12 de mayo de 2017

Pascua: V domingo. A)

        
 “No perdáis la calma, creed en Dios y creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas estancias. ¿Si no fuera así, os habría dicho que me voy a prepararos sitio”. El evangelista pone en labios de Jesús el discurso que tuvo en la cena en la noche del Jueves Santo, y es un texto que respira un clima de despedida. Jesús invita, ante todo, a no perder la calma ante los acontecimientos que se avecinan, a no desmayar en la fe en Dios y en la fe en el mismo Jesús: ¡Es tan fácil hacerse atrás cuando las cosas no salen como deseamos o no responden a lo que nos habíamos figurado! Haciendo intervenir en dos ocasiones a los apóstoles, a Tomás y a Felipe concretamente, el evangelista confiere una viveza extraordinaria al discurso de Jesús, con el que se está despidiendo de los suyos. Jesús ha venido para revelar el Padre a los hombres, y ahora, una vez terminada su misión, regresa al Padre, no para olvidarse de los suyos, sino para preparar un lugar para los que han aceptado su mensaje, a fin de que estén siempre con él. Hay un camino que permite seguir a Jesús, que permite llegar al lugar preparado, un camino que lleva a la verdad y a la vida. Los apóstoles deberían conocerlo, ya que es Jesús mismo.
         Entre lineas es fácil entender que Jesús está pidiendo a los suyos su colaboración: que continuen la obra que ha él ha empezado: les dice que mantengan la fe en Dios y la fe en él, que den testimonio del Padre, que sigan el camino que es él mismo. Jesús se va, pero de alguna manera se queda y, a través de sus discípulos continuará su obra de salvación. El evangelista añade aquí algo que puede sorprender: “El que cree en mí, también él hará la obras que yo hago, y aun mayores”. Continuar la obra de Jesús en todo el mundo, hacerla llegar hasta los confines del orbe, a lo largo de la historia, sin ceder a las presiones de amigos o de enemigos, manteniendo con fidelidad el mensaje: he aqui la obra que, de alguna manera, se puede decir que es más grande que la obra llevada a cabo por Jesús en sus andanzas por tierras palestinas.
         La dimensión real de la obra que Jesús ha encomendado a sus discípulos, es decir a la Iglesia, la ha descrito de modo poético y solemne la segunda lectura. El autor de la carta recoge una serie de imágenes que en el Antiguo Testamento se predicaban del pueblo de Israel, para aplicarlas ahora a la Iglesia, a la familia de los salvados, al nuevo pueblo que los apóstoles, anunciando a Jesús, han reunido para enseñarles el camino de la salvación. El apóstol presenta a la Iglesia como una construcción, que tiene por cimiento la piedra viva que es Jesús, desechada por los hombres, pero escogida por Dios, y, edificada con todos los que hemos sido escogidos para ser también piedras vivas. Lo que se construye es un edificio sagrado, un templo del Espíritu, en el cual estamos llamados a ejercer un sacerdocio sagrado que ofrece sacrificios espirituales aceptos a Dios. Somos una raza elegida, un sacerdocio real, una nacion consagrada, un pueblo adquirido por Dios para proclamar las hazañas del que nos ha hecho salir de las tinieblas y a entrar en su luz maravillosa.
         Estas imágenes, aptas para comprender la dignidad de nuestra condición de cristianos, no han de hacernos olvidar la realidad humana de la Iglesia. Sería un error pensar que el nuevo pueblo de Dios, que es la Iglesia, sea una sociedad perfecta, en la que han dejado de existir el pecado y la injusticia. La primera lectura evoca un ejemplo eloquente. En los primeros momentos despues de Pentecostés, aun fresca la unción del Espíritu, hubo quejas y protestas entre los discípulos: los de lengua griega criticaban a los de lengua hebrea, echándoles en cara parcialidades en la distribución de alimentos a los necesitados. A lo largo de la historia ha habido de todo: discusiones, cismas, herejías, persecuciones e incluso guerras de religión. Pero a pesar de todo, o mejor, precisamente por esta debilidad humana de la Iglesia, el mensaje de Jesús está ahi, invitándonos a la conversión, a decidirnos de una vez a seguirle. Los apóstoles en esta ocasión de esta controversia recuerdan los puntos básicos de lo que ha de ser la obra de la Iglesia: dedicación a la oración y a al servicio de la palabra, por una parte, y por otra el servicio en el amor de los hermanos. Cada uno en el lugar que nos corresponde por vocación, vivamos la realidad de la Iglesia, siguiendo el camino que Jesús nos ha trazado y que conduce a la verdad y a la vida.
J.G.


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