18 de noviembre de 2016

FIESTA DE CRISTO REY -Ciclo C


             “Damos gracias a Dios Padre, que nos ha sacado del dominio de las tinieblas, y nos ha trasladado al reino de su Hijo querido, por cuya sangre hemos recibido la redención, el perdón de los pecados”. San Pablo recuerda hoy que Jesús, el primogénito de entre los muertos, ha obtenido el perdón de los pecados y ha instaurado la paz y la reconciliación por la sangre de su cruz, y así, hemos pasado de las tinieblas del pecado y de la muerte al reino de la luz, al reino de Dios. Esta es la perspectiva desde la que conviene entender la solemnidad de Cristo Rey, con la que cerramos el año litúrgico.

            En efecto, el título de Rey del universo, aplicado a Jesús de Nazaret, no debe ser interpretado como intento de reivindicar, por parte de la Iglesia, el poder y el dominio que en algunas épocas de la historia ejerció efectivamente, y que no siempre ha dejado buen recuerdo. En este sentido, la lectura de la página del evangelio de Lucas que presenta hoy la liturgia es una crítica radical de cualquier veleidad triunfalista en la presentación de la realeza de Jesús. La esperanza mesiánica de Israel no se realiza con la entronización de un rey terreno sino con la exaltación de un pobre hombre, humillado y reducido a la impotencia, que por haber amado a los suyos hasta el extremo, fue clavado en un patíbulo, como un vulgar malhechor. El fracaso se convierte en victoria por la intervención de Dios y el Crucificado es proclamado Señor y Mesías al que corresponde la plenitud de autoridad.

            Lucas, en su narración de la Pasión, conduce al Calvario para contemplar a Jesús crucificado entre malhechores, con la secuencia impresionante de los últimos ataques a Aquél que humanamente no puede ya hacer nada. Primero son las autoridades de Israel. Después los soldados. Sigue la descripción del título oficial que justifica la ejecución. Por fin intervienen los dos condenados con Jesús. Es interesante ver los títulos que sus opositores le atribuyen sin piedad y sin convencimiento: “Mesías de Dios”; “Elegido”; “Rey de los judíos”. Hasta cuatro veces el texto repite el verbo “salvar”: “Ha salvado a otros, que se salve a sí mismo”, “que nos salve a nosotros”.

            Estas personas que se ensañan en el Crucificado no se dan cuenta de que, a pesar del odio y del desprecio que les impulsan, están anunciando una realidad indiscutible. En efecto, Jesús no puede salvarse a sí mismo en el sentido que le proponen. Su vida está en manos del Padre, pues salió del Padre y ahora vuelve a él. Dentro de poco el evangelista pondrá en labios del Crucificado la cita del salmo 30: “En tus manos encomiendo mi espíritu”. De hecho, Jesús se salva a sí mismo, salva a todos los hombres, poniéndose y poniéndonos en manos del Padre. Es sólo aceptando el fracaso a nivel humano pero manteniendo su confianza en el Padre que Jesús salva lo que se había perdido: da vida a los muertos, perdona los pecados y renueva la amistad del hombre con Dios.

            Uno de los malhechores sin embargo conserva su lucidez y comprende que en la hora suprema de la muerte no hay espacio para la maldición y el ultraje. El ejemplo de Jesús le hace reconocer que el suplicio de ellos es justo, porque han pecado. En cambio, el de Jesús, que es inocente, es un misterio. Y llega la plegaria decisiva: “Acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino”. Y la respuesta de Jesús no deja lugar a dudas: “Hoy estarás conmigo en el Paraiso”. No en determinadas circunstancias, no al final de los tiempos, no cuando hayas expiado tus pecamos. Hoy - conmigo - en el Paraiso. Jesús es Rey, un Rey que salva a su pueblo, pero no con victorias terrenas, con ejércitos y poder, sino con la humildad de su fracaso, con la aceptación de la muerte, poniéndose en manos de Dios.


            Para concluir vale la pena reflexionar sobre lo que el teólogo protestante Jurgen Moltmann escribe: “Que una Iglesia que se olvide de que su misión es proclamar a Cristo, crucificado y resucitado, que se olvide que es ante todo una comunión de pecadores, que, a través de la Cruz de Cristo está llamada a ser una comunión de santos, podría hacer quizá maravillas a nivel humano, pero no sería fiel a la misión que Dios le ha encomendado”.

1 comentario: