Cuando
Jesús dice: “No he venido a abolir la Ley, sino a darle plenitud”, no está
hablando de normas, sino de un modo nuevo de vivir. En este Evangelio, Jesús
nos invita a pasar de la superficie al corazón, de lo exterior a lo interior,
de lo correcto a lo verdadero. Cuando y donde el ruido baja la verdad se vuelve
más audible, estas palabras se vuelven un espejo. Jesús no nos pide que hagamos
más cosas, sino que vivamos desde más adentro.
- Jesús no quiere que cumplamos:
quiere que despertemos
La
Ley decía: “No matarás”. Jesús dice: “No te quedes ahí. Mira tu corazón. Mira
tu ira. Mira tus resentimientos”. La Ley decía: “No cometerás adulterio”. Jesús
dice: “No te quedes en la apariencia. Mira tu mirada. Mira tus deseos. Mira tus
intenciones”. La Ley decía: “Cumple tus juramentos”. Jesús dice: “No vivas de
máscaras. Sé transparente. Que tu palabra sea limpia”. Jesús no endurece la
Ley: la interioriza. No la hace más pesada: la hace más verdadera. En estos
momentos de silencio, esta palabra nos pregunta: ¿Dónde vivo, todavía en la
superficie? ¿En qué zonas de mi vida me conformo con “no hacer el mal”, pero no
busco el bien? ¿Dónde necesito dejar de justificarme y empezar a mirarme con
verdad?
- La plenitud de la Ley es el amor
Jesús
no quiere que vivamos como funcionarios de la moral, sino como hijos. La Ley se
cumple cuando el corazón se parece al suyo. Por eso Jesús va al origen: al
origen de la violencia, que es la ira; al origen de la infidelidad, que es la
mirada desordenada; al origen de la mentira, que es el miedo a ser vistos como
somos. Jesús quiere sanar la raíz, no podar las ramas. En este momento de la
celebración de la Eucaristía o en otros de silencio interior, esta palabra nos
invita a preguntarnos: ¿Qué raíces necesitan ser tocadas por Dios? ¿Qué heridas
alimentan mis enojos, mis deseos, mis palabras dobles? ¿Dónde necesito dejar
que Dios entre, no para juzgarme, sino para liberarme?
- La verdadera conversión es un
cambio de corazón
Jesús
no quiere que vivamos reprimidos, sino reconciliados. No quiere que vivamos
tensos, sino unificados. No quiere que vivamos divididos entre lo que mostramos
y lo que somos. Por eso dice: “Ve primero a reconciliarte”. La reconciliación
no es un trámite: es un camino de libertad.
En
los momentos de reflexión, esta palabra nos invita a mirar: ¿Con quién necesito
reconciliarme? ¿A quién sigo llevando dentro como una herida abierta? ¿A quién
sigo juzgando, aunque no lo diga? ¿A quién sigo evitando, aunque lo disimule? La
paz no llega cuando el otro cambia, sino cuando yo dejo de cargarlo dentro como
enemigo.
- La plenitud de la Ley es Cristo
mismo
Jesús
no nos da un código nuevo: se da a sí mismo. Él es la Ley hecha carne. Él es la
pureza del corazón. Él es la palabra verdadera. Él es la reconciliación vivida.
Por eso, este Evangelio no es una lista de exigencias, sino una invitación a la
intimidad: “Déjame entrar en tu corazón. Déjame sanar lo que te divide. Déjame
enseñarte a mirar como yo miro. Déjame hacerte libre”. La plenitud de la Ley no
es un esfuerzo humano: es la obra de Dios en nosotros cuando dejamos de
resistirle.
- Conclusión: dejarse transformar
Este
Evangelio no se vive con fuerza de voluntad, sino con docilidad. No se vive
desde el miedo, sino desde la confianza. No se vive desde el perfeccionismo,
sino desde la verdad. Es es, Jesús nos dice: “No quiero que hagas más cosas.
Quiero que me abras más espacio. Quiero que vivas desde dentro. Quiero que tu
corazón sea mío”. Que al menos en este momento de silencio celebrativo nos
permita escuchar esa voz que no acusa, sino que llama. Esa voz que no exige,
sino que transforma. Esa voz que no pesa, sino que libera.

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