza. Estar marcados simbólicamente por ese polvo oscuro no tiene nada de teatral: es un gesto sobrio y poderoso que nos recuerda con realismo nuestra condición. «Polvo eres, y al polvo volverás». Esta no es una fórmula pesimista, sino una verdadera afirmación sobre nuestra fragilidad. Sin embargo, si nos detuviéramos solo en esta afirmación, correríamos el riesgo de perder la buena nueva del Evangelio. El Miércoles de Ceniza no es un punto de llegada, sino un umbral. Es la puerta que nos introduce en un período de cuarenta días, un viaje que comienza con la conciencia de nuestra precariedad y nos conduce a la luz de la Pascua. La Cuaresma no humilla al hombre; lo sitúa en la verdad. Nos recuerda que somos polvo, sí, pero no polvo anónimo ni abandonado: somos polvo amado. Este es el punto de inflexión decisivo. La fragilidad no es una condena, sino el lugar donde Dios elige manifestar su misericordia. Solo quienes aceptan que no se bastan a sí mismos pueden abrirse a la salvación. Desde esta perspectiva, el ayuno, la oración y la limosna no son actos religiosos ni ejercicios de eficiencia espiritual. Carecen de propósito, de demostrar algo a Dios o a los demás. Son herramientas concretas para reencontrarnos con nosotros mismos, para hacernos espacio, para abandonar las ilusiones de autosuficiencia. El ayuno nos libera de la ilusión de que todo depende de las posesiones; la oración nos libera de la pretensión de ser el centro; la limosna rompe la indiferencia y nos restituye a los demás. La Cuaresma, entonces, es un mensaje existencial radical: partir de la verdad de quiénes somos para permitir que Dios haga algo nuevo. Las cenizas no son la última palabra. Son el punto de partida de un camino que conduce a la Vida. Solo quienes aceptan su propio polvo pueden acoger la promesa de la resurrección.

No hay comentarios:
Publicar un comentario