11 de febrero de 2017


          “Si quieres, guardarás sus mandatos, porque es prudencia cumplir su voluntad”. La palabra "precepto o mandamiento" suscita en los hombres y mujeres de hoy, conscientes de la libertad que le es propia, una reacción no siempre positiva. Ser libres, no estar esclavizados ni dominados, es el gran anhelo que ha animado siempre a la humanidad pero que hoy se siente con una fuerza inusitada. Este deseo de libertad, aunque pueda parecerlo, no es fruto de determinadas ideologías o revoluciones. El hombre lo lleva inscrito en el corazón. En la Escritura, en el libro del Eclesiástico, del que ha sido escogida la primera lectura que hemos escuchado, se nos dice que Dios hizo al hombre desde el principio y le dejó en manos de su albedrío. Si somos libres es porqué Dios nos ha hecho libres, porque en su amor nos ha dado el gran don de la libertad.

            Somos libres, pero no somos dioses. Somos libres, pero no podemos erigir en ley a nuestro capricho, no podemos pretender establecer el orden del universo, de los acontecimientos o de los hombres según nuestro antojo. El universo presenta un orden que se desenvuelve según leyes y normas, y nosotros cristianos, confesamos que todo tiene a Dios por principio y que todo tiende a él. Y esta realidad coexiste con nuestra libertad. Por ésto la primera lectura ha dicho: “Ante ti están puestos fuego y agua, echa mano a lo que quieras; delante del hombre están muerte y vida, le darán lo que él escoja”. O se quiere, con palabras más simples en la vida todo tiene un precio y nuestra libertad tiene que hacer las cuentas: para alcanzar lo que deseamos hay que pagar un precio, nos guste o no. La libertad exige responsabilidad, la libertad vivida con ligereza y despreocupación lleva al desastre.

           La prudencia que recomienda el Eclesiástico, se convierte, en boca de san Pablo en sabiduría. El apóstol recalca que se trata de una sabiduría que no es de este mundo, divina, misteriosa, escondida y predestinada por Dios para nuestra gloria, que Dios mismo nos ha revelado por medio del Espíritu. Es a la luz de esta sabiduría que Jesús ofrece, que hemos de profundizar la página del Evangelio que se proclama hoy. Jesús  recuerda que existen unos mandamientos dados por Dios a los hombres, desde el tiempo de Moisés, en el Sínai, de los cuales ha enumerado tres: No matarás; no cometerás adulterio; no jurarás en falso.

              Dios, al dar estos mandamientos señala simplemente el límite último más allá del cual existen sólo el caos, la confusión, la injusticia. Los preceptos de Dios, si se observan con inteligencia, aseguran que la sociedad de los hombres sea humana, que no se convierta en una selva en la que vige la ley del más fuerte, en la que los débiles sucumben ante el ímpetu egoísta y cruel de los poderosos.

        A veces causa no gusta el modo negativo de formular los mandamientos. Pero si consideramos atentamente estos preceptos negativos veremos que las cosas no están precisamente así. Baste este ejemplo: “No matarás”. Con el precepto se nos dice que hay que evitar todo lo que de alguna manera pueda atentar contra la vida de nuestros semejantes, sea directamente, privando del derecho de vivir, sea indirectamente, creando condiciones que ponen en peligro la vida de los demás. Pero hay más. No matar exige dejar vivir, crear condiciones que los demás puedan no sólo respirar, sino gozar de la vida, crecer, desarrollarse, llegar a su plenitud humana y espiritual.


            De ahí la importancia de la recomendación de los dos primeras lecturas. Tratemos de adquirir aquella prudencia y sabiduría que Dios nos ofrece para asumir sus preceptos, y, sin quedarnos en la letra muerta de los mismos, esforcémonos para vivir con intensidad nuestra vocación cristiana y trabajemos para que el Reino de Dios sea una realidad en la ciudad de los hombres.


ORACIÓN
Tú conoces mejor que nadie mi
debilidad y mi pequeñez,
pero también conoces cuánto
quiero responder a tu amor.
Te pido que, así como viniste a
Perfeccionar la Ley judía,
perfecciones la sinceridad, la humildad,
la entrega y la pureza de mi corazón.
Te pido que donde esté yo 
otros puedan verte a ti.
Que donde esté yo 
otros puedan verte en mí.
Quiero ser transparencia de tu amor. 
Hazme fuente de tus aguas, Señor.
Hazme cauce de tu vida para todos.
Donde esté yo
que puedan verte en mí.
Amén

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