31 de enero de 2026

Comentario: Evangelio del III Domingo del Tiempo Ordinario – C.A (Mateo 4,12‑23)

 

El evangelio presenta tres movimientos fundamentales: Jesús deja Nazaret y se instala en Cafarnaúm. Mateo interpreta este gesto como cumplimiento de la profecía de Isaías: “El pueblo que habitaba en tinieblas vio una gran luz.” Esto significa que la misión de Jesús no comienza en el centro religioso de Jerusalén, sino en la periferia, en una zona mezclada, fronteriza, marcada por la pobreza y la opresión.

 Dios elige empezar por las periferias: El anuncio del Reino: Convertíos, porque está cerca el Reino de los cielos. ”Este es el núcleo del mensaje de Jesús. Reino no es un lugar, sino la acción soberana de Dios que irrumpe en la historia. Está cerca significa que ya ha comenzado en la persona de Jesús.

 Convertirse implica cambiar la mentalidad, reorientar la vida, dejar que Dios sea el centro su centro. En su llamada a los primeros discípulos, Simón, Andrés, Santiago y Juan, Mateo subraya que la iniciativa es de Jesús, no de los discípulos. La respuesta es inmediata, sin excusas.

La misión es participar en la obra de Jesús: “os haré pescadores de hombres”. Jesús recorre, enseña, proclama y cura. Mateo resume así la misión mesiánica: Enseñar significa iluminar la mente. Proclamar: es anunciar la buena noticia. Curar, significa restaurar la vida. El Reino no es teoría sino transformación integral del ser humano.

Interpretación profunda: Jesús es Luz en las tinieblas. El evangelio presenta a Jesús como cumplimiento de la promesa de Isaías. Esto nos dice que Jesús es la luz definitiva que revela el rostro misericordioso del Padre. La salvación no es solo espiritual: ilumina la historia concreta, las zonas oscuras de la vida humana. El Reino como presencia activa de Dios no es un ideal moral, sino una realidad dinámica: Dios actúa ahora, aquí y en mi, la conversión que es respuesta a esa acción.

 La cercanía del Reino implica urgencia: no se puede postergar. El discipulado como ruptura y misión. La llamada de Jesús exige: Dejar redes: abandonar seguridades, esquemas, apegos. Seguirle: entrar en una relación personal transformadora.

Ser enviados: la fe no es intimista; es misión y la salvación integral Jesús cura enfermedades y dolencias. Esto muestra que el Reino toca cuerpo, alma y relaciones. La fe cristiana no es evasión, sino sanación de la realidad.

Aplicación práctica para el cristiano de hoy  es dejar que Cristo ilumine nuestras tinieblas. Cada uno de nosotros tenemos zonas oscuras: miedos, heridas, pecados, desesperanza, rutinas vacías. El evangelio invita a permitir que Cristo entre ahí, no solo en lo que ya funciona bien también en lo que no funciona tan bien. Se trata de vivir en clave de conversión continua y convertirse no es un acto puntual, sino un estilo de vida: revisar prioridades, discernir decisiones, dejar que el Evangelio cuestione, abrirse a cambios reales.

La conversión auténtica siempre se nota en la vida concreta se cada día y de cada momento. Escuchar la llamada personal de Jesús que sigue diciendo: “Sígueme”. Hoy esa llamada puede significar: reconciliarse con alguien comprometerse con los pobres dejar un pecado habitual servir en la comunidad estudiar los misterios de fe con más profundidad, vivir con más coherencia y menos miedo.

 La pregunta clave es: ¿Qué redes me pide Jesús dejar hoy? La respuesta es: Ser “pescadores de hombres” en el mundo actual. Evangelizar no es proselitismo, sino: atraer con la vida, acompañar procesos, escuchar, dar testimonio con alegría, ser puente, no muro. El cristiano está llamado a hacer visible la luz de Cristo en su familia, trabajo, redes sociales y relaciones.

Imitar el estilo de Jesús: enseñar, anunciar y sanar. Cada bautizado puede: enseñar: compartir la fe con sencillez, anunciar: hablar de Dios sin miedo sanar: consolar, acompañar, perdonar, levantar. El mundo necesita cristianos que curen heridas, no que las agranden.

4. En síntesis: Este evangelio del III Domingo del TO. nos presenta a Jesús como luz que irrumpe en la oscuridad, como anunciador del Reino que ya está en medio de nosotros, como maestro que llama a seguirle y como sanador que restaura la vida. Para el cristiano de hoy, este texto es una invitación a: dejarse iluminar, vivir en conversión continua, responder a la llamada también incesante de Dios, asumir la misión a la que cada uno somos llamados, sanar y acompañar a otros, Es un evangelio profundamente esperanzador y exigente a la vez.

 

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