25 de marzo de 2016

VIERNES SANTO (Ciclo C)

       

    “Él soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores; él fue traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes; nuestro castigo saludable vino sobre él, sus cicatrices nos curaron”. Estas palabras del libro de profeta Isaías probablemente describen las peripecias de un personaje contemporaneo al autor  y que más tarde sirvieron de pauta a las primeras generaciones cristianas para tratar de entender el escándalo de la cruz, el modo cruel como fue suprimido Jesús, el Maestro bueno que pasó haciendo el bien, que hablaba con autoridad, que trataba de hacer comprender la bondad de Dios por medio de sus palabras, corroboradas con sus milagros y curaciones.

            Muchos son los pobres, marginados, justos e injustos, jóvenes y ancianos, que mueren violentamente a diario, cuya desaparición no tiene más razón que la crueldad humana, la indiferencia, los prejuicios y las ambiciones que explican, pero no justifican, la trama de la historia de la humanidad. De algunas de estas personas se recuerda que existieron y se ensalza quizá su cometido, pero de la gran mayoría de ellos no se hace caso ni mención alguna. Pero el recuerdo de Jesús, permanece vivo y son legión quienes hablan de él, lo exaltan, lo admiran o incluso lo combaten o lo desprecian. Pero en todo caso lo recuerdan y mencionan.

            En la tarde del Viernes Santo los cristianos se reunen para recordar una vez más la muerte de Jesús. Con sobriedad austera, la celebramos con acentos de victoria y triunfo, precisamente porque creemos que su existencia no terminó ni en la dura madera de la cruz ni en la frialdad del sepulcro, y que la losa que se corrió sobre su entrada no puso punto final a su obra. El relato que Juan el evangelista hace de los detalles de la pasión de Jesús, junto con las reflexiones del libro de Isaías y del autor de la carta a los Hebreos muetra que, por su pasión y muerte, Jesús se ha convertido en autor de salvación eterna, para quienes aceptamos creer en él.

            La reunión litúrgica del viernes santo comporta un homenaje a la Cruz, el instrumento de la muerte de Jesús. Los Padres de la Iglesia, así como muchos poetas, han cantado las excelencia del madero que aguantó el cuerpo de Cristo, que fue altar de la ofrenda de su vida. El evangelio recuerda que los mismos discípulos huyeron, se dispersaron, ante el espectáculo de la Cruz. Las primeras generaciones cristianas tuvieron que luchar con todas sus fuerzas, hasta el momento en que la cruz se convirtió en simbolo de honor y dignidad. La Cruz se ha convertido en signo de la victoria de Jesús sobre la muerte y el pecado, en signo de la voluntad de comunión y de obediencia a la voluntad del Padre.

            Desde esta perspectiva, la Cruz ha sido cantada por los santos como objeto de amor y de deseo. Pero hemos de ser realistas y no olvidar que la Cruz aparece también en el lenguaje corriente, como símbolo de todo lo que mortifica al hombre, de lo que lo entristece, de lo que lo que puede embrutecerlo. No siempre sabemos apreciar el aspecto válido de la Cruz: demasiado a menudo tratamos de huir de ella, de volverle la espalda en cuanto posible. Los cristianos no adoramos la Cruz movidos por una actitud enfermiza, replegada sobre el dolor y el sufrimiento como si éstos tuviesen valor por sí mismos. La adoración de la cruz no va dirigida a la materialidad del leño, sino a Aquél que por medio de tal instrumento consumó su obra. Prestar homenaje o adorar a la cruz exteriormente, servirá de bien poco si no suscita en nosotros una decisión de adherir a Jesús y a su evangelio, de convertir en vida cuanto nos enseñó de palabra y obra. 

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