9 de diciembre de 2017


Una voz grita en el desierto: Preparad el camino al Señor, allanad sus senderos”. Tanto el libro de Isaías como el evangelio de Marcos recuerdan hoy esa voz que grita en el desierto, invitando a preparar caminos. Para el mundo bíblico, el desierto, con todo lo que comporta, era una realidad cercana y fácil de comprender. Para nosotros, hombres del mundo técnico e industrializado, el concepto de desierto queda lejos. Pero si hacemos caso a los ecologistas, el peligro de desertización está amenazando nuestro mundo concreto. Pero además, existe una desertización que quema y agrieta la tierra de las relaciones humanas. Porque “desierto” es todo lugar en donde, si gritas, nadie te escucha, si yaces extenuado en tierra, nadie se te acerca; si estás alegre o triste, no tienes a nadie con quien compartir. Nuestros corazones pueden convertirse en desierto árido, sin esperanza, sin afectos, relleno de arena, que ahoga y mata.
Desde el desierto, Juan, el hijo de Zacarías e Isabel, invitaba a los hombres de su tiempo a convertirse y a bautizarse para obtener el perdón de los pecados. Su actividad profética anunciaba a alguien que debía venir después de él, superior a él mismo, que bautizaría con el Espíritu de Dios. Ese alguien, como enseñan los evangelios, era su pariente, Jesús, el hijo de María, que confesamos como Señor y Mesías, en cuyo nombre hemos sido bautizados. Jesús vino, anunció la buena nueva, el evangelio, invitó a los hombres a hacer posible la manifestación del Reino de Dios. Pero lo que proponía no era fácil, pues fastidiaba tener que convertirse, no solucionaba los problemas de cada día de manera inmediata y material. Por todos estos motivos, fue rechazado, escarnecido, martirizado y clavado en la Cruz. Pero resucitó de entre los muertos, anunciando que vendría de nuevo, una segunda venida, para el final de los tiempos, que colmaría las esperanzas humanas.
En los primeros tiempos de la iglesia, la esperanza en la segunda venida del Señor y el cumplimiento de sus promesas era viva y animó a aquellos hombres y mujeres a superar las dificultades inherentes al anuncio y difusión del Evangelio, en medio de un mundo pagano y vuelto de espaldas a Dios. Pero sobrevino el desencanto pues todo seguía más o menos igual. Nada de fundamental había cambiado. El fragmento de la segunda carta atribuida a san Pedro que se ha leído recordaba la necesidad de no dejarnos llevar por el desanimo. El Dios de las promesas que es nuestro Dios no dejará de cumplir lo que ha anunciado, vendrá y llevará a término cuanto ha prometido. Esperad y apresurad la venida del Señor, se nos decía, y mientras esperáis, procurad vivir en paz, inmaculados e irreprochables.

Sin embargo, la esperanza cristiana ha sido objeto de críticas. Ha sido llamada opio de los pueblos, ha sido presentada como evasión del compromiso del hombre en la vida real que continua a correr día tras día. Pero esperar, desde la perspectiva del Evangelio, no quiere decir sentarse cómodamente hasta que Dios resuelva sin esfuerzo nuestro los problemas. Ni aceptar sin más las injusticias actuales, confiando obtener un premio en el más allá. Jesús ha hecho sus promesas e invita esperar activamente. La esperanza no es un empeño genérico y abstracto, sino que ha de estar encarnado en la situación presente teniendo en cuenta las promesas de Dios, las necesidades del hombre y la realidad del mundo en que vivimos. La esperanza ha de ser comienzo de una transformación y, bajo la luz del Evangelio, ha de ser pasión, esfuerzo decidido y activo. Al invitarnos a la esperanza, Dios nos invita a asumir nuestros deberes y riesgos para construir un mundo más justo, más humano, aunque cueste. Propone una aventura, nos invita a trabajar para edificar una historia nueva. He aquí la tarea que el adviento del Señor nos propone, para que poco a poco pueda ser una realidad las ansias y deseos que Dios ha puesto en el corazón del hombre.

No hay comentarios:

Publicar un comentario