La Epifanía del Señor, una de las fiestas más hermosas
del tiempo de Navidad. “Epifanía” significa manifestación, y en este día
contemplamos cómo Jesús, recién nacido, se revela no solo a Israel, sino a
todos los pueblos, representados en los Magos venidos de Oriente.
La estrella que guía: los Magos no eran judíos, no
conocían las Escrituras, pero tenían algo decisivo: un corazón abierto. Miraban
el cielo, buscaban señales, estaban atentos y cuando vieron la estrella, no se
quedaron en la teoría: se pusieron en camino. La estrella es símbolo de esa luz
que Dios enciende en cada persona: una inquietud interior, un deseo de la verdad,
una pregunta que no nos deja tranquilos, una búsqueda de algo más grande que
nosotros.
Dios sigue poniendo estrellas en nuestra vida y unas
veces son personas, otras acontecimientos, otras una palabra que nos toca. La
pregunta es si, como los Magos, nos atrevemos a seguir esa luz. Los regalos de los
Magos: oro, incienso y mirra revelan quién es verdaderamente el recién nacido. No
son regalos improvisados: Oro, porque Jesús es Rey; Incienso, porque Jesús es
Dios; Mirra, porque Jesús entregará su vida por amor.
Cada uno de estos dones nos recuerda que la fe
cristiana no es un adorno, sino una verdad profunda: Dios se ha hecho hombre
para salvarnos, pero también nos invita a preguntarnos: ¿Qué regalo le ofrezco
yo al Señor? ¿Qué parte de mi vida necesita ser puesta a sus pies? El camino de
los Magos es también el nuestro. Los Magos llegan a Belén, adoran al Niño y
regresan “por otro camino”. Cuando uno se encuentra de verdad con Cristo, ya no
puede volver igual. Quizá este año el Señor nos invita a cambiar algún camino: dejar
atrás resentimientos, recuperar la oración, reconciliarnos con alguien, servir
más, quejarnos menos, abrir el corazón a quien necesita luz.
La Epifanía nos recuerda que Dios se deja encontrar
por quien lo busca con sinceridad, aunque venga de lejos, aunque no lo sepa
todo, aunque su camino sea imperfecto. Hoy, como los Magos que somos cada uno
de nosotros, nos acercamos al pesebre. Traemos nuestra vida, con sus luces y
sombras. Y Jesús, pequeño y humilde, nos mira y nos dice: “No temas. Yo soy la
luz que guía tus pasos”.
Que esta fiesta renueve en nosotros el deseo de
buscar, de caminar y de adorar. Que la luz de Cristo ilumine nuestras
decisiones y nos haga portadores de esperanza para el mundo.

