3 de enero de 2026

Jesucristo, el cordero de Dios entregado por amor al Hombre (J 1,29-34).

 

       Comentario al evangelio de Hoy: Juan ve a Jesús venir hacia él y hace algo muy sencillo: lo señala. Toda su teología se resume en esta palabra: «He aquí». La fe siempre comienza así: alguien que no te da una respuesta teórica, sino que te señala una Presencia. Y luego pronuncia un nombre que es una revelación: «Cordero de Dios». No león, no juez, no conquistador. Cordero. Es decir, vulnerable, manso, ofrecido. Como para decir que Dios no nos salva con la fuerza, sino con el amor. No nos conquista, se entrega. Y eso es precisamente lo que celebramos hoy: el nombre de Jesús no es una fórmula mágica, es la síntesis de un estilo. Jesús significa «Dios salva». Pero salva así: haciéndose cargo, asumiendo, entrando en nuestras heridas en lugar de esquivarlas. Su nombre es una promesa, pero también una provocación: nos salva no quitándonos el peso, sino llevándolo con nosotros. Juan dice: «Yo no lo conocía». No porque Juan estuviera lejos de Dios, sino porque nos recuerda que a Dios nunca se le posee de una vez por todas. Se le reconoce al pasar. Se le descubre cuando viene hacia nosotros. La fe no es una certeza estática, es un encuentro que sucede. Y Juan añade: «Vi al Espíritu descender sobre Él». La fe nace de la mirada. No de un razonamiento, sino de una experiencia. Primero ves, luego crees. Y esto es liberador, porque solo se nos pide que nos dejemos alcanzar. Quizás hoy este Evangelio nos invita a hacer algo muy sencillo: detenernos, mirar a Jesús que viene hacia nosotros en nuestra historia concreta, y dejarnos decir su Nombre como una promesa personal: «Estoy aquí para salvarte». El Nombre de Jesús es esto: una presencia que viene a nuestro encuentro cada día, también hoy, también en lo que nos pesa. Y si lo dejamos hacer, ese Nombre deja de ser solo una palabra y se convierte en una relación que lo cambia todo. Deberíamos rezar más a menudo pronunciando solo el Nombre de Jesús. Nos daremos cuenta de que solo con pronunciarlo se pone de rodillas al infierno, sea cual sea la forma en que se manifieste.

8 de diciembre de 2025

Inmaculada Concepción: meditando el evangelio del día

 

En la página del Evangelio de hoy, que sirve de telón de fondo a la fiesta de la Inmaculada, hay un detalle que puede convertirse en la clave para interpretarlo todo: el ángel entra en una casa, no en un templo. Entra en la habitación de una joven desconocida para el mundo, en un pueblo marginal, en un día que aparentemente no tenía nada de especial. Es allí donde Dios decide cambiar la historia. Es allí donde la eternidad llama a la puerta de lo cotidiano. Y María nos enseña que la santidad siempre comienza así: no cuando lo planeamos, sino cuando nos dejamos sorprender por Él. En la fiesta de la Inmaculada podríamos caer en la trampa de imaginar que solo celebramos la perfección inmaculada de María y vivir este día solo con ojos de admiración, pero lo que llama la atención es su plena disponibilidad. Ser inmaculado no significa estar libre de problemas, sino estar libre de ese sutil “no” que cada día oponemos a Dios, impulsados por las sugerencias del mal. María es el sí sin reservas, el sí que no pide garantías, el sí que acoge incluso lo que no comprende. María es la más libre. Libre para confiar, libre para entregarse, libre para dejar que Dios hiciera espacio en su vida. La alegría a la que le invita el ángel no llega cuando todo va bien, sino cuando descubres que Dios está contigo. Eso es lo que disipa el miedo. María está turbada, sí, pero no se echa atrás. Pregunta, escucha, reflexiona. Y al final dice lo que cada uno de nosotros debería decir cada mañana: «Hágase en mí según tu palabra». No es resignarse a un guion escrito por otro. Es valentía. Es creer que la voluntad de Dios no quita nada, sino que lo cumple todo. En la Inmaculada celebramos el milagro de una joven que permitió a Dios ser Dios. Pidamos a María que no nos haga impecables, sino que nos haga capaces de decir sí, incluso cuando temblamos, incluso cuando caemos y tenemos que levantarnos. Porque cada sí, como el suyo, siempre tiene consecuencias extraordinarias.

19 de abril de 2025

SABADO SANTO

 

El silencio del Sábado Santo no es un silencio escénico, es decir, uno de esos silencios que se utilizan en el teatro como tiempo técnico para cambiar el decorado, o para montar una nueva escena. Demasiado a menudo, como cristianos, estamos acostumbrados a utilizar el Sábado Santo simplemente como ese momento en el que desmontamos los altares de las liturgias del Viernes Santo, y montamos todo lo necesario para la gran Vigilia Pascual. Pero el Sábado Santo es el gran silencio que realmente nos prepara para celebrar la Pascua, porque es el silencio de las mujeres que, ignorantes de lo que iba a sucederles a ellas y a toda la humanidad, se afanan en preparar los aromas perfumados con los que ungirían el cadáver de un ser querido. Toda su energía se concentra en un cadáver, pero nunca podrían imaginar que todo ese trabajo sería completamente inútil. Nunca usarían esos ungüentos, porque nunca encontrarían ese cadáver. «No busquéis entre los muertos al que está vivo». Pero la verdad es que no saben nada. La Pascua pasa siempre sin que nos demos cuenta, y nos damos cuenta más tarde, con el tiempo. Durante días, y durante mucho tiempo, malgastamos energías tratando de averiguar cómo mover el peñasco frente a la tumba de nuestros problemas, nuestras cruces, nuestra desesperación. Pero eran preocupaciones inútiles, porque Dios siempre interviene donde acaban nuestras fuerzas y nuestras capacidades. Sin embargo, bastaría un poco más de confianza, un poco más de dependencia. El silencio del Sábado Santo es el preludio de la conversión. Ya no hay palabras porque la Cruz se las ha llevado todas. Pero justo donde han terminado las palabras, comienzan los hechos. La Pascua es un hecho, ya no es una mera palabra, una mera promesa. Los hechos son superiores a las palabras, por eso el silencio de este Sábado Santo es una profesión de fe inconsciente que sólo más tarde se comprenderá