14 de agosto de 2017

La Asunción de María Patrona del Cister


            En efecto, desde las primeras páginas de la Biblia, se recuerda cómo Dios, con su Palabra, dio vida y existencia al universo entero, colocando en él como centro de su atención al hombre y a la mujer, principio de toda la familia humana. Pero esta obra de Dios se vio frustrada por la desobediencia del hombre que pretendió ser como Dios. Y desde aquel momento se ha ido entretejiendo la historia de la humanidad, como un continuo esfuerzo de Dios para atraerse a los humanos, y las repeti-das caídas de estos, que no lograban recuperar la primitiva situación. Finalmente la Palabra de Dios, la misma con la que había creado el universo, decidió hacerse hombre y campartir con los humanos todo menos el pecado, y así el Hijo de Dios hecho Hijo del Hombre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo hasta el extremo, fue clavado en el madero de la Cruz y obtuvo así la salvación de todos.
            Pero la Palabra de Dios para hacerse hombre tomó carne en el seno de María, una virgen de Nazaret. Pero esta mujer no fue forzada para ser madre, sino que fue interpelada, se le propuso colaborar libremente con Dios, para bien del pueblo. Y Lucas, en su evangelio, afirma que aquella doncella consintió a la misión que se le proponía, diciendo: “Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra”. María creyó a la promesa de Dios, se fió de él, aunque no pudiese entender en aquel primer momento en toda su realidad, en todos sus detalles, lo que Dios pretendía de ella. Y por esto se dice: “María conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón”. María vivió en plenitud el misterio de la fe en Dios. Es en virtud de esta fe vivida y asumida con amor, que María acompaña a su Hijo en la obra de la Redención. Es en virtud de esta fe renovada y actualizada, incluso en la oscuridad y en la incertidumbre, que María pudo participar desde el momento mismo en que terminaba su existencia mortal de la victoria de su Hijo sobre la muerte, siendo, después de Jesús, la primicia de la resurrección, prometida generosamente a todos los que son de Cristo, como enseña san Pablo en la segunda lectura.
            En efecto, todos los que hemos sido bautizados en la muerte y la resurrección de Jesús, estamos llamados a compartir con él la gloria de la resurrección y entrar en una vida nueva, superior a la existencia que trabajosamente vamos recorriendo día a día. Esta es la fe de la Iglesia, y san Pablo llega a afirmar que si no creemos en Cristo resucitado, que nos promete resucitar con él, nuestra fe es vana y no sólo no tiene sentido llamarnos cristianos, sino que somos los más desgraciados de los hombres. Y para confirmar nuestra en el misterio de la resurrección Dios nos ha dado un signo. Lo que se nos promete en Jesús para el final de los tiempos ha empezado a ser realidad en María, la primera de la Iglesia de los creyentes, la primera en creer en la Palabra de Dios hasta hacerla vida en si misma. Hoy, al proclamar la asunción de María, la Madre de Jesús, en cuerpo y al-ma al cielo, confesamos nuestra convicción de que un día participaremos también con Jesús, con María, con todos los santos, con todos los que duermen ya el sueño de la paz, de la gloria de la vida nueva, obtenida por Jesús, con su muerte y su resurrección.

J.G.

12 de agosto de 2017

Meditando...Domingo XIX -Ciclo A



“Los discípulos viendo a Jesús andar sobre el agua, se asustaron y gritaron de miedo, pensando que era un fantasma. Jesús les dijo: Animo, soy yo, no tengáis miedo”. La página del evangelio de san Mateo que acabamos de escuchar ha evocado un episodio de la vida de Jesús que sorprende por el hecho de afirmar que caminaba  sobre las aguas del lago. Más que interrogarnos acerca de la historicidad del hecho, conviene preguntar sobre el sentido que tiene este relato y sobre el mensaje que el evangelista quiere transmitirnos.
Una atenta lectura del texto muestra el deseo de ayudar a los apóstoles a comprender quién era en realidad el Maestro a quien seguían, en el que habían puesto su esperanza. Mientras los apóstoles estaban solos en la barca, zarandeados por las olas del lago, Jesús se hizo presente caminando sobre las aguas. La sorpresa y el espanto hacen presa de los discípulos, pero Jesús se da a conocer con sus palabras e invita a desechar cualquier temor. La escena concluye con el reconocimiento pleno de Jesús, expresado por una confesión de fe: “Realmente eres el Hijo de Dios”. En la vida, experimentamos a menudo momentos de zozobra e incluso de miedo ante situaciones defíciles, que se nos escapan, sintiéndonos pobres y abandonados. En estas circunstancia conviene tener presente que Jesús permanece cerca de nosotros, que a veces puede hacerse presente de forma insolita, suscitando temor y desasosiego. Pero su palabra no da siempre confianza: “¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!”.
Pero el apóstol Pedro pide a Jesús poder andar sobre el agua: “Si eres tú, mándame ir hacia ti sobre el agua”. Antes de la pasión, este mis moPedro manifestará su voluntad de acompañar a Jesús hasta la muerte, pero, a la primera dificultad, no dudará en negarle. Ahora, invitado por Jesús a  caminar sobre el agua, en el momento crucial le falta fe, y empieza a hundirse. “¡Qué poca fe! ¿Por qué has dudado?” le echa en cara Jesús. La lección es muy clara: Hay que aferrarse a la Palabra de Dios hecha hombre en Jesús, con una fe total y decidida, si queremos dar sentido a nuestra vida y, después, tener parte en la salvación que Jesús ha venido a anunciar. En el compromiso con Jesús no caben dudas o vacilaciones.
Quizá es fácil criticar a Pedro por su atrevimiento. Pero  el gesto de Pedro, por su osadía, que tiene como fundamento su fe en Jesús: “Si eres tú, mándame venir hacia ti andando sobre el agua”, merece más admiración que la actitud de los demás apóstoles, que permanecen cómodamente instalados en la precaria seguridad de las maderas que forman la barca. A esos les falta la fe en Jesús, para lanzarse con atrevimiento e iniciativa a emprender nuevas esperiencias.
Esta escena del lago ha de entenderse como una manifestación más de Dios de las muchas que recuerda la Biblia. La primera lectura ha recordado la manifestación de Dios al profeta Elías en la montaña del Horeb. Elías, perseguido a muerte por su fidelidad a Dios, superando el desánimo que lo atenazaba, peregrina hasta la montaña santa. Y allí Elías puede gozar de la intimidad de Dios, no en el estruendo de huracanes, terremotos o incendios, sino en el susurro ligero de la brisa. Dios se insinúa en el espíritu de Elías con la suavidad enérgica del Espíritu, para hacer de él el testigo ardiente e invencible de los derechos del Señor entre su pueblo.
En la segunda lectura, san Pablo ha recordado el drama  del pueblo de Israel, adoptado por Dios como hijo, pero que cuando vino Jesús los suyos no le recibieron. Esta realidad es una advertencia a cuantos hemos aceptado creer en Jesús, los cristianos, para apreciar el don recibido de la fe y conservarlo, no sea que nos pase lo que a Pedro, que, a pesar de caminar sobre el agua, por haber dudado se hundió en el mar. La fe en Jesús es la única seguridad que los hombres podemos tener si queremos atravesar la vida tratando de dar un sentido a la misma. Pero si en algún momento nuestra fe decae, si sentimos que nos hundimos, no olvidemos de gritar al Señor, que nos ayudará, que extenderá su mano y nos dará la posibilidad de llegar a puerto.
J.G.



28 de julio de 2017

Meditando la Palabra de Dios -Domingo XVII A

           
           “Da a tu siervo un corazón dócil para discernir el mal del bien”. Según el primer libro de los Reyes, el joven rey Salomón, el hijo de David, al comienzo de su reinado, hizo esta la petición a Dios, y el autor del libro sagrado afirma que agradó a Dios. Es posible que para muchos, preocupados por alcanzar larga vida, riqueza, fama, placer o poder, la petición de Salomón aparecerá como algo fuera de lugar. El joven Salomón pide a Dios discernimiento para escuchar y gobernar, es decir para tratar a las personas como personas, ayudarles y facilitarles la vida, para construir junto con ellos algo positivo. Esta actitud de Salomón corresponde a lo que la Biblia acostumbra a llamar sabiduría, es decir aquella actitud necesaria para bien vivir. Y esta sabiduría corresponde al contenido de la predicación de Jesús acerca del Reino de Dios que está llegando. Con su anuncio del Reino de Dios, Jesús invita a vivir según la sabiduría, aceptando la soberanía de Dios, de modo que los hombres se esfuercen en actuar según el estilo de Dios, ejercitándose en la caridad frente al egoismo, buscando la sencillez frente a la soberbia, el espíritu de austeridad frente a la vida cómoda y despreocupada.
         Las dos primeras parábolas del evangelio de hoy, la del tesooro encontrado en un campo y la perla de gran valor, expresan la importancia que el mensaje del Reino tiene para Jesús. Jesús habla de de bienes materiales y caducos como pueden ser los tesoros y las perlas porque conoce el corazón humano. El tesoro, la perla fina despiertan un afan exigente de adquisición y, en consecuencia, aquellas personas no dudan en vender todo lo que poseen para alcanzar lo que para ellos supone su gran oportunidad, lo que puede cambiar su existencia, su modo habitual de ser y de actuar. Las dos parábolas reclaman la necesidad de gestos generosos, de decisiones radicales capaces de tranformar una vida, ante el don de Dios. En la historia ha habido muchos hombres y mujeres que han hecho opciones de este tipo, y no solo en ámbito religioso, sino también en otros niveles humanos: darlo todo para alcanzar el ideal. En la perspectiva del Reino, cuando alguien está convencido que Dios le ama, y que todo sirve para su bien, como recordaba san Pablo en la segunda lectura, sabe ser generoso. Y un gesto de este tipo será compensado por la gran magnificencia de Dios hacia quienes se le confían.
         La sabiduría que Salomón pide a Dios y Jesús recomienda en el evangelio no es un lujo superfluo. Es una necesidad si se tiene en cuenta el mundo en que vivimos. La tercera parábola de hoy describe la actividad de los pescadores: la red lanzada al agua, los peces apresados, la selección que se hace una vez terminada la jornada. Con esta parábola, Jesús evoca la realidad del mundo en que vivimos, un mundo que está muy lejos del ideal que el anuncio del Reino podría hacer pensar. La comunidad de santos que Jesús deseaba, mientras esté en este mundo, está sometida a la contrariedad y a la lucha, al error y a la injustia. Los apóstoles, los nuevos pes-cadores del Reino, tienen encomendada una tarea onerosa y, a la vez desalentadora. La evangelización supone lanzar la red, y no siempre los peces que caen en ella son los mejores. Pero Jesús advierte que no por eso hemos de desanimarnos, ni angustiarnos. Lo importante es no cansarse nunca, tirar una y otra vez la red, aceptar lo que se recoge e seguir adelante de nuevo con ilusión renovada.

         El evangelio de hoy deja un mensaje esperanzador. La suerte del Reino que Jesús anuncia, a pesar de las reales o aparentes contrariedaes o fracasos, está asegurada. La victoria será para Dios y su reino, Lo importante es aceptar la realidad de la sabiduría que viene del cielo, y abrazar con decisión el proyecto del Reino de Dios, sin buscar compromisos que reduzcan sus exigencias. Tengamos pre-sente que nuestro Dios, el Dios de Jesucristo, es algo más que un Dios frio y académico, hecho de definiciones abstractas. Nuestro Dios nos llama a actuar. Es el Dios que nos dice por Jesús: lo que hiciste con uno de esos pequeños, a mi me lo hiciste. Esta es la verdadera sabiduría, este es el tesoro, la perla valiosa que ha de movernos a dejarlo todo para adquirirla una vez por todas.