5 de enero de 2026

Fiesta de la Epifanía del señor (Reyes Magos)

La Epifanía del Señor, una de las fiestas más hermosas del tiempo de Navidad. “Epifanía” significa manifestación, y en este día contemplamos cómo Jesús, recién nacido, se revela no solo a Israel, sino a todos los pueblos, representados en los Magos venidos de Oriente.

La estrella que guía: los Magos no eran judíos, no conocían las Escrituras, pero tenían algo decisivo: un corazón abierto. Miraban el cielo, buscaban señales, estaban atentos y cuando vieron la estrella, no se quedaron en la teoría: se pusieron en camino. La estrella es símbolo de esa luz que Dios enciende en cada persona: una inquietud interior, un deseo de la verdad, una pregunta que no nos deja tranquilos, una búsqueda de algo más grande que nosotros.

Dios sigue poniendo estrellas en nuestra vida y unas veces son personas, otras acontecimientos, otras una palabra que nos toca. La pregunta es si, como los Magos, nos atrevemos a seguir esa luz. Los regalos de los Magos: oro, incienso y mirra revelan quién es verdaderamente el recién nacido. No son regalos improvisados: Oro, porque Jesús es Rey; Incienso, porque Jesús es Dios; Mirra, porque Jesús entregará su vida por amor.

Cada uno de estos dones nos recuerda que la fe cristiana no es un adorno, sino una verdad profunda: Dios se ha hecho hombre para salvarnos, pero también nos invita a preguntarnos: ¿Qué regalo le ofrezco yo al Señor? ¿Qué parte de mi vida necesita ser puesta a sus pies? El camino de los Magos es también el nuestro. Los Magos llegan a Belén, adoran al Niño y regresan “por otro camino”. Cuando uno se encuentra de verdad con Cristo, ya no puede volver igual. Quizá este año el Señor nos invita a cambiar algún camino: dejar atrás resentimientos, recuperar la oración, reconciliarnos con alguien, servir más, quejarnos menos, abrir el corazón a quien necesita luz.

La Epifanía nos recuerda que Dios se deja encontrar por quien lo busca con sinceridad, aunque venga de lejos, aunque no lo sepa todo, aunque su camino sea imperfecto. Hoy, como los Magos que somos cada uno de nosotros, nos acercamos al pesebre. Traemos nuestra vida, con sus luces y sombras. Y Jesús, pequeño y humilde, nos mira y nos dice: “No temas. Yo soy la luz que guía tus pasos”.

Que esta fiesta renueve en nosotros el deseo de buscar, de caminar y de adorar. Que la luz de Cristo ilumine nuestras decisiones y nos haga portadores de esperanza para el mundo.

 

3 de enero de 2026

Jesucristo, el cordero de Dios entregado por amor al Hombre (J 1,29-34).

 

       Comentario al evangelio de Hoy: Juan ve a Jesús venir hacia él y hace algo muy sencillo: lo señala. Toda su teología se resume en esta palabra: «He aquí». La fe siempre comienza así: alguien que no te da una respuesta teórica, sino que te señala una Presencia. Y luego pronuncia un nombre que es una revelación: «Cordero de Dios». No león, no juez, no conquistador. Cordero. Es decir, vulnerable, manso, ofrecido. Como para decir que Dios no nos salva con la fuerza, sino con el amor. No nos conquista, se entrega. Y eso es precisamente lo que celebramos hoy: el nombre de Jesús no es una fórmula mágica, es la síntesis de un estilo. Jesús significa «Dios salva». Pero salva así: haciéndose cargo, asumiendo, entrando en nuestras heridas en lugar de esquivarlas. Su nombre es una promesa, pero también una provocación: nos salva no quitándonos el peso, sino llevándolo con nosotros. Juan dice: «Yo no lo conocía». No porque Juan estuviera lejos de Dios, sino porque nos recuerda que a Dios nunca se le posee de una vez por todas. Se le reconoce al pasar. Se le descubre cuando viene hacia nosotros. La fe no es una certeza estática, es un encuentro que sucede. Y Juan añade: «Vi al Espíritu descender sobre Él». La fe nace de la mirada. No de un razonamiento, sino de una experiencia. Primero ves, luego crees. Y esto es liberador, porque solo se nos pide que nos dejemos alcanzar. Quizás hoy este Evangelio nos invita a hacer algo muy sencillo: detenernos, mirar a Jesús que viene hacia nosotros en nuestra historia concreta, y dejarnos decir su Nombre como una promesa personal: «Estoy aquí para salvarte». El Nombre de Jesús es esto: una presencia que viene a nuestro encuentro cada día, también hoy, también en lo que nos pesa. Y si lo dejamos hacer, ese Nombre deja de ser solo una palabra y se convierte en una relación que lo cambia todo. Deberíamos rezar más a menudo pronunciando solo el Nombre de Jesús. Nos daremos cuenta de que solo con pronunciarlo se pone de rodillas al infierno, sea cual sea la forma en que se manifieste.