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Abadía Cisterciense de Santa María de Viaceli Cóbreces - Cantabria |
VII.- La evolución medieval de la
oración de los monjes
Entre las innovaciones que impuso Benito
de Aniano en los monasterios, algunas se referían especialmente al campo de la
liturgia, introduciendo elementos no comtemplados por la tradición anterior y
que, más tarde, el monasterio de Cluny llevará a su máximo auge, de modo que la
celebración del oficio que, según la
Regla de San Benito, era la primera obligación del monje
junto a la obligación del estudio y la del trabajo, se convierta en la única
preocupación, rompiendo de esta manera el equilibrio ideado por San Benito. No
estará de más examinar las innovaciones introducidas por Benito de
Aniano, que aparecen descritas en la vida del mismo escrita por Ardón Esmaragdo[2]
y son las siguientes:
a)
La primera obligación que impone a los monjes es la visita o peregrinación,
tres veces al día (antes de las vigilias, después de prima y después de
completas) a todos los altares de la iglesia monástica, recitando ante cada uno
el Padre nuestro y el Credo.
b)
Antes del oficio de vigilias, los monjes, sentados en su lugar en el coro, han
de recitar en voz baja quince salmos (los llamados “salmos graduales”[3]):
los primeros cinco como sufragio por todos los fieles vivientes repartidos por
todo el mundo; otros cinco por los fieles difuntos y los últimos cinco por los
que puedan haber muerto sin que se tenga noticia de su defunción.
c)
Por último, impone a los monjes el canto de otros salmos mientras se dirigían
al trabajo manual, pero no consta ni su número ni cuales eran.
Los
elementos de la obra de Benito de Aniano fueron recogidos como herencia por el
monasterio de Cluny y por sus dependencias, en los cuales, por si no bastase,
se introdujeron, a lo largo de los siglos X-XI, otros elementos que aumentaban
el peso de la plegaria comunitaria. Todas estas prácticas, que eran fruto de
una devoción respetable pero en verdad ajena al espíritu del autor de la Regla benedictina, se fueron
introduciendo paulatinamente en los monasterios europeos y más tarde fueron
sancionadas por sínodos y concilios[4].
Entre estas innovaciones hay que recordar[5]:
a) La recitación, después de prima, de
los siete salmos penitenciales[6];
c) Los Psalmi familiares,
recitados al final de las distintas horas por los bienhechores vivos y
difuntos;
b) Los Psalmi prostrati,
añadidos a los anteriores en el tiempo de Cuaresma;
d) Maitines, Laudes y Vísperas del
Oficio de la
Santísima Virgen ;
e) Laudes y Vísperas del Oficio de
todos los santos;
f) Maitines, Laudes y Vísperas del
Oficio de difuntos;
g) El símbolo Quicumque,
atribuido a S. Atanasio.
Udalrico, monje del monasterio de
Cluny, a petición del abad Guillermo de Hirsau, recopiló entre 1080 y 1085 una
versión de las “Consuetudines Cluniacenses” que permiten hacerse una
idea muy precisa de como se desarrollaba el Oficio divino en aquella iglesia
abacial[7].
El oficio ordinario respetaba básicamente
el esquema de la Regla
benedictina, pero la conclusión de cada hora, lo que el Legislador indicaba
como “Letania o Kyrie eleison”[8],
conocía un crecimiento desmesurado: estaba formada por versículos, entresacados
de los salmos o de otros libros de la Escritura , que podían llegar a ser desde catorce
hasta treinta y uno. A estos versículos, en los días fuera del tiempo pascual o
de las octavas se anteponía el salmo cincuenta. Una vez terminados los
versículos y antes de la colecta final se añadían otros cuatro salmos, excepto
en la hora de completas que eran solamente tres.
Udalrico señala otros complementos del
Oficio para tiempos especiales como es la Cuaresma :
a) Después de las Vigilias y después de
Vísperas tenía lugar una procesión a la iglesia de Santa María, que comprendía
el canto de varios salmos.
b) Cada día se celebraban también
Laudes y Vísperas del oficio de Todos los Santos y de los difuntos.
c) A los cuatro salmos ya aludidos, que
el mismo Udalrico llama “psalmi appendici”, se indican otros salmos para
cada una de las horas durante el tiempo cuaresmal.
d) Después de Prima tenía lugar la
recitación de los siete salmos penitenciales, seguidos de otros cuatro salmos.
e) Se habla de otros salmos que eran
recitados después del capítulo y de las comidas, así como los salmos como
sufragio en el caso de la muerte de un monje.
f) Cada día se recitaba también el
símbolo Atanasiano.
Si el esquema de la Regla supone un total de
cuarenta unidades sálmicas (salmos enteros o divisiones), al añadirle los psalmi
appendici, se llega a recitar en un día de setenta y cinco a ochenta
salmos, lo que supone un total de 525 a 560 unidades a la semana, es decir equivalente
a más de tres salterios semanales.
Ante esta multiplicación de
celebraciones prolijas, de oraciones vocales interminables, nosotros, hombres
del siglo XXI nos sentimos fuera de lugar, incapaces de comprender, entre otras
cosas, el aguante físico y psíquico de aquellos hombres. Una larga recitación
de salmos no puede retener la atención del que reza y se corre el peligro de
caer en una rutina peligrosa.
Cabe preguntarse, sin embargo, como
aquellos monjes, de cuya buena fe no se puede dudar, fueron capaces de no prestar
atención a algunas prescripciones de la Regla benedictina, que habrían podido evitar
estos peligros, como por ejemplo:
“Estemos en la
salmodia de tal modo que nuestra mente concuerde con nuestros labios”[9].
Y también:
“Pensemos que somos
oídos no por el mucho hablar, sino por la pureza del corazón y compunción de
lágrimas. Por lo mismo, la oración debe ser breve y pura, a menos que tal vez
se prolongue por un afecto de la inspiración de la divina gracia. Mas en
comunidad abréviese la oración en lo posible y, dada la señal por el superior,
levántense todos a un tiempo”[10].
Las leyes de la hermenéutica
recomiendan, en el caso de tener que juzgar un hecho concreto, conviene tratar
de ponerse en las condiciones en que sucedió el hecho. Sin querer olvidar este
sabio consejo, me permito pensar que este modo de actuar de los monjes
medievales deja entrever una opinión pesimista del hombre/mujer de su tiempo.
En efecto, teniendo presente el precepto bíblico de la oración incesante por
una parte, y por otra la caducidad de los humanos, frecuentemente demasiado incapaces
de llevar a cabo dicho precepto, decidieron sumergir al monje/monja en un
cúmulo de oraciones para ayudarlo, de alguna manera, a ser fiel al mandato de
la plegaria. Sería un poco más difícil poder afirmar si este método obtuvo su
efecto o no en todos los casos.
Pero, junto a todas estas
constataciones, no es posible olvidar que fueron precisamente aquellas
generaciones de monjes las que, a lo largo de siglos sumamente duros y
difíciles, conservaron la cultura y forjaron las bases de nuestra Europa
actual.
Un día, hablando de estas cuestiones
con el célebre benedictino Dom Jean Leclercq, de la abadía de Clervaux en
Luxemburgo, me sorprendió con una frase digna de antología: “Las celebraciones
largas y solemnes de los monjes son como una grande distracción abierta al
cielo”. Sin comentarios.
Y la historia, que es maestra de vida,
nos enseña que no faltaron monjes que supieron reaccionar ante esta realidad y
se esforzaron en buscar nuevos caminos, como lo intentaron y lo lograron los
fundadores de la Orden Cisterciense.
VIII.- La reacción de los
cistercienses en el campo de la oración monástica
En 1098, un grupo de monjes de la
abadía benedictina de Molesmes en Borgoña, con los debidos permisos
eclesiásticos, dio comienzo al llamado “Nuevo Monasterio”, en el que germino un
nuevo y renovado intento de vida monástica, dejando de lado la sobrecarga del “pensum
servitutis”[11],
que se había implantado en los cenobios de tradición benedictina y cluniacense.
Fue realmente una revolución en el ambiente monástico de la época la decisión
de los monjes del “Nuevo Monasterio” de limitarse exclusivamente al oficio que
S. Benito propone en la Regla.
Me permito citar un fragmento de la
obra que lleva por título “Exordium
Magnum”, obra de Conrado de Eberbach (+ 1221) que, si bien no forma parte
de las primeras generaciones de la
Orden , recoge sin embargo noticias acerca de los primeros
tiempos que tienen valor para nosotros, en cuanto ofrece de modo conciso y
claro los fines de la reforma cisterciense en el ámbito que nos ocupa:
“Los monjes de Cister
decidieron, desde el comienzo, observar en todo las tradiciones de la Regla relativas al modo y
orden de los servicios divinos, suprimiendo por completo y rechazando cualquier
agregado a los salmos, oraciones y letanías, que fueron añadidos
arbitrariamente al Oficio por padres menos considerados. Después de seria
consideración, conscientes de la fragilidad y debilidad humana, hallaron que
esas adiciones eran más dañinas que saludables para los monjes, dado que su
multiplicidad daba por resultado que, no sólo el holgazán, sino también el
diligente, las recitaran en forma tibia y negligente” [12].
El valor de este texto aumenta si se
tiene en cuenta que, cuando se escribió entre finales del siglo XII y comienzos
del XIII, algunas prácticas, como el Oficio de Difuntos o el Oficio Parvo de la Santísima Virgen
que, en un primer momento fueron abandonadas por la Orden , empezaban a
introducirse de nuevo, del todo o en parte[13].
El radicalismo que caracterizó los comienzos del Nuevo Monasterio primero y de
la naciente Orden después, fue cediendo poco a poco ante los usos y las
costumbres imperantes y, a lo largo de un proceso que duró siglos, la
celebración del Oficio en la familia cisterciense llegó a tener una prolijidad
que habría merecido un juicio parecido al del autor del “Exordium Magnum”.
Habrá que esperar el Concilio Vaticano II para poder recuperar plenamente la
simplicidad primitiva.
El esfuerzo realizado por los
fundadores del Nuevo Monasterio para mantener su fidelidad a los principios de la Regla Benedictina
no pasó desapercibido por monjes y clérigos que, con espíritu crítico o bien con
admiración, nos han dejado su opinión. Vale la pena recordar algunos de estos
testimonios.
Dom A. Wilmart publicó un escrito que
un monje benedictino, con toda probabilidad Hugo de Amiens, compuso para
reaccionar ante la crítica acerba del mundo cluniacense que es la célebre “Apología”
de San Bernardo[14].
Este escrito ha conservado un párrafo de gran valor para enjuiciar la reforma
cisterciense de la liturgia. El autor constata que los cistercienses no se
duermen en maitines porque han dormido tranquilos durante la noche entera, ya
que su oficio se reduce a recitar los salmos prescritos por la Regla , con exclusión de
cualquier otro añadido, como hacían los monasterios benedictinos:
“En la noche el
cisterciense puede dormir tranquilamente, dado que en las vigilias solamente
tendrá que recitar los pocos salmos establecidos por la Regla. Los salmos por
los familiares, las vigilias por los difuntos, y las gloriosas melodías que la Iglesia ha admitido, han
sido abandonados; por lo que, una vez terminados los sencillos y escasos
salmos, puede consumir la noche dormitando”[15].
La reforma litúrgica de los primeros
cistercienses que tanto sorprendió e incluso escandalizó a los contemporáneos
no era fruto de un falso purismo que podría expresarse con el sola Regula,
sino más bien de un sano realismo que sabía apreciar la discreción que muestra la Regla : baste recordar la
frase: “In conventu tamen omnino brevietur oratio”[16].
Un cisterciense del siglo XII compuso
un simpático “Dialogus inter Cluniacensem monachum et Cisterciensem”[17],
que intentaba mostrar lo bien fundado de la postura de los monjes del “Nuevo
Monasterio”. Recogemos una de las afirmaciones del monje cluniacense, y la
respuesta que recibe del cisterciense:
“… Nuestra sola hora de Prima, con la letanía y demás complementos, es
más larga que todo el servicio que vosotros ofrecéis a Dios en el oratorio
durante todo el día, si exceptuamos la
Misa y las vísperas”[18].
“… San Benito estableció con suma discreción nuestro servicio en el
oratorio. Vosotros habéis abandonado esta discreción y habéis incurrido en una
enorme indiscreción”[19].
IX.- La oración monástica en los
tiempos modernos
Después de la innovación que supuso la aparición
y actividad de los cistercienses, en el final de la edad media y comienzos de
la edad moderna, el panorama de la oración monástica se estabiliza. Ironía de
la historia, los monasterios benedictinos fueron dejando los añadidos que habían
ido introduciendo, mientras los cistercienses fueron introduciendo elementos
que, en sus comienzos, habían rechazado[20].
El Concilio de Trento (1545-1563), que
tanto aportó a la vida de la
Iglesia en general, tuvo escasa influencia en el tema que nos
ocupa: Solamente conviene recordar la publicación del Breviario romano-monástico
bajo San Pío V, que unificó la plegaria en los monasterios benedictinos.
Desde aquel momento y hasta la llegada
del Concilio Vaticano II, tanto los benedictinos como los cistercienses estaban
obligados, bajo pena de pecado mortal, a la celebración del Oficio Divino en el
coro, y en caso de no asistencia al mismo, a la recitación en privado del mismo
Oficio.
Los siglos XVII con las guerras de
religión, el siglo XVIII con la
Ilustración y la Revolución Francesa ,
y el siglo XIX con las desamortizaciones liberales, pusieron en grave peligro
la misma existencia del movimiento monástico, con la desaparición de numerosos
monasterios por toda Europa.
Sin embargo, hacia la mitad del siglo
XIX, se asiste a un movimiento de renovación con la obra de Dom Gueranger con
el monasterio de Solesmes y sus fundaciones, con los hermanos Wolter en
Alemania, en los monasterios de Beuron y Marialaach, entre otros varios
ejemplos.
Y estas nuevas fundaciones, si no lo
promovieron directamente, sintonizaron fácilmente con el Movimiento Litúrgico.
Y de este modo los monasterios se convierten en centros de celebración
litúrgica digna y solemne, que atraen al pueblo cristiano y lo educan en el sentido
de la celebración del misterio de Cristo. No creo que sea necesario enumerar
las legiones de monjes que se distinguieron en el campo de los estudios
litúrgicos en la Iglesia
del tiempo.
No estará de más recordar que esta
situación, de cuya importancia no cabe dudar, era bien distinta de la del
tiempo de San Agustín. Cuando el Santo se convierte estando en Milán, cuando deseaba
participar en celebraciones litúrgicas solemnes, iba a la catedral donde
encontraba al obispo San Ambrosio con su presbiterio y pueblo, mientras que
cuando deseaba orar en silencio y soledad se dirigía a los monjes que vivían en
las cercanías de la ciudad.
X.- La oración monástica después del
Concilio Vaticano II
En estos últimos tiempos, con motivo de la celebración de
los cincuenta años del comienzo del Concilio Vaticano II, una abundante
literatura ha tratado de subrayar la importancia que tuvo en la historia y en
la espiritualidad de la misma Iglesia, lo que nos dispensa de entrar en
detalles. Basta examinar algunos aspectos concretos, que interesan el tema que
estamos tratando.
“Esmérense
cuidadosamente los religiosos en que, a través de ellos, la Iglesia realmente
manifieste mejor cada día, tanto a los fieles como a los infieles, a Cristo, ya
sea entregado a la contemplación en el monte, ya anunciando el Reino de Dios a
las turbas, sanando enfermos y heridos, y convirtiendo los pecadores a una vida
virtuosa, o bendiciendo a los niños”[21].
Más explícita es la
recomendación que el Decreto sobre la renovación y adaptación de la vida
religiosa, “Perfectae Caritatis” hace
de la vida monástica:
“Consérvese
fielmente y cada día resplandezca más en su genuino espíritu, tanto en Oriente
como en Occidente, la venerable institución de la vida monástica que en el
transcurso de los siglos ha obtenido excelentes méritos en la Iglesia y en la sociedad
humana. La misión principal de los monjes es ofrecer a su Divina Majestad
dentro de los muros del monasterio, un servicio humilde y a la vez noble, bien
sea dedicándose totalmente al culto divino en una vida recoleta, o bien tomando
legítimamente alguna obra de apostolado o de caridad cristiana”[22].
Una aportación importante de la Constitución sobre la Liturgia es el haber
recuperado la famosa frase de la
Regla benedictina: “Que
nuestra mente concuerde con nuestros labios”[24].
Es esta una sabia advertencia destinada a evitar la tentación de multiplicar
las oraciones vocales con el peligro consiguiente de caer en una rutina carente
de sentido. Esta disposición es completada con la disposición de que, en la
futura restauración del Oficio Divino, el Salterio sea distribuido no en una
semana sino en un período de tiempo más largo[25]
Otra disposición de la Constitución sobre la Liturgia es la que impone
restablecer el curso tradicional de las Horas, de modo que, en lo posible,
correspondan de nuevo a su tiempo natural, dado que el fin del oficio es nada
más ni nada menos que la santificación de todos los momentos del día[26].
A modo de información acerca de la importancia de esta decisión, vale la pena
recordar que, en 1957, cuando llegué por primera vez a Roma por razón de
estudios, me encontré, en la casa general de la Orden Cisterciense ,
un horario sumamente curioso: Por la mañana, a las 6,00, recitábamos sin
solución de continuidad las horas de Prima, Tercia, Sexta y Nona. Antes de
comer recitábamos Vísperas y Completas. Y antes de cenar, Maitines y Laudes.
Sobran los comentarios.
Más concretamente en lo que
se refiere a los monjes, se recuerda que están obligados a celebrar en el coro
el Oficio Divino y, en caso de no asistencia al mismo, deber de rezarlo
privadamente, sin mencionar ya la pena de pecado[27].
La misma Constitución insinúa que, sin concretar sobre quienes son, existen
personas que han sido destinadas a la alabanza de Dios “por institución de la
Iglesia”[28]. Documentos posteriores
dejan entender que a los monjes, de modo parecido a los ministros sagrados, se
les ha confiado el encargo de la
celebración de la oración de la Iglesia[29].
He de confesar que no me entusiasma de demasiado este modo de expresar, pues
puede dejar entender que los monjes rezamos “por encargo” y no por “vocación”.
De ser así seríamos rebajados a “funcionarios” de la oración, como hay
funcionarios de aduanas o de correos.
Una prescripción de la misma
Constitución dio origen a auténticas luchas en el seno de las familias
monásticas. En efecto, en el número 89 d), se dispone, sin más: “Suprímase la hora de Prima”. Sobre el
origen de esta hora canónica nos informa Juan Casiano en sus “Instituciones”[30],
afirmando que tuvo su origen en un monasterio de Belén para evitar que los
monjes, entre la oración de la mañana o Laudes y la hora de Tercia volvieran a
la cama. En la
Orden Cisterciense hubo monjes que aceptaron sin más la
disposición del Concilio, mientras otros, argumentando que la hora de Prima
había sido reconocida por San Benito en la Regla , no podía ser suprimida, porqué,
-afirmaban-, la Regla
está por encima de un Concilio Ecuménico. Prevaleció finalmente el sentido
común y se suprimió la hora de Prima.
En 1971, la Santa Sede publicó los
cuatro volúmenes de la
Liturgia de las Horas, o sea el texto del renovado Oficio
Divino, resultado del trabajo de varias comisiones que trabajaron con empeño y
dedicación. Una de las características del nuevo Oficio Divino era la
distribución del Salterio en cuatro semanas. La Ordenación General
de la Liturgia
de las horas justifica así la decisión:
“Los salmos están
distribuidos a lo largo de un ciclo de cuatro semanas, de tal forma que quedan
omitidos unos pocos salmos, mientras otros, insignes por la tradición, se
repiten con mayor frecuencia, y se reservan a las Laudes de la mañana, a las Vísperas
y a las Completas salmos adecuados a las respectivas horas”[31].
Esta disposición es de gran
importancia, pues permite recitar cada unidad del salterio de modo que,
respetando su género literario, se pueda entender su significado. Además, con
este criterio no se facilita una acumulación de salmos, que puede caer en una recitación
rutinaria, difícil de entender para una mente moderna.
Sin embargo, esta decisión suscitó
preocupaciones en el ámbito de las familias monásticas, pues se entendió que la
nueva ordenación del Oficio Divino encerraba el peligro de reducir la duración
de la plegaria comunitaria. Los Superiores expusieron sus temores a la Congregación para el
Culto Divino, y el 8 de julio de 1971, el Cardenal Arturo Tabera, Prefecto de la Congregación para el
Culto Divino, envió un escrito al Abad Primado de la Confederación
benedictina y a los Procuradores Generales de los Cistercienses y de los
Cistercienses Reformados. Este escrito es el único caso conocido de una
intervención de la Santa
Sede sobre la longitud de la plegaria de los monjes. El texto
dice lo siguiente:
“La Sagrada Congregación
piensa que el Orden monástico debería conservar la propia característica de una
plegaria repartida en el tiempo, celebrada en común y más larga. Acerca del
Salterio en particular, la
S. Congregación aconseja… que esquemas basados en una
distribución de los salmos en tres o cuatro semanas parecerían alejados del
espíritu de la Regla”[32].
Repito que es el único texto conocido
en el que la Sede
Apostólica quiera decidir sobre la duración o longitud de la
plegaria monástica, tanto más, que la misma Congregación, el 3 de septiembre de
1968, había concedido a la Orden Cisterciense
la facultad de adoptar el nuevo Breviario Romano, entonces aún en elaboración[33].
La explicación más plausible de este sorprendente documento es una intervención
directa de algunos Superiores de Órdenes Monásticas particularmente preocupados
por el futuro de sus celebraciones.
Puedo aportar una indicación que
confirmaría cuanto acabo de decir. En los años ochenta y estando yo trabajando
en la misma Congregación del Culto Divino, llegó una carta de un superior de
una comunidad monástica, que antes del Concilio Vaticano II celebraba el Oficio
Divino con el Breviario Romano clásico. El buen superior hacía notar que antes del
Concilio, su oficio constaba diariamente de 34 unidades sálmicas, mientras que
con los volúmenes de la
Liturgia de las Horas de 1971, tenía solamente de 13 a 19
unidades. Y solicitaba poder añadir al oficio o el oficio de Difuntos o el
Oficio de la Santísima
Virgen , para “alargar” la celebración.
La respuesta de la Congregación fue muy
interesante: En primer lugar se recordó que el valor de la plegaria no consiste
en la “longitud” de la misma, sino en su “calidad”. En segundo lugar, se
recordó al mencionado superior lo que establece el número 202 de la Ordenación general de la Liturgia de las Horas:
“Por lo tanto, según
la oportunidad y la prudencia, para lograr la plena resonancia de la voz del
Espíritu Santo en los corazones y para unir más estrechamente la oración
personal con la palabra de Dios y la voz pública de la Iglesia , es lícito dejar
un espacio de silencio después de cada salmo, una. vez repetida su antífona,
según la costumbre tradicional, sobretodo si después del silencio se añade la
oración sálmica (cf. núm. 112)”[34].
Creo que esta respuesta expresa con
claridad la mente de la
Santa Sede sobre la “longitud” de la plegaria de los monjes.
En los años que siguieron el Concilio Vaticano II, las
familias y congregaciones monásticas recibieron de la Congregación para el
Culto Divino unas normas para regular la celebración de la Liturgia de las Horas,
las llamadas “Leyes Cuadro”, que definían los elementos esenciales e intocables
así como los márgenes para poder adaptar y organizar la plegaria comunitaria.
A raíz de estas “Leyes Cuadro” los
benedictinos y cistercienses perdieron el esquema de Oficio que mantenían desde
la Edad Media ,
lo cual, según algunos, no es precisamente algo positivo o loable. Además, con
el paulatino abandono por parte de muchas comunidades, tanto del latín como del
canto gregoriano, se han abierto las puertas a una serie de textos y melodía de
valor discutible. Es de esperar que el sentido común ayude a los monjes a no
perder del todo la herencia de sus mayores.
XI.- Punto final
Creo que ha llegado el
momento de poner término a estas reflexiones sobre la plegaria de los monjes. Procuraré
presentar unos puntos que resuman, de alguna manera, cuanto he intentado
exponer, sin atreverme a llamarlos “conclusiones”. En todo caso acéptenlos como
invitaciones a una discusión posterior.
1) Cuando, en el arco de finales del siglo III y
comienzos del siglo IV, aparecen los primeros monjes, su ideal era seguir con
fidelidad la invitación bíblica de la plegaria incesante. Esta oración,
recomendada por Jesús en Lc 18,1: “Les
decía una parábola para enseñarles que es necesario orar siempre, sin
desfallecer”, y reiterada por san Pablo en 1 Tes 5,17: “Sed constantes en orar”., es algo más
que una invitación a orar a menudo, o incluso a orar muy a menudo, sino que hay
que orar “siempre” e “incesantemente”. Para ello trataban de organizar sus
vidas de modo de poder dedicarse sin obstáculos a la misma.
2) Cuando aparece el primer modelo de cenobitismo, con la Koinonía de San Pacomio,
los monjes establecen unos momentos de oración comunitaria que, de hecho no es
más que expresión pública de la plegaria incesante que era la ocupación
fundamental de los miembros de aquella comunidad.
3) Paralelamente a los rimeros movimientos monásticos,
las comunidades locales de la gran Iglesia, una vez obtenido su reconocimiento
oficial en el imperio, organizaron celebraciones comunitarias de plegaria, en
las que se reunían los ministros y el pueblo fiel. Las prácticas de las
iglesias locales fueron muy pronto asumidas también o imitadas por las
comunidades de monjes. La historia ha dejado testimonios de los excesos que se cometieron,
a veces como expresión de una devoción mal controlada.
4) En Occidente, sobre todo con la obra de Juan Casiano y
San Benito de Nursia se establecen las horas de oración pública que han llegado
a ser clásicas: Vigilias en la noche, Laudes por la mañana y Vísperas por la
tarde, y las cinco horas, llamada “menores” durante el día: Prima, Tercia,
Sexta, Nona y Completas.
5) La
Edad Media europea, con la actividad de los benedictinos y en
especial del monasterio de Cluny, conoció otro momento de multiplicación de
celebraciones públicas y prolijas, un fenómeno religioso que plantea muchos
interrogantes desde el punto de vista de una sociología religiosa. En todo caso
aparece en contraste con las palabras de Jesús:
“Cuando recéis, no uséis muchas palabras,
como los gentiles, que se imaginan que por hablar mucho les harán caso” (Mt
6,7).
6) Con la Edad moderna se estabiliza el
mundo de la plegaria de los monjes, manteniéndose de las ocho horas clásicas de
la Liturgia Romana.
El hecho de aceptar como obligatorias estas ocho horas canónicas, condujo
prácticamente a considerar que estos momentos de oración, repartidos en varias horas
de la jornada venía a ser la realización concreta y práctica del mandato
bíblico de la oración continua.
7) Dado que considero que el precepto bíblico de la
oración incesante ha de ser considerado como primordial, según la antigua
tradición de la Iglesia ,
a mi entender estas horas de celebración deberían entenderse simplemente como expresiones
públicas de la oración incesante. En efecto, no se trata de una simple cuestión
de matices, pues de la interpretación que se de a estas dos posibilidades
depende la respuesta que hay que dar al título de esta mi intervención: Los monjes, hombres de oración o
celebradores de liturgias.
Jorge Gibert
Tarruell
monje
cisterciense
Abadía de
Santa María de Viaceli
39320
Cóbreces, Cantabria
[1] Es fácil estudiar este
aspecto de la historia en cualquier manual de Historia del Monacato cristiano,
así como los problemas acerca de la Regla Benedictina
y su relación con la Regla
del Maestro.
[2] Cfr. Vita S. Benedicti
Anianensis, n. 52, PL 103, 378-379.
[4] M.
Righetti,
en su Historia de la
Liturgia , vol. I, Madrid 1955, 1129. indica que fueron
aprobados por el Sínodo de Aquisgrán del 817, pero en los cánones del mismo no
se habla de ello: cfr. C.J. Hefele - H.
Leclercq, Histoire des Conciles, tome IV, première partie, Paris 1911,
pp. 9-30.
[6] Se trata de los salmos 6, 31,
37, 50, 101, 129 y 142. La recitación de estos salmos respondía al carácter
penitencial de la espiritualidad de la alta edad media. Cfr. A. G. Martimort, o.c. pp. 1071 y 1148.
[13] Parece que el Oficio de
Difuntos podría haber sido restaurado después de 1152, mientras el Oficio Parvo
fue prescrito en 1157 para los que estaban de viaje o trabajaban en las granjas
y en 1185 era obligatorio en la enfermería.
[14] Cfr. A. Wilmart, Une riposte de l'ancien monachisme au
manifeste de Saint Bernard, en Revue Bénédictine, 50 (1934), t. 46,
296-344.[15] “In noctem quoque profundiorem secue poterit dormitio, quia pauculi
tantum psalmi quos Regula praecepit, nec amplius aliquid est ruminandum in
matutinis. Psalmi pro familiaribus, vigiliae pro defunctis, gloriosae denique
quas Ecclesia recipit cantilenae minime decantatur; sed puris perrarisque
psalmis decursas, totam ferme noctem dormitando consumitis”.
[16] Cfr. Regla, 20,5.[17]
Cfr. Dialogus
inter Cluniacensem monachum et Cisterciensem, p. II. nº 3-4: Martène-Durand, Thesaurus novus
anecdotorum, t. V, Paris, 1717, co. 1599.[18] “Sola nostra Prima, cum Letania et sibi adiunctis, superat omne
servitium vestrum, quod Deo exhibetis in oratorio per totum diem præter missas
et vesperas”
[19] “Sanctus Benedictus servitium nostrum in oratorio constituit cum
præcipua discretione. Hanc discretionem vos relinquentes, incurritis præcipuam
indiscretionem”.
[20] Cfr. nota 61.
[21] LG n. 46.
[22] PC n. 9
[23] SC nn. 83-88.
[25] SC n. 91.
[26] SC n. 88.
[27] SC n. 95.
[28] SC n. 84.
[29] Cfr. Ordenación General LH nn.23-28.
[31] Ordenación General LH
n. 126.
[32] Cfr. Acta Curiae Generalis Ordinis Cisterciensis,
Commentarium Officiale, nova series, 21(1972) 23-24.
[33] S. Congregatio pro
Cultu Divino, 3.IX.1968, Prot. n. 973/69.
[34] Ordenación General LH,
n. 202.
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