6 de agosto de 2016

DOMINGO XIX DEL T.O. -C-


         “Vosotros, estad preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del Hombre”. Esperar que el Hijo del Hombre, es decir Jesús de Nazaret, aquel que fue crucificado y fue sepultado y del que sus seguidores decimos que resucitó de entre los muertos, pueda encontrarse de nuevo con nosotros para dar pleno sentido a nuestra existencia dificilmente tiene sentido para aquellos que dan por excluída toda dimensión transcendente, para aquellos cuya filosofía no va más allá de los límites del universo. Pero si creemos en Jesús y en su evangelio, podemos acoger el mensaje que proponen las lecturas de este domingo, que invitan a la espera, a la vigilancia, a estar alerta para aprovechar, cuando llegue, el momento del encuentro.

            En la segunda lectura, el autor de la carta a los Hebreos decía: “La fe es seguridad de lo que se espera, y prueba de lo que no se ve”. Así plantea una delicada cuestión para los hombres y mujeres de hoy, dado que no es fácil hablar de seguridad en nuestro tiempo, porque las circunstancias rezuman inseguridad por todas lados. Y si entramos en nuestro interior, encontramos también inseguridad, que busca crear  mecanismos de defensa para protegernos, pero que, las más de las veces, en lugar de resolver los problemas existentes, producen un desgaste psicológico que agrava la situación. La afirmación de que la fe sea seguridad en medio de la inestabilidad de la existencia, puede aparecer como algo difícil de aceptar, para no decir ridículo.

Sin duda alguna el autor sagrado con sus palabras no intenta resolver los problemas materiales inherentes a la sociedad de la técnica y de la industrialización. Es decir, no pretende que, por la fe, Dios  vendrá a aportar soluciones concretas a nuestras pequeñas o grandes dificultades de cada día. Pero en cambio es verdad que un hombre o una mujer que hayan sabido unificar su espíritu, que hayan sabido reconocerse criaturas sin complejos, que den a Dios el espacio que le corresponde en su existencia, están equipados para encararse con la realidad de cada día, trabajar sin descanso para buscar soluciones y remedios a los problemas de los hombres. La fe es seguridad en la medida que entramos en el proyecto de Dios y renunciamos a ser como dioses, intentando disponer de todo y de todos a nuestro antojo, para servir a nuestro egoísmo y ambición.
           
El que cree pone pues su esperanza y su confianza en Dios. Pero la esperanza exige vigilancia, compromiso, tensión. En el texto evangélico de hoy Jesús habla de diversos aspectos de la vigilancia que el creyente debe cultivar. En una primera parábola se refiere a los bienes materiales que tienen un papel importante en nuestra vida: “Donde está vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón”. Si nuestra obsesión es el poseer, corremos el peligro de equivocar el camino. Lucas, al hablar de los bienes materiales insiste sobre la limosna, insistencia que ha de ser entendida como una llamada a la solidaridad, a comprometerse a buscar medios para eliminar la indigencia del individuo o de la multitud. Pero conviene estar alerta: Dar algo al necesitado puede convertirse en una evasión para tranquilizar la conciencia. Más que dar lo que sobra, lo que no necesitamos, es más interesante enseñarle al hermano cómo ingeniarse para adquirir lo necesario y superar así su limitación.


            Es importante saber vivir esperando. Jesús pasa constantemente junto a nosotros, nos llama por nombre y nos invita a compartir su misma mesa. Él pasa, pero a menudo no percibimos su presencia porque no velamos. Estar en vela es tener el corazón vigilante, los oídos en actitud de escucha, los ojos abiertos. Si aquel que esperamos pasa y no nos damos cuenta de su paso es como si no hubiéramos esperado. Jesús insiste en esta actitud en las varias parábolas del evangelio de hoy. Jesús habla de criados y empleados que esperan al amo, y así se puede dar a sus palabras un tono poco simpático. Pero si hacemos atención, en la espera de estos empleados resuena una nota festiva. En efecto, solamente para el que abusa del compás de espera para tiranizar a sus consiervos puede temer al que viene. Para los demás se nos dice que el mismo Señor les hace sentar a la mesa y se pone a servirlos. Jesús insiste que nuestra actitud ha de ser la de una espera confiada, animada por el amor. Dichos los criados a quienes Jesús, al llegar, los encuentre en vela. Ojalá que podamos ser uno de estos.

30 de julio de 2016

Domingo XVIII del Tiempo Ordinario

      
        “Mirad: guardaos de toda clase de codicia. Pues aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes”. Jesús, al hablar hoy de los bienes de este mundo, invita a considerar, desde la perspectiva de su mensaje, uno de los aspectos más delicados y preocupantes de nuestra época. Es de sobras conocido el hecho de que unos pocos países detenten el mayor porcentaje de bienes materiales, mientras el resto de los pueblos carecen de medios necesarios para el desarrollo o están sometidos incluso a la pobreza y a la miseria. El clamor popular reclama una justa distribución de la riqueza, la promoción de los más desventajados y la reducción de un consumo desenfrenado que no tiene sentido. El problema no es de fácil solución pero los que creemos en Jesús, si queremos se coherentes con nuestra fe, debemos colaborar en la medida de lo posible en buscar y hallar soluciones justas.

          Jesús rechaza el arbitraje que un desconocido le proponía acerca de una cuestión de herencia, porque no ha venido a resolver problemas a nivel familiar, sino a anunciar la buena nueva y a recordar que la codicia, el deseo insaciable de tener más, supone un grave peligro para la misma vida. La Escritura no duda en comparar la codicia con una especie de idolatría, y los bienes materiales no ayudan a alcanzar la razón de la propia existencia, porque son inciertos y no pueden constituir motivo de estabilidad. La tranquilidad y la seguridad del hombre no dependen de sus riquezas, aunque sean abundantes. Quien pone en ellas su confianza hace una pésima inversión. Pero no siempre estamos convencidos de ello.

          Para confirmar esta realidad Jesús propone la parábola del terrateniente al que sonrió la fortuna y tuvo una gran cosecha. Hace sus cálculos, se promete un futuro estable y sin dificultades. Con todo, sus razonamientos dejan entrever su espíritu burgués, su preocupación para asegurarse un futuro feliz y tranquilo, sin pensar en los demás. Esta actitud le merece de labios de Jesús un epíteto nada agradable: “Necio”. El hombre había hecho todos sus cálculos, como si fuese el amo de su existencia. Ha pensado en muchos días, pero ha olvidado el último. Los graneros, el dinero, el poder, la salud son cosas pasajeras y no pueden asegurar una vida larga y tranquila.

          No hemos de entender la condena de la codicia por parte de Jesús como condena de todo compromiso secular, como rechazo de los bienes materiales y del bienestar en general, o como reprobación de todos los que poseen bienes. Lo que Jesús condena es el acaparamiento egoista, la distribución iniqua, el hacer de los bienes materiales la razón de existir. La exagerada riqueza de algunos es causa de la pobreza de muchos, y no fructifica ante Dios porque priva a hermanos que, en el fondo, tienen los mismos derechos que nosotros, de disfrutar el mínimo necesario. No podemos olvidar que vivimos en la creación, la gran obra de Dios, que fue juzgada como buena. Y no podemos ignorar que el reino de Dios, el reino de los cielos, se va preparando en esta tierra y los bienes materiales tienen su papel en el programa de la salvación.


          Completando esta enseñanza de Jesús, en la segunda lectura, san Pablo decía a los colosenses y en ellos a todos los cristianos: “Si habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, no a los de la tierra”, pues, por razón del bautismo hemos de despojarnos del hombre viejo con sus obras, y revistirnos del nuevo, que se va reno-vando como imagen de su Creador. En el orden nuevo querido por Jesús no ha de haber, no puede haber distinción entre judíos y gentiles, circuncisos y incircuncisos, bárbaros y escitas, esclavos y libres, porque Jesús es la síntesis de todo y está en todos. Esta es la doctrina. Toca a nosotros ponerla en práctica.


26 de julio de 2016

LA CENTRALIDAD DE LA PALABRA DE DIOS EN LA LITURGIA

         

“La liturgia en la Regla de San Benito” 

INTRODUCCIÓN

Desde que el monje se levanta hasta que se entrega al reposo, el monje no deja de escuchar y leer casi continuamente, Palabra de Dios.

El dinamismo de la Palabra de Dios, arranca de su encuadre  litúrgico. En la Liturgia se realiza la obra de nuestra redención; se hace actual el misterio salvífico en cada hombre, pero para ello, Dios necesita nuestra colaboración, el encuentro tiene que ser de dos y existir el diálogo, es decir, palabra y respuesta a la palabra.

Por esto, necesitamos sintonizar con la acción de Dios que se realiza en nosotros, escuchar Su Palabra que nos dirige y meditarla y pode de este modo, responderle.

La Palabra de Dios, no es algo que Dios dijo un día hace ya mucho tiempo y ha quedado escrita, no, no es esto, en la Escritura, Dios se revela a Sí mismo y manifiesta Su voluntad[1]; en ella, el Padre “sale amorosamente al encuentro de Sus hijos”[2]. Dios. Cristo, el Verbo-Palabra de Dios hecho carne es el contenido formal de la Escritura-Palabra de Dios. Cristo es el lazo que une todos los acontecimientos de la Historia Sagrada, la que sólo en Él encuentra su explicación, culmen y su desarrollo[3].

La Escritura, a pesar de estar escrita en nuestro pobre lenguaje humano incapaz de expresar con perfección el lenguaje divino, no produce el efecto que cualquier otra palabra, sino que nos pone en contacto con Dios que se nos revela y dirige Su mensaje a quien le escuche.

San Juan Crisóstomo, ya nos advierte que si nos dedicamos a una lectura atenta y orante de la Palabra, siempre se percibe el fruto.

La dinámica de esta Palabra, Su autoridad y virtud, se revela sobre todo en la acción litúrgica. Si la lectura del Antiguo Testamento en la sinagoga, preparaba a la venida del Mesías, la lectura del Antiguo y Nuevo Testamento en la liturgia, está orientada a desplegar todas las virtualidades del día inaugurado por Cristo, de la realidad, que comenzando en Él, terminará su función en el último día, en que vendrá por segunda vez. En este día el Cuerpo Místico de Cristo alcanzará su plenitud y la humanidad redimida será ya una sola cosa en Cristo[4].

“La Iglesia –y también cada uno de sus miembros- camina a través de los siglos hacia la plenitud de la verdad, hasta que se cumpla en ella las palabras de Dios”[5]. Si escuchamos, meditamos, oramos con la Palabra de Dios, Ésta nos hará crecer y progresar interiormente “hasta alcanzar la medida de Cristo en Su plenitud”[6].

I-ORACIÓN, CORAZÓN DE LA ESPIRITUALIDA MONÁSTICA

            Como para tantos otros aspectos de la espiritualidad monástica, así para el específico de la oración, los monjes no nos han dejado –por lo menos hasta el siglo XII- en relación con la importancia que tuvo en sus vidas, exposiciones sistemáticas ni tratados doctrinales. Sin embargo, estudiando la oración en la tradición monástica, observamos la centralidad de la Palabra de Dios en ella y la importancia de la Palabra en la vida de los monjes[7].

El precepto neotestamentario “orad incesantemente” (1 Ts 5, 17; cf. Lc 18,1; Rm 12, 12; Ef 6, 18; Col 4, 2; etc) ha ejercido un gran influjo sobre la espiritualidad monástica. Y vemos precisamente en San Benito que ya desde joven, se entregó a la oración sin medida en la cueva y luego su vida es una continua oración, por tano había llegado a vivir el ideal tan buscado por los monjes: orar siempre[8].

I.1- Oración y Palabra de Dios

            Un elemento primordial de la oración está constituido por la memorización de muchos pasajes de la Escritura.

            Las frecuentes citas, alusiones y resonancias bíblicas que se encuentran en gran parte de las antiguas fuentes monásticas y que muestran la centralidad de la Palabra de Dios en la formación espiritual de los primeros monjes. Particularmente la oración de éstos, estaba totalmente penetrada por la Palabra de Dios.

            En toda la tradición monástica, emerge de forma clara la gran importancia de los salmos, ya que es una parte sobresaliente en el rezo del Oficio cotidiano, pero la Escritura está presente en todas sus partes. Está es acogida en su unidad, que culmina y se realiza en Cristo. Los salmos nos ayudan a encontrar para revivir, reexperimentar en nosotros lo que sucedió en Él: encontrarlo, recibir Su Espíritu, entrar en comunión con Su Cuerpo Místico todo entero. Esta unidad de la Escritura es también vista, en íntima relación con la vida de la Iglesia. A este criterio debe reducirse el valor teológico de la lectio divina, tan fundamental dentro de la tradición monástica y un elemento retomado y primordial en San Benito y con Gregorio Magno llega a ser un método de la teología espiritual según la cual, la Biblia se lee en sentido objetivo, es decir, con los ojos iluminados por el carisma profético o por el Misterio de la Historia Sagrada que tendrá que cumplirse hasta el regreso glorioso de Cristo[9].

I.2- La “lectio divina”

            Es una lectura espiritual de la Escritura, lectura sapiencial, sin prisas; el que la practica escucha, saborea y admira. Es una gracia  de Dios que da y que es necesario pedir, ya que es Él el que abre nuestra mente a la comprensión de la Escritura[10].

Una buena definición de ésta, nos la da Bouyer al decir que es “una lectura personal de la Palabra de Dios, durante la cual uno se esfuerza por asimilar la sustancia; una lectura en la fe, en espíritu de oración creyendo en la presencia actual de Dios, que nos habla en el texto sagrado, mientras el monje se esfuerza por estar también él presente, en espíritu de obediencia, de completo abandono tanto a las promesas como a las exigencias divinas”[11].

            El fruto de esta lectura es una experiencia bíblica que es inseparable a la experiencia litúrgica, porque está in medio ecclesiae. La clave hermenéutica de la lectio es el acontecimiento pascual de Cristo que se realiza en la Iglesia. Por otra parte, en la liturgia se entra en la dinámica de Palabra eficaz-escucha obediente y operativa que se continúa luego en la lectio divina.

1.3- La salmodia

            Es sabido, la importancia de la recitación de salmos tanto entre los anacoretas, o en el monacato cenobítico. La espiritualidad monástica ha quedado profundamente marcada por los salmos. Juan Casiano en sus Conferencias, nos enseña que el verdadero orante se hace rezando los salmos.

            El proceso de “cristianización” de los salmos se ha debido a la aportación precedente de la espiritualidad monástica. En la relación entre salmos y Cristo se habla de una triple referencia: Éstos hablan de Él: psalmus vos de Christo, o le hablan a Él: vox ecclesiae ad Christum, o lo muestran hablando al Padre: vox Christi ad Patrem[12].
            De Vogüë afirma –citando a Cesáreo de Arlés- que el salmo entendido como Palabra de Dios, suscita en respuesta, en el tiempo de oración que sigue, la oración propiamente dicha[13].

            La oración de la Liturgia de las Horas, nos enseña a valorar los salmos, a comprenderlos. En el Nuevo Testamento contemplamos a Jesús recitando los salmos y que también la oración de la Iglesia Apostólica, ha tomado de los salmos, en más de una ocasión, su propia expresión. Éstos permanecen plenos de riquezas para nosotros, pero si al leerlos, los vamos orando a la vez, del modo y según la interpretación de la Tradición. En la oración el monje está en continua escucha de la Palabra de Dios y en ella toma conciencia de su vida de fe, de esperanza y de caridad[14].

            Todo el Salterio se convierte en oración. Este bloque de salmo hay que recitarlo en un tiempo determinado: en una semana (como nos advierte San Benito), en un mes (como solemos hacer actualmente)…

            Nosotros que no sabemos rezar (como nos dice San Pablo), rezamos utilizando la misma Palabra de Dios que son los Salmos, pero pronunciados como si fueran palabras nuestras. Los salmos nos permiten entender de que está hecho mi corazón, pues son Palabra de Dios, y nadie mejor que Él para saber, mejor que yo, lo que llevo dentro de mi interior. Esta Palabra de Dios en mí, me enseña a aprender la forma de ver de Dios y a la vez, se aprende lo que debe decirse a Dios. En los salmos hay palabras para expresar todos los sentimientos, incluido el ateismo (Ejemplo: Sal 87). Los salmos son el espejo del corazón, son un compendio de toda la Sagrada Escritura y llevan consigo una gracia particular: tienen escritas las emociones del alma y la forma en que el alma cambia y se puede corregir.

            Los salmos eran una oración cantada, y en la Biblia sólo dos Libros se cantan: Los salmos y el Cantar de los Cantares. El canto es la elevación de la palabra. En los salmos, la fuerza de la oración que me une a Dios, se transforma en canto; y la fuerza del Eros, me une a los otros seres humanos. De estas dos fuerzas, la Biblia hace un canto.

            El Salterio, puede construir armonía en el ser humano que se convierte en un hermoso microcosmos en el macrocosmos. El hombre puede mostrar la armonía del macrocosmos. La música crea unión.

            Así, la estructura fundamental de la oración: los Salmos.

II- ORACIÓN MONÁSTICA, PALABRA DE DIOS, S. BENITO

            Al hablar de oración monástica, no nos referimos necesariamente a una oración distinta que la que hace cualquier otro cristiano. El monaquismo, tiene como un fin primordial, la vida contemplativa, y hasta tal punto es esencial la oración en la vida del monje, que constituye su razón de ser en la Iglesia.

            El monje, debe escuchar a Dios, vivir por la Palabra, es decir, es una actitud contemplativa que nace del amor, de un intenso y continuo deseo de Dios, de escucha amorosa  al Señor. Y esto trae como consecuencia, una mayor sensibilidad a la Palabra, y, por eso, al mismo Dios. Es esta precisamente la primera palabra de S. Benito en su Regla: “Ausculta”[15].

            En la oración monástica, la oración auténtica es la que celebra la Palabra de Dios, sea en la liturgia o en lo más hondo del corazón. Orar sin la Palabra es una ilusión. La relación entre Palabra y oración nos hacen constatar lo que el monje vive en su búsqueda de Dios[16].

            El ejemplo de S. Benito y la Regla, nos ofrecen indicaciones para dar un testimonio de fidelidad inquebrantable a la Palabra de Dios, meditada acogida y hecha oración. Esto exige conservar silencio y una actitud de adoración en presencia del Señor. Así es, la Palabra de Dios revela Sus profundidades a quien está atento, a la acción misteriosa del Espíritu.

            La familiaridad con la Palabra, que la Regla garantiza, reservándole un amplio espacio en el horario cotidiano, crea confianza, excluye falsas seguridades y arraiga en el alma el total señorío de Dios. Así, el monje excluye interpretaciones de conveniencia o instrumentalizadas de la Escritura, y adquiere una conciencia clara y profunda del al debilidad humana, en donde resplandece la fuerza de Dios. El monje benedictino se inspira en la Sagrada Escritura para su coloquio con Dios[17].

III- LA ORACIÓN EN LA REGLA DE S. BENITO

            Según la Regla de S. Benito, la vida monástica se equilibra y se desarrolla en torno a la escucha de la Palabra de Dios, a la recitación de los salmos, oración interior, trabajo, relaciones fraternas… Toda la organización de la jornada culmina en el Opus Dei, a la que “nada se debe anteponer”[18].

            En la Regla vemos que el oratorio está pensado solamente para la oración[19]; el silencio debe reinar en él[20]; el que lo desee puede permanecer en él después del Oficio[21] y entrar durante la jornada[22]. Este clima de silencio y recogimiento favorece la escucha de la Palabra y de una vida en presencia de Dios.

            Benito pone en las manos del monje ese gran libro de oración que es el Salterio, más aún, la Sagrada Escritura en Su totalidad. Ella es la luz divina y divinizante[23], la voz de Dios que nos llama[24], El remedio[25], la ley divina[26], es también una norma rectísima que guía nuestra vida[27]. Por tanto, la Palabra es el primer elemento en la oración y en la lectio. Las palabras que leemos en la Escritura son un importante apoyo para entablar un diálogo con el Señor. Ya sea en la liturgia o en la oración personal, el monje se deja interpelar por la voz de Dios que le habla en la Escritura, que le exhorta, le ilumina. El capítulo 7º de la Regla nos describe este diálogo continuo con Dios al que la Escritura nos invita y que Ella realiza en nosotros. La vida y la oración del monje están plenamente modelados por Ella.

            El monje así, se impregna de las palabras de la Escritura y conserva en su memoria las palabras inspiradas (los términos de “acordarse”, “pensar en”, está ligado a palabras de la Escritura), permanece en diálogo con Dios y con sus hermanos los hombres y todo lo que sucede, adquiere sentido a la luz de Dios.

            La Regla nos pide que “nuestra mente concuerde con lo que dice nuestra boca”[28]. El monje debe dejarse penetrar por la Escritura, por los salmos muy particularmente y dejar transformarse por ello hasta que palabras y corazón, concuerden (19, 7 concordare). La acción litúrgica es el momento apropiado, definitivo para la presencia de Dios. El primer grado de humildad y los siguientes nos lo recuerdan. El monje no se limita a escuchar la Escritura, responde a estas palabras y hace suyo lo que dice el profeta[29] y  hace suyas las palabras de la Escritura en nombre de los que sufren[30]. El monje medita sin cesar en su espíritu[31], repetirá en su corazón a todas horas[32] los versículos de los salmos, hasta que pueda decir en su corazón: “Señor, soy un pecador” (7, 65 dicens in corde semper). Si leemos atentamente la Regla, vemos que los términos “siempre” y “acordarse” aparecen veintiuna veces en el texto y están siempre ligadas a versículos bíblicos que evocan a Dios o el juicio.

            Cesáreo de Arlés en su Sermón 7, 1, nos dice que leyendo la Biblia, nos abrimos a la misericordia de Dios; ésto nos vale sobre todo para los salmos. Y nos recomienda después, meditar estos salmos en una oración silenciosa e interior para que la misericordia de Dios pueda penetrar en nuestro corazón (Sermón 76, 1).
            En Benito la liturgia es nuclearmente, alabanza (cinco veces en la Regla), la oración del corazón, debe expresarse tanto como por la acción de gracias, como por la súplica. Pero esta oración personal debe ser una prolongación de la liturgia y debe estar inspirada por la Escritura[33].

CONCLUSIÓN

            S. Benito coloca unas bases sólidas para la vida espiritual del monje. Insiste sobre la oración del corazón que nace y se desarrolla en la liturgia y en la lectura de la Sagrada Escritura.

            Podemos encontrar –entre otras muchas- una serie de orientaciones útiles que existen en la Regla:

            -Para nuestras comunidades, conviene, en primer lugar, conceder a la liturgia y a la Escritura todo el lugar que le corresponde.

            -Valorizar la oración de los salmos como lugar de la presencia de Cristo[34].
            -Captar toda la importancia del lugar y del momento –principalmente a continuación de la celebración del Oficio- para meditar la Palabra recibida y dejarse transformar por Ella.

            -Recurrir a la oración breve sacada de la liturgia y de la Escritura.
            -Reconocer delante de Dios nuestra pobreza y miseria y dejarnos guiar por la Regla de S. Benito, para alcanzar, bajo la conducción de la Escritura, una profunda vida espiritual.

            Liturgia y Palabra de Dios se convertirán entonces para nosotros mismos y para todos los buscadores de Dios, en lugares de intensa experiencia espiritual y también en un lugar de encuentro con los demás hombres[35].

            Toda la vida del monje está impregnada por la Palabra de Dios que debe ser su alimento diario y cotidiano en donde debe nutrirse. Tanto en el Oficio Divino como en la lectio, el elemento principal es la Palabra que Dios nos dirige a través de la Escritura. No podemos buscarle en otro sitio o vanos serán nuestros esfuerzos, nuestra oración personal debe ser animada por la Escritura que nos revela el verdadero rostro de Dios, de un Dios que nos ama y quiere ser correspondido.
Hna Marina Medina

-------------
IBLIOGRAFÍA
Agustín Romero, Cuadernos Monásticos 131 (1973).
Aquinata Böckmann, La oración según la Regla de San Benito, Cuadernos Monásticos 89 (1989).
B. Calati, ¡Historia salutis! Saggio di metodologia Della spiritualità monastica, Vita Monástica 13 (1959); La” lectio divina” nella tradizione monastica benedettina, Benedictina 28 (1981).
Constitución Dogmática Dei Verbum sobre la Divina Revelación, Roma 1965.
DE Vogüé, La preghiera nel monachesimo latino antico e nella Regola di S. Benedetto, Parola, Spirito e Vita 3 (1979).
Ignacio Aranguren, Realización humana de una vida en exclusiva para la oración, Cistercium 131 (1973).
Hermenegildo Mª Marín, Cuadernos Monásticos 166 (1984).
Jean DE La Croix Robert, Vida monástica: ¿Vida de oración?, Cistercium  168 (1985).
L. Bouyer, Parola, Chiesa e Sacramenti nel Protestantesimo en el Cattolicesimo, Ediciones Morcelliana, Brescia 1962.
Lucien Regnault, Dom Delatte, commentateur de la Règle de Saint Benoît, Studia Anselmiana 84 (1982).
Regla de San Benito, B.A.C., Madrid 1979.
Robert Thomas, San Benito y la oración, Cistercium 157 (1980).
Sagrada Biblia




[1] Cf. Dei Verbum, nº 1.
[2] Dei Verbum, nº 21.
[3] Agustín Romero, Cuadernos Monásticos 131 (1973) 231.
[4] Ibidem, 233.
[5] Dei Verbum, nº 8.
[6] Ef 4, 13.
[7]Cr. Cuadernos de “Vetera Christanorum” 18, Istituto di Letteratura Cristiana Antica, Università degli Studi, Bari 1982, p. 54.
[8] Cf. Robert Thomas, San Benito y la oración, Cistercium 157 (1980) 71.
[9] Cf. B. Calati, ¡Historia salutis! Saggio di metodologia Della spiritualità monastica, Vita Monástica 13 (1959) 3-4; Id, La” lectio divina” nella tradizione monastica benedettina, Benedictina 28 (1981) 407-  438.
[10] Cf. Lc 24, 45.
[11] L. Bouyer, Parola, Chiesa e Sacramenti nel Protestantesimo en el Cattolicesimo, Ediciones Morcelliana, Brescia 1962, p. 17.
[12] Cr. Cuadernos de “Vetera Christanorum” 18, Istituto di Letteratura Cristiana Antica, Università degli Studi, Bari 1982, p. 64-65.
[13] Cf. A. DE Vogüé, La preghiera nel monachesimo latino antico e nella Regola di S. Benedetto, Parola, Spirito e Vita 3 (1979) 228-229.
[14] Cr. Cuadernos de “Vetera Christanorum” 18, Istituto di Letteratura Cristiana Antica, Università degli Studi, Bari 1982, p. 66.
[15]Cf. Ignacio Aranguren, Realización humana de una vida en exclusiva para la oración, Cistercium 131 (1973) 182-183.
[16] Cf. Jean DE La Croix Robert, Vida monástica: ¿Vida de oración?, Cistercium  168 (1985) 58.
[17] Cf. Mensaje del Santo Padre Juan Pablo II al Abad del monasterio de Subiaco con ocasión del XV centenario de su fundación, Vaticano 1999.
[18] RB 43, 3.
[19] RB 52, 2.
[20] RB 52, 2.
[21] RB 52, 3. 5.
[22] RB 52, 4.
[23] Pról. 9.
[24] Pról. 9.
[25] RB 28, 3.
[26] RB 53, 9; 64, 9.
[27] RB 73, 3.
[28] RB 19, 9.
[29] RB 7, 50. 52. 54.
[30] RB 7, 38.
[31] RB 7, 11.
[32] RB 7, 18,
[33] Cf. Aquinata Böckmann, La oración según la Regla de San Benito, Cuadernos Monásticos 89 (1989) 198-207.
[34] Institutio Generalis Liturgiae Horarum, 19.
[35] Cf. Aquinata Böckmann, La oración según la Regla de San Benito, Cuadernos Monásticos 89 (1989) 207-208.